Litesofía –entre literatura y filosofía-, 10 Noviembre 2.013
De mis “Diálogos con Benedicto XVI”.
Murcia, las ocho, en mi camarín.
-Buenos días, Benedicto.
-Buenos días, Francisco, veo que te levantas contento.
-Dirás que entro en mi despacho, porque vengo de hacer mi gimnasia podal durante media hora y de escuchar inglés con Vaughan.
-¿Quién es ese Vaughan?
-Un señor que enseña su idioma a los españoles. Ayer le dije a Lena en la mesa si lo escuchaba y me contestó que no soportaba su aire de seductor. Y es cierto: parece que muestra su imagen para venderse.
-Estas personas son petulantes y me repelen a mí también.
-Petulante…, buen adjetivo, Benedicto; veo que me has entendido. También pueden llamarse engreídos, presuntuosos, presumidos, jactanciosos, pedantes y muchas cosas más. Como abundan, tienen nombres que ponerse, como trajes de vestir.
Es la sinonimia, como sabes; en cambio, si te fijas, ninguno es igual; cada uno tiene su matiz que se distingue de los otros. No es lo mismo, por ejemplo, pedante que engreído o presuntuoso que presumido, por no salirme de la condición de este señor inglés.
Cada término, palabra o voz tiene sus homónimos, que quieren decir lo mismo pero que no son exactamente igual. El término humorístico significa cómico, divertido, gracioso, chistoso, jocoso, ingenioso y hasta vulgarmente cachondo; pero en cada situación demanda, exige o pide uno determinado y no otro. Como los trajes o atuendos: cada circunstancia o coyuntura pide uno.
-Así es, y vayamos a otra cosa, que ese Vaughan no se merece tanto cumplido: Donde esté la sencillez, que se callen las arrogancias y vanidades.
-En ti, Benedicto, veo el mejor ejemplo: siendo el Vicario de Cristo, reflejas por tus ojos un alma limpia, servicial y complaciente.
-“Tanto te amé, oh, hermosura…”, “Estabas dentro de mí y te buscaba fuera…”, “Me gritaste y rompiste mi sordera”, “Me tocaste y gocé de Ti”.
-¡Qué bonito!, ¿son tuyos los versos?
-En todo los hago míos, pero los creó San Agustín.
-Este santo fue de armas tomar cuando era joven, ¿verdad, Benedicto?
-Sí, pero tocado por la gracia se abrazó a la Cruz de Cristo como una lapa.
-Si estaba en el libro de los santos, no podía ser de otro modo. Antes o después tenía que cambiar, luego…
-Cambia el chip, Francisco, que te veo venir.
-Es que todo es igual: si el pensamiento de Dios es inmutable, hiciera Agustín lo que hiciera, su fin era el mismo.
-¿Qué vas a hacer esta mañana?
-Quiero ver a un señor en el Plano de San Francisco, al que dejé unos libros. Como te dije, los domingos montan un mercadillo junto al río y va la gente a comprar cosas antiguas, raras o curiosas.
-A ver si hay suerte y vendes muchos.
-Creo que la gente mira más que merca, adquiere o compra. La crisis llega a los bolsillos lo primero.
-¿Y hay otros libros en el mercadillo?
-Vi la Zarabanda de García, periodista y primo de mi mujer, y otros por el estilo.
-Me iría contigo, pero no puedo.
-¿Sabes, Benedicto, cuál es el colmo de un médico?
-¿Cuál?
-Llamarse Aquiles y de apellido Mato.
-A ver, a ver, no caigo.
-Aquí les mato”. Mira que un médico llamarse “Aquí les mato?”. Ya podía cambiarlo por “Aquí les curo” o “Aquí les trato”, pero “Aquí les mato” era mala propaganda. Es como aquel que vendía vino y se llamaba Malvino Aguado y Caro. No podía poner su nombre en la puerta.
-Que hubiera puesto Taberna, Cantina, Bodega o Tasca, el caso era el mismo.
Y tú, ¿sabes cuál es el colmo de un carpintero?
-No sé, Benedicto, ¿cuál?
-Llamarse Armando Puertas.
-¡Vaya, señor Papa, creía que lo tuyo no eran las gracietas terrenales.
-Soy humano, Francisco, y como tal me comporto si llega el caso.
-Claro, claro, y ha llegado con mi colmo.
-No se lo digas a nadie que van a creer que no hago otra cosa.
-Terminemos, entre nosotros, con otro “colmo”: ¿Cuál es el colmo de un mudo?
-¿Cuál es… no lo adivino?
-Guardar un minuto de silencio.
-Muy bueno, muy bueno.
-Hasta otro rato, don Benedicto.
-Hasta que vuelvas por aquí.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia