lunes, 12 de noviembre de 2012

Baltasara -nombre ficticio- habla mucho.


Litesofía, 11 noviembre 12

Baltasara –nombre ficticio- habla mucho; demasiado quizás. Las personas deben cuidar en extremo lo que dicen, que las palabras pueden hacer daño. Son nuestros pensamientos y nuestros sentimientos los que afloran en el lenguaje, y debemos mirar mucho si conviene airearlos.

Callar es siempre una virtud. Hablar más de lo debido, necedad. Baltasara dijo cosas que rayaban en la calumnia: que si esta chica pasaba las horas en la discoteca; que si fulano se divorció dos veces; que si…

La opinión que nos merece una persona puede cambiar fácilmente. Todos pensaban bien de aquel hombre hasta que le oyeron hablar. Y es que lo que somos se escapa por la boca: hay que llevar cuidado con soltar el grifo sin ton ni son, sin pensar lo que decimos.

La murmuración es siempre odiosa: revela podredumbre interior. La calumnia es peor aún. Murmurar es exponer a los demás defectos de nuestros semejantes; calumniar es inventarlos, decir falsedades de otros. Tanto la murmuración como la calumnia dicen poco de uno.

Baltasara debiera callar lo que reparte como semilla que se lanza al aire. Lo cristiano es buscar remedio a los males, en silencio; no divulgarlos en cada esquina, como vulgar pregonero.

Es canallesco y ruin hablar de esta guisa de nadie; como canallesco y ruin escucharlo sin rebelarse. Lo correcto ante la maledicencia es decir: “¡No sigas, por favor, que estás murmurando!”.

Cuánta irresponsabilidad en los comentarios de corrillos. “¿Te has enterado…?”. “¿No sabes que…?”. De cristianos es, amiga Baltasara, obrar con amor, sin que nadie se entere, no destruir sin piedad pregonándolo con ropas de comentario.


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