miércoles, 10 de octubre de 2012

Mi vecina habla demasiado.


Litesofía, 16 sept. 12

Mi vecina habla demasiado. Puede ser una forma de disfrazar la propia
ignorancia. Lo vengo observando en algunas personas, que hablan y no
dejan hablar a los demás; de esta forma, sólo dicen lo que saben, y
repiten en distintos foros. Suele ocurrir que estas personas
deslumbren a algunos oyentes, poco avezados a estas sutilezas. “¡Qué
bien habla!”. “¡Cuánto sabe!”, dicen luego.

El hablar sin desmayo, sin dejar hablar, puede ser indicio claro de
poca seguridad, de miedo o temor a que el oyente suscite cuestiones
que no domina. La persona segura de sí, sencilla, habla poco. Observa
y apostilla un comentario. Si le preguntan se expresa con claridad y
concisión. Hay mucha diferencia entre uno y otro.

Pero es que en la mujer, la mucha palabrería repele. Hasta la más
zafia debe callar para pasar por mujer interesante. Sabemos que una
secretaria que quiere cautivar al jefe, no habla; sólo aprueba, se
emboba y lo mira sin recato. La mujer no es interesante nunca por
hablar mucho. Los hombres que tienen la suerte de tener por compañera
a la mujer –como esa secretaria- que no discute, que se arroba mirando
al marido, que lo ensalza siempre, que aprueba lo que dice como lo
mejor, no saben lo que tienen.

De pequeño, dormí una noche casa de Perico.

Litesofía, 17 septbre. 12
Fragmento

De pequeño, dormí una noche casa de Perico, mi mejor amigo entonces.
No sé por qué sus padres lo dejaron solo, y quisieron que yo lo
acompañara. Esa noche no la he olvidado, con el misterio de sus luces
encendidas, y el simple hecho de estar solos dos niños en una casa tan
grande.

En la habitación de los padres, en la mesita de noche, había un
paquete de cigarros. Eran cigarros “Ideales”, de papel amarillo.
Nosotros que los vimos nos pusimos a fumar. Fue algo instantáneo.
Encendimos y tragamos humo, tosimos y casi nos ahogamos.

Perico iba al campo con sus padres. Tenía una mula torda que tiraba de
un carro con toldo azul. Los sábados, cuando volvía, yo le ayudaba a
entrar los arreos a su casa. Y sobre todo, la mula a la cuadra. Cómo
me gustaba verla beber agua en un cubo y tocarla hasta donde alcanzaba
con mis manos. Era mansa y me miraba con sus ojos grandes como si me
conociera. Su padre preparaba un pienso y lo echaba en el pesebre.
Recuerdo el olor de la cuadra como si lo llevara encima, como el ruido
que hacía el animal cuando comía.

Pepa, la madre de mi amigo, era grande, pechugona, sus piernas más
bien finas y excesivamente largas. Algunas veces jugábamos a las bolas
en el patio de su casa. Si perdía su hijo, jugaba ella hasta que nos
ganaba las bolas que había perdido. Luego nos mojaba una rebanada de
pan con vino y decía: “Salid a la puerta a comeros la merienda”.

Un día Perico se cayó de una mesa y se rompió el brazo derecho, casi a
la altura del codo. Su madre lo llevó a Turpín, un carnicero, a que lo
curara. Le puso unas tablillas tan fuerte que le dejaron una señal
para toda la vida. El médico luego le dijo a la madre: “Señora, cuando
a mí se me rompen los zapatos, voy a un zapatero”. Estuvo tiempo
levantando pesas y haciendo ejercicios; escribía con la mano
izquierda. Cuando la mano vino a lo suyo era ambidiestro.

Cuando creyeron que haciendo tres escuelas...


Litesofía, 10 oct. 12
…
Cuando creyeron que haciendo tres escuelas de otras tres próximas, y
poniendo en una a los mayores, en otra a los medianos y en la tercera
a los más pequeños, se había dado con la solución al problema de la
enseñanza, empezó el trajín.

Tuvo que ser un listo el que pensara: “¡Eureka!, ya está, ¿cómo no se
ha visto antes?”. Y todo fue rodar la bola y hacerse grande, cada vez
mayor, hasta llegar a lo que hoy tenemos.

