Litesofía, 8 octubre 12 En las muertes violentas, el alma revoloteará abrazada a su cuerpo por algún tiempo. La cogerá desprevenida y no se hará a la idea de que tiene que salir; se resistirá a partir creyendo que no es su hora. Hay casos de exomatismos, en que uno ve su cuerpo desde fuera. Será curioso luego retornar y recordar el hecho. ¿Quién la ha impulsado a salir? ¿Es una llamada a la huida que no admite réplica? ¿Un desconectarse instantáneo, automático, como un movimiento reflejo? Me imagino que el alma va con uno confiada, tranquila. Cuando hay enfermedad, debe ponerse en guardia, nerviosa, y hasta adoptar los gestos del viajero que, próximo a su destino, busca las maletas con la vista. Mas en el caso de un accidente, el alma debe llevarse un susto morrocotudo. “¿Qué ocurre?, ¿qué pasa?”. No es de extrañar que se abrace al cuerpo y se resista a dejarlo; es más, debe de ser inevitable. Hay muertes naturales, que vienen de lejos, que se esperan. Dan tiempo a bajar los bártulos, a despedirse de los viajeros que siguen. Son muertes que duelen, pero que no asustan. Las otras sí, hasta que no pasa tiempo, no se hacen a la idea de que haya ocurrido. Yo quisiera que mi despedida fuera de las naturales. Que el alma dijera: “¡Ya estoy lista”. Y luego: “Otro poco, ¿vale?”. Como quien lo piensa en el andén y tiene veinte despedidas. Y al final, como jugando, una caricia leve y ¡hasta siempre!
lunes, 8 de octubre de 2012
En las muertes violentas...
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