Litesofía –entre literatura y filosofía-, 23 Abril 2.013, Día del Libro
NIMIEDADES
Sigo leyendo a Azorín. Su prosa es delicada, de encaje. Cuenta cosas como un abuelo a su nieto. ¿Siempre sería así don José? Pienso que sí: las personas cambian poco. Azorín sería de pequeño tranquilo, introvertido, amante de la soledad. De joven lo mismo.
Yo lo adivino alto, delgado -cenceño diría él-, pausado, escribiendo pierna sobre pierna en un banco del jardín, o paseando solo, con un bastón en su mano, cortés siempre, educado.
La persona cambia poco con el tiempo. Es una unidad de ser y de actuar cada persona. Podrá sufrir cambios de fortuna, profesionales, políticos o sociales, debidos a circunstancias del momento. Pero, como fuera en su niñez, piensa y se gobierna de mayor.
El libro “María Fontán” quiere tener argumento, pero es todo lo mismo: capítulos cortos, repetitivos, morosos. La vida de María Fontán es absurda, zonza que diría Azorín. Tiene poco sentido una vida tan vacía y al mismo tiempo tan llena de nimiedades. Una amiga, un amigo y un marido que fue marqués.
Las lecturas de Azorín no inquietan ni perturban. Otras más apasionadas, más vivaces, aceleran los pulsos. Baroja es de éstos: un mundo lleno de personas el suyo, con problemas, como una colmena que bordonea en tus oídos.
El escritor se retrata en sus obras. Ortega, por ejemplo, es inquieto, suficiente, maestro, consciente de su clase superior. Azorín es educado, cortés, sencillo. Baroja, nervioso, desordenado, confuso, sin ley.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia
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