Litesofía –entre literatura y filosofía-, 10 junio 2014
Fragmentos
8 junio 14
Santana, domingo, las siete y media. Los pollos de la vecina cantan abajo; algunas tórtolas responden con los patos de Esmagi. ¡Vaya guirigay! ¿Qué animal será el que grazna como si lo mataran? Sus gritos los oirán los frailes. Y lo hace cada pocos minutos, justo cuando menos lo esperas. Para enfermar de los nervios. Cuando pensabas que venías a disfrutar de paz y silencio, te encuentras con una jaula de grillos.
Miguel trajo su telescopio para ver la luna. Por la noche le acompañó su amigo Noguera, que subió a la fiesta espacial.
-¿Cómo se lo dijo?
-Hoy los jóvenes se comunican con el móvil. Hablar para ellos es tan fácil como respirar. “Te espero esta noche en mi casa a ver la luna en creciente con mi telescopio”. “De acuerdo, colega”. Hay quien se acuesta con el móvil y no lo suelta ni para comer. “¿Cómo me voy a desconectar? ¿Y si me llaman?”. Los jóvenes hoy no se explican la vida sin el móvil.
Cuando miraban la luna, sobre las once de la noche, me llamaron. Vi los cráteres como si los tocara. Y pensé: “¿Qué pasaría si por la superficie del satélite viera a gente deambular? “¿Cómo se vive por ahí?”. “Bien, ¿y vosotros?”. “¿Cómo cruzar el mar de aire que nos separa?”. “Es nada, solo un segundo de luz. Te montas en un rayo de energía y llegas antes de abrocharte el cinturón”. “¿A qué esperamos, pues?”. “El primer paso es el que más cuesta. El siguiente es más fácil. En todo, lo difícil es el comienzo”.
-¿Viste el fútbol anoche?
-Fue un partido de preparación al mundial que se juega en Brasil. Ganó España al equipo del Salvador por dos goles a cero.
-¡Cuántos padres sueñan con que sus hijos lleguen tan arriba en la fiesta del balompié, Genaro!
-¡Y cuántos descalabros, Mateo! Mejor es no empezar que quedarse en el camino, como quien dice perdidos en la selva. No están preparados para otra cosa.
-Así es, Genaro. Pero los pocos que llegan tuvieron que empezar.
9 junio 14
El sol viene de camino por entre nubes que quieren cerrarle el paso. Tengo Jumilla enfrente, el Carche a mi derecha y detrás de mí –que no mío- el Convento de los frailes, guardianes de una joya que esculpió un tocayo mío en el siglo XVIII.
En la Sierra del Buey, sobre su cima, destacan las siluetas de unos molinos que giran con el viento. Producen lo que se llaman energías renovables para cambiar por las minas de carbón. Si don Quijote volviera, diría sin duda, con ojos de extrañeza, como solía, que este no era su Juan, que lo habían cambiado.
También hay en la misma sierra, pero más abajo, placas solares, que forman parte de las nuevas energías, más limpias e inextinguibles que los pozos de grisú.
En lo deportivo, tuvimos ayer un acontecimiento singular: El tenista Nadal, ya nos tiene acostumbrados, ganó de nuevo la Copa “Roland Garros” en París.
-¿De nuevo?
-Creo que ha ganado ya este trofeo ocho o diez veces.
-¿Quién fue la víctima?
-¿Y qué más da? El de turno, el que llegara a la final. Es que al manacorí no hay quien le gane. Por eso, yo deseo en mi interior profundo que gane el contrario. ¡Cómo lo celebraría! “¡He ganado a Nadal, he ganado a Nadal!”. Sería una fiesta en su familia y en su pueblo. “¡He ganado a Nadal!”.
Yo me siento a ver el partido y cada vez que el juego es para el contrario lo celebro. Y hasta lo animo: “¡Venga por el set, gana la Copa, Coplovich!”. Pero veo que Nadal carece de sentimientos. Mucho teatro con la mano a la nariz, a las cejas y a la frente, pero tirando a ganar como si en vencer le fuera la vida.
El tío de Nadal, que dicen que es también su entrenador, me resulta antipático. Vive cada partido como el sobrino: parece que se jugara él la vida.
-Hombre, su misión es esa, ganar, ganar siempre.
-¿Dónde está la empatía que debe existir en el ser humano? Por empatía, Julián, por empatía debería perder Nadal de vez en cuando, y no vencer siempre con esas ansias que terminan por molestar. En el partido de ayer con el serbio, nadie deseaba que ganara Nadal menos él y su tío.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia.