1 julio 2.013
Santana, lunes, las once. ¡Cuántas cosas que contar de ayer! Y todas buenas. Lo mejor será empalmar con el sábado, cuando escribí: “Luego te cuento el final”.
La casa fue tomada de arriba abajo como otras veces: Lina, Ana, Francis, Sofía, Gabriel, Laura... Y el domingo con los frailes a las doce: medio convento era nuestro.
Martín, dueño del restaurante Pío XII, nos recibió a las dos en punto para sewrvirnos la comida. En los grandes salones había otros grupos numerosos procedentes de Alicante o la Región de Murcia.
La cocina fenomenal en cantidad y calidad. Saben por experiencia cómo atender a los clientes y lo que prefieren estos: libertad y fuera protocolos; o sea, sentirse como en la propia casa. El denominador común es comer bien y si es preciso cantar entre plato y plato.
A nosotros nos pusieron una mesa redonda, grande, para diez niños: Alba, Miguel Ángel, Sofía, Fran, Lina, Laura, Ana, Pablo, Jaime y Francisco. Y otra alargada, rectangular, para mayores: Pascual, Toñi, Gabriel, Isabel, Raquel, Ana, Lena, Francis, abuela Pascuala, el de los ochenta, la tía Lina, Miguel y María José. Un caballero con una señorita servían las mesas: cervezas, vinos, cocacolas, helados, entremeses, carnes y pescados a discreción.
En un salón aparte se ponía una “peli” de dibujos para los niños que prefirieran mirar pantalla entre bocado y bocado. Y tras el café, Francis, que había preparado una película familiar, nos reunió a todos en el bonito teatro, para que viéramos “Recuerdos de los Ochenta” con la boda de los abuelos y prolegómenos de la familia cuando los hijos iban creciendo.
Creo que fue del agrado general, sobre todo para los niños, que vieron en la pantalla a sus padres cuando eran como ellos son ahora. Y sería también del agrado de mis nueras, que miraban ensimismadas a sus maridos cuando vestían pantalón corto.
No he dicho que la nota singular en la comida la proporcionó Ana con la pantallita del ordenador.
-Explica esa nota singular, que a mí no me queda claro.
-Ana, previsora ella siempre, había preparado lo justo y necesario para que su esposo ocupara su sitio en el grupo estando como estaba en Panamá de las Américas.
-¿Y eso fue posible? Si nuestros padres levantaran la cabeza…
-Y nosotros mismos. Vemos cosas que por nuevas es la primera vez que se ven en la historia. Ana colocó a su marido junto a ella, aunque de forma virtual. Encendió el ordenador y en la pantalla salió Ángel, uno más entre nosotros. “Empezad, que ya estamos todos”, dijo. Ángel y Ana se lo pasaron de cháchara durante toda la comida.
Yo los observaba, viendo cómo se reían como los otros comensales. Y hasta, no lo pensaba decir, se besaban por la pantalla. Ángel era uno más en el grupo. Estaba muy bien ocupando su sitio al lado de su esposa y de sus hijas. También en el teatro.
Al finalizar la película, Gabriel leyó una Poesía que la abuela Pascuala había escrito para el abuelo en su ochenta cumpleaños:
A MI ESPOSO
No sé si llamarte Abuelo,
Capitán o Patriarca
De una nave que diriges
Y está llena de esperanza.
Hasta el puerto que nos lleves
Iremos juntos contigo,
Como faro que ilumina
A tus nietos y a tus hijos.
¡Qué bien que llevas el barco,
Mi Capitán de medallas,
De quijotescos ensueños,
Como el que tú tanto amas!
El timón que tú diriges
Con tantos años por mar
Llevado con sabio acierto,
Siempre queriendo enseñar.
Aunque las olas se encrespen
Y las nubes se oscurezcan,
Has sido el hombre sereno,
El artista y el poeta.
Y en los días transcurridos
Entre sonetos y cantos,
La prosa no ha detenido
Tu compromiso diario.
Que las musas te acompañen
A desentrañar la tierra,
Para buscar las verdades,
Para escribir cosas bellas.
Siguiendo tus enseñanzas
De pedagogo y buen padre,
Te ofrecemos la corona
Que mereces por ser grande.
Fue muy aplaudido hasta por el panameño, que vivía intensamewnte todos los momentos de la fiesta; animado quizás por los constantes “Mi vida” y “Cariño” con que lo nombraba su mujer.
El Abuelo de los Ochenta, respondió con otra Poesía que había preparado para la ocasión. El título “Gacias” lo resumía: “A todos en general – os quiero decir que os quiero…”.
