jueves, 6 de marzo de 2014

Carnaval.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 6 marzo 2014, jueves.

Murcia, jueves, las diez y media. El tiempo ha cambiado a mejor, las nubes se han ido a otra parte, el viento se ha calmado, y la temperatura subió unos grados. Vengo de la calle y la gente pasea como si fuera verano. “No hay mal que cien años dure”, dice un refrán.

-Ni mal que por bien no venga.

-He entregado en Mapfre un escrito reclamando una factura de mil quinientos euros que pagué al fontanero. Lo más probable es que no lo atiendan, pero por probar que no quede.
Y vengo de una Copistería para encargar los libros del año 2013, que llevan por título “Diálogos con Benedicto XVI”. Uno abarca de Enero a Junio y otro de Julio a Diciembre.

En Inacua, el martes pasado, anteayer, las monitoras, vestidas de Carnaval, parecían odaliscas turcas. Recordamos muchos que era esa fiesta.

-Fiesta grande en Brasil, en las Islas Canarias, en Águilas y en pueblos de segunda fila, que en las fiestas como en el fútbol, hay equipos de primera división, equipos de segunda
y otros que juegan sin que nadie lo sepa.

En Jumilla, cuando yo era pequeño, se celebraba bastante el Carnaval: la calle del Calvario se llenaba de máscaras,  que decían: “¡Hola, Juan, que no me conoces!”. Y si insistía era que buscaba otra cosa. El tal Juan la acompañaba y hasta la invitaba a beber.

Había sus frustraciones a veces: Sé de uno que pasó la tarde invitando a una máscara a tomar copas y luego, por la noche, se quitó la careta y era… ¡su abuela!

Y sé de otro, mi amigo Felicito, que lo invité a conocer la fiesta en mi pueblo y se enroló con una máscara de la que no consiguió que se destapara el rostro. Quedaron en verse por la noche en el baile del Casino, pero ella no acudió.
Cuánto lo sintió mi amigo, que me lo recordaba siempre que nos veíamos por Elche de la Sierra, donde yo ejercía de Maestro y él de piloto en la base aérea de Albacete.
A los mucgos años, en una fiesta multitudinaria, se me acercó una dama y me dijo: “¿Cómo está tu amigo Felicito?”. Me confesó ser ella la que pasó con él una tarde de carnaval.

Este hecho me dio pie para escribir un Cuento con el Carnaval de fondo: Un joven pasa la tarde con una moza vestida de carnaval y un antifaz que impide ver su cara. Al despedirse, la joven le entrega a su acompañante una foto y la dirección de su amiga.
El joven al día siguiente va a la dirección que le dejara y al entrar en la casa ve el retrato que llevaba, más grande, en la pared. Salió una señora y él preguntó por su amiga. La señora, señalando con la vista el retrato que había enfrente, musitó entre sollozos; “Murió el año pasado”. “No puede ser, yo estuve ayer con ella”.
Y aquí me quedo con el Cuento, que como con las películas no se debe revelar el final.

A mí, de niño, me pintaron la cara con azulete; pienso que todos me reconocerían. Yo creyendo que era una máscara como las otras, le dije a mi vecina: “¡María, que no me conoces!”. Y ella, en su papel, me miró muy atenta y al final me dijo: “¿Quién será esta máscara?”. Yo entonces me acerqué más y le dije: “Soy Paco el de Lina”.

Hubo años que estuvieron prohibidos los carnavales por el peligro de ir con la cara tapada y que alguien pudiera  tomar represalias por hechos ocurridos en la reciente Guerra Civil.
De hecho, cuando levantaron la mano y los permitieron, aunque vigilados, entraron a una casa unas máscaras y dejaron a uno sentado en un sillón: “No te muevas de aquí”, le dijeron, “hasta que volvamos”. Y luego los dueños de la casa vieron que estaba muerto.

 Francisco Tomás Ortuño, Murcia

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