Litesofía –entre literatura y filosofía-, 5 marzo 2014, miércoles, San Bernardo
Murcia, miércoles, las siete de la mañana, sereno el día, azul el cielo.
-Hablas mucho del tiempo; ¿no ves que estamos en invierno? Si fuera julio, otro gallo cantaría. Si es hablar por no callar, bien; pero como cosa preocupante, acepta que no lo es. Cada cosa en su tiempo.
-Cierto, Julián, que lo verdaderamente preocupante es que la Tierra gire alrededor del Sol a más de mil kilómetros por hora, y lo veamos normal. Y así miles y miles de años sin cambiar su rumbo ni un centímetro. Nos hemos acostumbrado a ver natural ir volando en este obús y ni le hacemos caso. Y así toda la vida, desde que nacemos, con la luna arriba y las estrellas más allá, a millones de años luz. Eso sí que es para quitar el sueño, y no que aquí unos días haga frío y otros calor. El milagro está más allá de la estratosfera, o aquí en la vida de los seres que viven con nosotros. Un infusorio, por ejemplo, fíjate si es pequeño, tiene más importancia vital que el viento que podamos tener nosotros.
-No me sueltes más Soflamas, Venancio, que se te va la lengua y no sabes parar. Que ya tuve bastante el otro día con tus Metaplasmos.
-Ah, sí, los fenómenos fonéticos por adición o sustracción de letras en las palabras.
-Sí, sí, eso, pero basta, que me pusiste la cabeza como un tambor.
-¿En qué se diferencia adición de adicción?
-¿Es que no es lo mismo?
-Pues no, besugo, que adición es una suma y adicción es un hábito que se adquiere por repetición de actos, como adicción a las drogas o adicción al juego. ¿Y qué es ahorcar los hábitos?
-¡Vaya por Dios! ¿Los hábitos se cuelgan?
-Dejar un oficio para tomar otro. Hay personas que habiendo tomado un oficio por vocación, luego ven que se han equivocado y “ahorcan los hábitos”, que es que cambian de trabajo.
-Pues se lo podían pensar bien antes de entrar y luego antes de salir, que en el cambio pueden hacer daño a otras personas, o “daños colaterales” que se llaman.
-De eso cabría hablar mucho, Julián, que en los gustos no manda uno y es fácil cambiar. Uno contrae matrimonio creyendo que no hay pareja que se le iguale a la suya, y pasado un tiempo, todos o todas le gustan menos la que tienen.
-Y en este caso del matrimonio, ¿qué cabe hacerse?
-Depende, Julián. Hay dos opciones: la cristiana, que es para siempre; y la otra, que ve mejor divorciarse.
-Y tú, ¿cómo lo ves?, ¿qué piensas que es mejor?, ¿con qué opción te quedas?
-En una profesión que no te guste, te sentirás mal y rendirás menos que en otra que te ilusione. En el matrimonio, para lo bueno como para lo malo, juntos hasta la muerte.
-Pero si juntos no pueden estar…
-Hasta en esos casos, Julián. Los hijos no se merecen nada y son los que sufren las consecuencias o daños colaterales.
-Pero si no se pueden ver o padecen de halitosis…
-No hay mal que no se pueda llevar si antes se prometieron amor eterno.
-¿Aunque él vaya borracho todos los días a casa?
-En las enfermedades del cuerpo se busca remedio. En estas lo mismo. Con buena voluntad se pueden curar.
-Pero si no pueden…
-Que vean la forma de poder por sus hijos; ellos verán la mejor manera.
-Pero…
-No hay peros que valgan, Julián; menos “ahorcar los hábitos”, todo puede servir. ¿Ves en los curas? Por los daños colaterales, que rectifiquen si se equivocaron; pero en los matrimonios, que sean uno para todo hasta el fin.
-Es que si…
Francisco Tomás Ortuño, Murcia