200) Barinas
Barinas me trae muchos recuerdos. Cuando el abuelo trabajaba con Ginés Lifante, iba allí a menudo a pagar a los obreros. Medio pueblo vivía de los cofines. Al abuelo lo adoraban, quizás porque siempre iba a pagar, como otro mister Marshall americano.
Recuerdo oírle decir que tenía un buen amigo en Barinas llamado Rómulo. Y cuando fui luego visitando Colegios con mis libros, pregunté por él. ¡Qué feliz sorpresa! Aún vivía. Lloró recordando a su amigo del alma.
Tuvo que ser para el abuelo una época importante de su vida: Dejó el Banco, estuvo en la cárcel por razones políticas, se colocó a trabajar con Ginés Lifante y… acabó siendo él mismo empresario de capachos. Era inquieto el abuelo. Y valiente para sacar adelante una familia numerosa. Pero después de todo, tuvo poca suerte. Se le cerraban las puertas. O no le acompañaban los acontecimientos a la velocidad que él deseaba.
Se crió en la Fuente de las Perdices con sus padres –Santiago Tomás y Emilia Muñoz- y hermanos –Paco, Pascuala, Vicenta y Roque-. Pronto vio que el campo no era lo suyo y se iba al pueblo temprano todos los días. Por amigos curas, quizás, entró en el Banco Hispano Americano, que abrieron en Jumilla.
La guerra cambió su vida. Debió de visitar la Casa del Pueblo –socialista-, porque cuando ganó Franco, abril del 39, estuvo en la cárcel más de un año, con Nazario y otros señalados. “No digas quién es tu padre”, llegó a decirme, más en serio que en broma, cuando iba a examinarme a Murcia y él sabía quién era el Profesor. Lo que me hace pensar que tuvo algo serio con la iglesia.
Cuando quedó libre buscó trabajo, siendo acogido por Ginés Lifante, cofinero. Llevaba la Contabilidad de la Empresa –calle Canalejas- e iba a Barinas a pagar a los obreros.
Los hijos de Ginés debían de ser los señoritos del pueblo, por aquel entonces. Zoila, hija, por vecindad, salía con Pascuala, mi mujer: era la envidia de las amigas, con una bicicleta que ellas no podían tener.
El abuelo, ambicioso, un día salió de la Empresa Lifante para montar la suya propia. Isabel, que aún vive, -de noventa años- me contaba en Santa Ana hace poco que le ayudaba en la oficina, y que el motivo de salirse fue por un pedido fuerte de capachos con el que su padre no estuvo de acuerdo en el precio, y lo compró él: “Yo comprendí a Amós cuando dijo que iba a actuar por su cuenta”. Fue decidido y valiente por más que mis hermanos no lo vieran bien. “Yo admiraba a tu padre, como creo que él me apreciaba a mí”. Confesiones tardías que agradezco.
Tuvo unos años de gloria, de subir a la cumbre con los pocos empresarios cofineros del pueblo. Por el año cincuenta, de feliz recuerdo, le tocó la lotería en el Banco Irles. Cincuenta mil pesetas era un capital respetable en aquellas fechas. Era un triunfo en su vida personal, familiar y social a sus cincuenta años.
Pronto, con el plástico, se hundieron los fabricantes de cofines para bodegas y almazaras de aceite. Mi padre tuvo que seguir de bodeguero, negocio de mi abuelo José María, su suegro, que había fallecido poco antes. Y tampoco le duró mucho: las bodegas desaparecían absorbidas por las grandes Cooperativas vinícolas.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia