miércoles, 21 de mayo de 2014

Peces.

Litesofía -entre literatura y filosofía-, 20 mayo 2014, martes, San Bernardino de Siena

A mi hermano Amós Tomás Ortuño

Peces  -fragmento-

   El domingo, en el camino de vuelta a casa, cruzando la pasarela sobre el río, sujeta por gruesos cables de acero, vi que un señor mayor pescaba con caña.  Me detuve a su lado. “¿Pican?”, le pregunté. Abajo solo se veían patos nadando o tomando el sol en pequeños islotes. “De vez en cuando”, me respondió atento. Luego siguió: “Ya me iba, pero voy a pescar otro para que lo vea”.

   De una cesta sacó el cebo, lo pinchó en el anzuelo, al final de un hilo largo de la caña de pescar y lo lanzó al agua. “No esperaba ver una pesca tan a lo vivo!, pensé. Enseguida vimos que se movía el extremo de la caña. “¡Ya han picado!”, dijo el hombre contento. Recogió el hilo suavemente y vi que de las aguas del río salía un pez tan grande como mi brazo.

-¡Pobre animal! -exclamé.

-Puede estar fuera del agua más de una hora -dijo el pescador.

-¿Es que lo va a soltar de nuevo? -dije aliviado.

-Sí, estos peces no se comen; el agua puede estar contaminada.

Pudimos verlo de cerca. Nos miraba asustado y suplicando que le quitáramos el anzuelo de su boca. Mi compañero se enfundó la mano izquierda con una bolsa de plástico, cogió el pescado por la barriga, me pidió que tirara del hilo mientras que él ayudándose de una cucharilla lo libraba del alambre que tenía clavado en su boca.

   En la operación se habían congregado varias personas con niños viendo cómo el animal se revolvía inquieto. “¡Qué hermosa es la libertad!”, pensé. El pescador lanzó de nuevo el pez al agua y lo vimos nadar, veloz, con la corriente como huyendo del mismo demonio, a contar, quizás, a sus amigos la aventura.

   En mi camino, recordé que los peces son vertebrados, que respiran por branquias, que su cuerpo fusiforme tiene escamas, que su corazón se halla debajo de la cabeza junto al aparato respiratorio y que el número de especies es superior a veinte mil.

   Los primeros cristianos  empleaban la figura del pez para conocerse porque pez en griego era Ikhthius y su acróstico daba “Hijo de Dios Salvador” –Iesus – Khristos – Theos – Vios – Soter.

   Hace muchos años, cuando mis hijos eran pequeños,  compré una caña de pescar. Ninguno la quiso y menos se utilizó, por cuanto suponía sacar del agua a los peces para morir. La caña de pescar la colgamos en la pared de la casa del monte, donde permanece,  como un adorno o recuerdo de nuestra estancia un verano en la playa del Mar Menor.

   Faltaba lo que vi el domingo en la pasarela, sobre el río Segura, para aborrecer este instrumento de tortura o de muerte. No se me va de la cabeza el gesto del pobre pez pidiendo clemencia. Pendía en el aire, como un malhechor, queriendo soltarse, suplicando que lo dejaran en libertad. Lo vi llorar, Godofredo. En sus ojos vi el dolor, la rabia y el miedo que sentía.    

                                                                                   Francisco Tomás Ortuño, Murcia

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