domingo, 25 de noviembre de 2012

Considero al hombre como invitado molesto de la madre Tierra.


EL HOMBRE
 Considero al hombre como invitado molesto de la madre Tierra. Y peligroso. "Huéspedes vengan, que de casa nos echen", dirían los seres que le precedieron.
Sin el hombre, el Planeta dormía tranquilo en un mar de silencio. Con el hombre todo se conmovió. La agricultura misma fue una provocación al orden natural; la construcción, los puentes, los motores, la aviación, el ruido...,
 Hace solo unos años que el hombre se vio en la Tierra. Desde entonces el planeta no duerme. La preocupación por lo que haga, le quita la tranquilidad. Ha visto que no puede estarse quieto,  que todo lo quiere destruir, que es un ser contra Natura en suma.
 La guerra entre ambos ha de ser inevitable. Por lo pronto, los dos se miran cautelosos. Los dos se miden las fuerzas por si hubieran de emplearlas. Antes o después tendrán que hacerlo.
 Durante milenios, la Tierra vivió tranquila, en una serenidad cósmica total.  Siglos de calma, de sincronización absoluta. Un día apareció la vida. Hubo un pequeño sobresalto en los mundos. Un fruncir el entrecejo para mirar algo desacostumbrado. Fue como levantar las orejas el perro ante el ligero ruido, impreciso, de unas hojas.
 Pero pronto, la vida vegetal se acopló a la Naturaleza. Formó parte de su nuevo mundo como invitado agradecido. Todo siguió igual. Diría que hasta la Tierra se alegró. Fue el adorno que faltaba de unas flores a la casa. Único mundo con árboles y prados verdes, para asombro de los otros, grises y pardos, de color tierra.
 Y la vida, tras siglos y milenios de existencia, tuvo un nuevo desliz, un descuido. ¿Cómo fue? Nadie se lo explica. Pero el animal se vio en la Tierra. La aparición de esta clase de vida fue sin duda el hecho más trascendente de millones de años. El Planeta se sobresaltó de nuevo. Frunció otra vez el entrecejo. Cuando vio que se movía libremente, por si, lo miró con curiosidad.   
 La nueva vida, nueva en todo, se reprodujo y respetó la vida que encontrara. La Naturaleza volvió a cerrar los ojos. Criaturas extrañas en su casa, pero que no le hacían daño. Seres raros que permitían dormir como antes. Hasta llegó el Planeta, en sus descansos de sueño, a sentirse agradecida por estos nuevos inquilinos.
 Flores y animales divertidos. Colores y juegos de circo. La casa se adornaba caprichosamente en los ríos,  en el aire y en el mar. Legión de seres crecían a placer. El mundo siguió sin más complicaciones. No sabía que su mayor enemigo, el hombre, estaba a punto de nacer.