jueves, 6 de marzo de 2014

Daños colaterales.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 5 marzo 2014, miércoles, San Bernardo
Murcia, miércoles, las siete de la mañana, sereno el día, azul el cielo.
-Hablas mucho del tiempo; ¿no ves que estamos en invierno? Si fuera julio, otro gallo cantaría. Si es hablar por no callar, bien; pero como cosa preocupante, acepta que no lo es. Cada cosa en su tiempo.
-Cierto, Julián, que lo verdaderamente preocupante es que la Tierra gire alrededor del Sol a más de mil kilómetros por hora, y lo veamos normal. Y así miles y miles de años sin cambiar su rumbo ni un centímetro. Nos hemos acostumbrado a ver natural ir volando en este obús y ni le hacemos caso. Y así toda la vida, desde que nacemos, con la luna arriba y las estrellas más allá, a millones de años luz. Eso sí que es para quitar el sueño, y no que aquí unos días haga frío y otros calor. El milagro está más allá de la estratosfera, o aquí en la vida de los seres que viven con nosotros. Un infusorio, por ejemplo, fíjate si es pequeño, tiene más importancia vital que el viento que podamos tener nosotros.
-No me sueltes más Soflamas, Venancio, que se te va la lengua y no sabes parar. Que ya tuve bastante el otro día con tus Metaplasmos.
-Ah, sí, los fenómenos fonéticos por adición o sustracción de letras en las palabras.
-Sí, sí, eso, pero basta, que me pusiste la cabeza como un tambor.
-¿En qué se diferencia adición de adicción?
-¿Es que no es lo mismo?
-Pues no, besugo, que adición es una suma y adicción es un hábito que se adquiere por repetición de actos, como adicción a las drogas o adicción al juego. ¿Y qué es ahorcar los hábitos?
-¡Vaya por Dios! ¿Los hábitos se cuelgan?
-Dejar un oficio para tomar otro. Hay personas que habiendo tomado un oficio por vocación, luego ven que se han equivocado y “ahorcan los hábitos”, que es que cambian de trabajo.
-Pues se lo podían pensar bien antes de entrar y luego antes de salir, que en el cambio pueden hacer daño a otras personas, o “daños colaterales” que se llaman. 
-De eso cabría hablar mucho, Julián, que en los gustos no manda uno y es fácil cambiar. Uno contrae matrimonio creyendo que no hay pareja que se le iguale a la suya, y pasado un tiempo, todos o todas le gustan menos la que tienen.
-Y en este caso del matrimonio, ¿qué cabe hacerse?
-Depende, Julián. Hay dos opciones: la cristiana, que es para siempre; y la otra, que ve mejor divorciarse.
-Y tú, ¿cómo lo ves?, ¿qué piensas que es mejor?, ¿con qué opción te quedas?
-En una profesión que no te guste, te sentirás mal y rendirás menos que en otra que te ilusione. En el matrimonio, para lo bueno como para lo malo, juntos hasta la muerte.
-Pero si juntos no pueden estar…
-Hasta en esos casos, Julián. Los hijos no se merecen nada y son los que sufren las consecuencias o daños colaterales.
-Pero si no se pueden ver o padecen de halitosis…
-No hay mal que no se pueda llevar si antes se prometieron amor eterno.
-¿Aunque él vaya borracho todos los días a casa?
-En las enfermedades del cuerpo se busca remedio. En estas lo mismo. Con buena voluntad se pueden curar.
-Pero si no pueden…
-Que vean la forma de poder por sus hijos; ellos verán la mejor manera.
-Pero…
-No hay peros que valgan, Julián; menos “ahorcar los hábitos”, todo puede servir. ¿Ves en los curas? Por los daños colaterales, que rectifiquen si se equivocaron; pero en los matrimonios, que sean uno para todo hasta el fin.
-Es que si…
                       Francisco Tomás Ortuño, Murcia

Carnaval.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 6 marzo 2014, jueves.

Murcia, jueves, las diez y media. El tiempo ha cambiado a mejor, las nubes se han ido a otra parte, el viento se ha calmado, y la temperatura subió unos grados. Vengo de la calle y la gente pasea como si fuera verano. “No hay mal que cien años dure”, dice un refrán.

-Ni mal que por bien no venga.

-He entregado en Mapfre un escrito reclamando una factura de mil quinientos euros que pagué al fontanero. Lo más probable es que no lo atiendan, pero por probar que no quede.
Y vengo de una Copistería para encargar los libros del año 2013, que llevan por título “Diálogos con Benedicto XVI”. Uno abarca de Enero a Junio y otro de Julio a Diciembre.

En Inacua, el martes pasado, anteayer, las monitoras, vestidas de Carnaval, parecían odaliscas turcas. Recordamos muchos que era esa fiesta.

-Fiesta grande en Brasil, en las Islas Canarias, en Águilas y en pueblos de segunda fila, que en las fiestas como en el fútbol, hay equipos de primera división, equipos de segunda
y otros que juegan sin que nadie lo sepa.

En Jumilla, cuando yo era pequeño, se celebraba bastante el Carnaval: la calle del Calvario se llenaba de máscaras,  que decían: “¡Hola, Juan, que no me conoces!”. Y si insistía era que buscaba otra cosa. El tal Juan la acompañaba y hasta la invitaba a beber.

Había sus frustraciones a veces: Sé de uno que pasó la tarde invitando a una máscara a tomar copas y luego, por la noche, se quitó la careta y era… ¡su abuela!

Y sé de otro, mi amigo Felicito, que lo invité a conocer la fiesta en mi pueblo y se enroló con una máscara de la que no consiguió que se destapara el rostro. Quedaron en verse por la noche en el baile del Casino, pero ella no acudió.
Cuánto lo sintió mi amigo, que me lo recordaba siempre que nos veíamos por Elche de la Sierra, donde yo ejercía de Maestro y él de piloto en la base aérea de Albacete.
A los mucgos años, en una fiesta multitudinaria, se me acercó una dama y me dijo: “¿Cómo está tu amigo Felicito?”. Me confesó ser ella la que pasó con él una tarde de carnaval.

Este hecho me dio pie para escribir un Cuento con el Carnaval de fondo: Un joven pasa la tarde con una moza vestida de carnaval y un antifaz que impide ver su cara. Al despedirse, la joven le entrega a su acompañante una foto y la dirección de su amiga.
El joven al día siguiente va a la dirección que le dejara y al entrar en la casa ve el retrato que llevaba, más grande, en la pared. Salió una señora y él preguntó por su amiga. La señora, señalando con la vista el retrato que había enfrente, musitó entre sollozos; “Murió el año pasado”. “No puede ser, yo estuve ayer con ella”.
Y aquí me quedo con el Cuento, que como con las películas no se debe revelar el final.

A mí, de niño, me pintaron la cara con azulete; pienso que todos me reconocerían. Yo creyendo que era una máscara como las otras, le dije a mi vecina: “¡María, que no me conoces!”. Y ella, en su papel, me miró muy atenta y al final me dijo: “¿Quién será esta máscara?”. Yo entonces me acerqué más y le dije: “Soy Paco el de Lina”.

Hubo años que estuvieron prohibidos los carnavales por el peligro de ir con la cara tapada y que alguien pudiera  tomar represalias por hechos ocurridos en la reciente Guerra Civil.
De hecho, cuando levantaron la mano y los permitieron, aunque vigilados, entraron a una casa unas máscaras y dejaron a uno sentado en un sillón: “No te muevas de aquí”, le dijeron, “hasta que volvamos”. Y luego los dueños de la casa vieron que estaba muerto.

 Francisco Tomás Ortuño, Murcia