lunes, 12 de noviembre de 2012

Ayer leí de un tirón "El secreto de la baronesa" de Vicente Blasco Ibáñez.


Litesofía, 12 noviembre 12, lunes, San Millán


Ayer leí de un tirón “El secreto de la baronesa” de Vicente Blasco Ibáñez. Es una novelilla de fecha 26 de febrero de 1926, prologada por un admirador suyo. El tal –Antonio Precioso- da cuenta de la altura social a que había llegado el novelista en España y fuera de España. “Blasco Ibáñez es eso para mí: el Maestro, el amigo, el consejero…”.

Creo que esta admiración le lleva a exagerar en algunas ocasiones, si bien ayuda a conocer ciertos detalles del escritor. Cuenta el panegirista que el Maestro se casó con una americana millonaria “bella y gentil dama chilena, culta y afable”. Pero será hipérbole cuando dice que “con el dinero que reúne esta ilustre y célebre pareja matrimonial se podría cubrir de billetes de mil pesetas todo el suelo de España”.

He sacado cuentas como luego se dice, y resulta que siendo los billetes de 0´15 por 0´10 m. la fortuna del novelista ascendería a más de treinta billones de pesetas, lo que parece exagerado. Con todo, como digo, es para tener en cuenta que nuestro personaje no estaba en la indigencia ni mucho menos.

En la prosa se advierte la soltura y galanura de un artista de las letras; y por si fuera poco, mantiene el interés hasta el final, dejando cuando se termina un regusto de haber pasado un buen rato leyendo y casi un profundo pesar de que no siga.

Retrata una época de títulos nobiliarios y prepotencias del clero que chocan hoy. La pobre Marina, hija de la baronesa, sufre en su carne el dolor de un orgullo de clase, que le lleva a perder a un hijo sin conocerlo. “El amor, como los ríos, va de arriba abajo”. Y aquella pobre mujer, que tuvo un desliz con la única persona que trata, vive pensando cómo sería su hijo si viviera.

Novela para que leyeran los abortistas. Novela que explica el dolor de una madre que no ha podido conocer al hijo que concibió, por los prejuicios de una familia noble.

Baltasara -nombre ficticio- habla mucho.


Litesofía, 11 noviembre 12

Baltasara –nombre ficticio- habla mucho; demasiado quizás. Las personas deben cuidar en extremo lo que dicen, que las palabras pueden hacer daño. Son nuestros pensamientos y nuestros sentimientos los que afloran en el lenguaje, y debemos mirar mucho si conviene airearlos.

Callar es siempre una virtud. Hablar más de lo debido, necedad. Baltasara dijo cosas que rayaban en la calumnia: que si esta chica pasaba las horas en la discoteca; que si fulano se divorció dos veces; que si…

La opinión que nos merece una persona puede cambiar fácilmente. Todos pensaban bien de aquel hombre hasta que le oyeron hablar. Y es que lo que somos se escapa por la boca: hay que llevar cuidado con soltar el grifo sin ton ni son, sin pensar lo que decimos.

La murmuración es siempre odiosa: revela podredumbre interior. La calumnia es peor aún. Murmurar es exponer a los demás defectos de nuestros semejantes; calumniar es inventarlos, decir falsedades de otros. Tanto la murmuración como la calumnia dicen poco de uno.

Baltasara debiera callar lo que reparte como semilla que se lanza al aire. Lo cristiano es buscar remedio a los males, en silencio; no divulgarlos en cada esquina, como vulgar pregonero.

Es canallesco y ruin hablar de esta guisa de nadie; como canallesco y ruin escucharlo sin rebelarse. Lo correcto ante la maledicencia es decir: “¡No sigas, por favor, que estás murmurando!”.

Cuánta irresponsabilidad en los comentarios de corrillos. “¿Te has enterado…?”. “¿No sabes que…?”. De cristianos es, amiga Baltasara, obrar con amor, sin que nadie se entere, no destruir sin piedad pregonándolo con ropas de comentario.