Hemos visitado una vez más el Convento, con su recogimiento franciscano -tiempo detenido en sus muros y en sus celdas-: El pozo del patio, con soportales en torno; el huerto, bien cuidado por los frailes; la biblioteca, repleta de libros viejos; el museo, con reliquias precolombinas; el refectorio, donde se apareció Jesús.
La vida de los frailes es angelical. ¡Qué alegría en sus rostros!, ¡qué serenidad de espíritu! Es contagiosa esta inefable felicidad. Y es un milagro el Convento: Atentan hoy contra él los ruidos de motores, los gritos del mundanal, los provocativos fuegos forestales… Los cuatro frailecicos que custodian la mansión, han de cerrar bien las rendijas de sus muros. Labor difícil para tan débiles fuerzas.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia