martes, 1 de octubre de 2013

Lenguas.

92)  Lenguas
-“Lloviendo” no es lo mismo que “yo viendo”. Lo primero es del verbo llover y lo segundo del verbo ver.
-Difícil debe ser para un extranjero dominar nuestro idioma.
-Como para ti el suyo; en cambio, qué fácil para un niño.
-Eso nos dice, Hilario, que el cerebro está más limpio que una patena cuando viene al mundo, y recoge sin esfuerzo el lenguaje que oye primero. Para él “casa” es “casa” y “mesa” es “mesa” sin discusión. Malo sería que a la mano la llamáramos pie después y a la cabeza rodilla. Menudo lío.
-¿No le pasa esto al que aprende dos lenguas a la vez?
-Hay una diferencia y no pequeña, y es que sólo juega con dos palabras para cada objeto. Pero siempre las mismas. Supongamos que el matrimonio es francesa y español. Al niño le dirán que mesa es mesa unas veces y otras veces que es table, pero siempre o mesa o table. El pequeño creerá que puede llamarse de dos maneras, pero nunca zapato o coche.
Conocí a Alfonso en el Centro de Profesores, casado con una francesa. Cuando nació su hija quise saber en qué lengua le hablarían. “En francés y en español”, me dijo sin dudar. Dejamos de vernos unos años por circunstancias de trabajo. Cuando nos saludamos de nuevo, le pregunté enseguida: “¿En qué lengua se expresa tu hija?”. “Es bilingüe”, me contestó sin conceder importancia a mi pregunta, “igual habla en francés que en español”.
-¿Se habrá probado a hablar tres lenguas a la vez? Supongamos que en una casa viven juntos un matrimonio –francés e inglesa- y una tía alemana. Quieren hacer la prueba con el hijo que tengan: uno le hablará sólo en alemán, otro en francés y en inglés el tercero. ¿Aprendería tres idiomas de una sola tacada? ¿Sería el niño trilingüe? El cerebro se ríe a lo mejor de mi asombro. “Es tan fácil, diría, como aprender uno solo”. Lo difícil es aprender de mayor.
Tengo encima de mi mesa un Diccionario de sinónimos. Aunque, hilando muy fino, cada palabra es ella y sólo ella, existen términos parecidos en su significado. Así: garaje, cochera, aparcamiento, parking; cuesta, pendiente, rampa, talud; crítica, censura, reprobación, reproche; limpieza, aseo, pulcritud, higiene, etc., etc. Entonces, si cada palabra admite otra que quiera decir lo mismo, ¿por qué no puede el niño que empieza a hablar tener como sinónima otra que signifique lo mismo, pero que sea de otro idioma? Esa riqueza idiomática irá formando dos campos en su cerebro para que utilice en su momento según las circunstancias y hable en dos idiomas distintos. No sé si me explico, Julián, pero yo me entiendo.

                                                                                                 Francisco Tomás Ortuño