GRACIAS
A mi mujer y a mis hijos,
A mis nueras y a mis nietos,
Y a mis nietas, claro está,
Y, si existiera, a mi yerno,
Pero Dios no lo ha querido,
Y Él sabrá por qué lo ha hecho,
A todos en general,
Os quiero decir que os quiero,
Y que hoy, en especial,
me apetece agradeceros
que celebréis en Santa Ana
los OCHENTA del abuelo.
Que si digo la verdad,
Ni yo mismo me lo creo;
Pero hago cuentas y miro,
Estudio, analizo y veo
Que del año treinta y tres
Del pasado novecientos
Al trece de los presentes
Van ochenta años enteros;
Y el tiempo no es una cosa
Que se pierda en el trayecto,
Como las aguas de un río:
ahora salgo, ahora entro.
Uno por uno pasaron
De mi niñez a ser viejo,
Como pasan los de todos,
Como pasarán los vuestros:
Vamos en el mismo tren,
Con el mismo movimiento.
Gobernaba la República
El día de mi nacimiento:
Azaña, Maura, Lerroux,
Albornoz y Caballero,
Se incendiaban las iglesias,
se profanaban los templos,
y por si fuera esto poco,
se quitaban a sus dueños
Las tierras que cultivaban
Con sacrificio y esmero,
Como ahora un tal Gordillo
Y su socio Cañamero,
Con una panda de amigos
Que Intentan volver a hacerlo.
Fui a la escuela de don Ángel,
Extraordinariol Maestro:
¡Cómo te marca tu vida
La vida de tu Maestro!
Seguí con el Instituto:
Don Máximo, don Baldomero,
Doña Marina, don Juan,
Don Ambrosio, don Ausencio…
Y al final quiso mi padre
Que estudiara Magisterio,
Cuando yo soñaba hacer…
O Medicina o Derecho.
Estuve en Teruel, en Elche,
En Cehegín… ¡Cuántos recuerdos,
Porque tenía veinte años,
De mi vida los comienzos!
Y por pasarlos tan bien,
Tan distraído, se fueron
Para nunca más volver,
Si no volando, corriendo.
Una boda y unos hijos,
Todos sanos, todos buenos,
Tan buenos como su madre,
Tan sanos por el ejemplo
Que en la casa recibían
Siempre y en todo momento,
Que el ejemplo para un niño
Siempre fue el mejor Maestro.
Con cariño y con afanes,
Sin darnos cuenta crecieron,
Estudiando las carreras
Que ellos mismos eligieron:
Químico, Economista,
Profesores e Ingeniero.
Y encontraron las mujeres,
Las mejores que existieron,
Que en sus planes el Señor
Disponía para ellos:
Toñi, María José, Ana,
Y hasta Lena de muy lejos.
Que los designios de Dios
Siempre fueron un secreto.
Y el tiempo sin detenerse…
Los nietos iban naciendo,
Desde Gabriel a Francisco,
Y a la par iban creciendo:
Isabel, Alba, Raquel,
Lina, Laura… y ya me pierdo,
Que me pasa lo de aquel
Que le llamaban abuelo,
Y exclamaba: “Si él lo dice
Es que estará en lo cierto”.
Y así, como si tal cosa,
Trece van… por el momento.
Y me dio por escribir
Poesías, libros, cuentos,
Para engañarme a mí mismo:
Por si caía en el juego,
Y pensaba, distraído,
Que así no pasaba el tiempo;
Y que seguía en activo
Gobernando y disponiendo.
De mi casa, de mi vida,
Como legítimo dueño.
Pensaba mi subconsciente
Me eternizaba en el tiempo,
Pero el tiempo se reía
De mis argucias y sueños.
Mil gracias te doy, Señor,
Por tanto bien que me has hecho:
Por llegar a los ochenta,
Y celebrar este encuentro
Familiar donde los haya,
Con mis hijos, con mis nietos;
Con mis nietas y con Lina
Sin el arrimo de un yerno;
Con mi Señora, que es única,
No hay dos en el mundo entero,
Y Tú lo sabes muy bien,
Que la conoces por dentro,
Y que yo la buscaría
Si reencarnara de nuevo.
Y como no tengo prisa,
Te pido ya, al mismo tiempo,
Que celebremos más años...
Hasta los cien por lo menos.
Que de verdad te lo digo:
Mejor que aquí no me encuentro.
Y para ver otras cosas
Ya tiempo, Señor, tendremos.
Te lo digo de verdad
Yo mucha prisa no tengo . Tenemos la Eternidad
Para enseñarme tu Cielo.
Francisco Tomás Ortuño