Primero fue separar a los niños por edades; después por conocimientos;
luego por su inteligencia. Ya estaba la escuela convencional rota.
“No, escuelas no, Colegios grandes con muchas aulas”. Ya estaba la
solución definitiva.

Muchas aulas y muchos maestros. “Aquí los niños de cuatro años, aquí
los de cinco, los de seis, los de siete…”. Tampoco. “Vamos a poner
aquí los de nivel mental medio, aquí los que no dan la talla, aquí los
listos…”. Ya está.

Pero ¿qué pasa que no funciona tampoco? Que pronto se rompe la
igualdad lograda. “No, señores”, habla otro listo, “la escuela debe
ser con muchos controles y zapatazo a quien no consiga superar las
pruebas.

Ya está: Promociones. Esa es la palabra. Hay que promocionar sólo a
los que superen los controles y las pruebas. A los demás se condena a
repetir un año por torpes. Y los sabios, alrededor de una mesa, con
humeantes cafés y puros descomunales, piensan en su contribución a la
ciencia.

Los niños, mientras, ajenos a lo que se cocía, iban de aquí para allá,
cargados de libros, abrumados con tantos deberes, sin comprender del
todo a qué iban a la escuela ni qué significado tenía lo que oían en
sus casas sobre enseñanza, deberes, evaluaciones, promociones,
repeticiones y gaitas.

Los padres no saben bien su papel de padres en el colegio. Forman
parte del tinglado confuso y complejo que tenemos. Como sus hijos, no
saben qué hacer ni a dónde acudir. A veces se pasan y a veces no
llegan. Exigen sin saber qué y no piden cuando deben pedir.

Todo un triste caos escolar. ¿Qué entienden ellos de un Consejo
escolar, de una Junta Económica, de una programación? Y opinan y
discuten, cuando debían agruparse alrededor de los maestros de sus
hijos, alentarlos y defenderlos.

martes, 9 de octubre de 2012

El Colegio va a abrir sus puertas.


Litesofía, 18 sept. 12 Fragmento … El Colegio va a abrir sus puertas. Cientos de niños llenarán las aulas. Unos por primera vez, otros ya veteranos. Los Profesores esperan que el telón se alce para empezar la función. Sencillez en todo; esta es la clave. Si no, puede ocurrir que descuidemos lo principal –el niño, la enseñanza- por cosas secundarias. Maestro, niños y objetivos a lograr. No perder de vista lo que se pretende. Vamos a meternos en la cabeza de una vez por todas que la escuela no es la universidad. En la escuela se debe aprender lo básico, y se debe aprender a estudiar, con unos niveles mínimos por alcanzar. La escuela debe ser eso: ejemplo de vida social, donde no caben palabras malsonantes ni gestos de pesimismo. El niño aprende a ser persona allí, y lo que vea y haga, será luego de mayor. La escuela debe renovarse. El niño debe sentirse allí bien, feliz. El maestro debe ser un amigo y un padre con todos. La escuela debe ser un modelo de sociedad, donde se practiquen las virtudes y no se adviertan los males que haya fuera. Sencillez, amor, alegría, ambiente grato. Sacudid, maestros, ahora que empieza el curso, vuestras tristezas, vuestros temores; quedaos sólo con las ansias de vivir que habéis de transmitir, con el optimismo que habéis de generar en los niños, con el amor que habéis de llevar a sus almas.

Fuimos temprano al monte por caracoles.


Litesofía, 19 sept.12
Fragmento
…
Fuimos temprano al monte por caracoles. Había llovido y el terreno
estaba húmedo, como abonado para tenerlos. Cerca de nuestra casa, hay
una loma que los cría en abundancia. Los hombres que se dedican a
buscarlos lo saben. Luego los venden en la plaza.

La caza del caracol -¿se le puede llamar caza?- es atractiva. Es una
fiesta sin duda madrugar y salir al monte en busca de este molusco.
Para los que desconocen el pasatiempo, les diré que deben preparar una
bolsa o cesto donde echarlos y ponerse un buen calzado para andar.

Yo lo paso bien cogiendo caracoles. Sólo el hecho de buscarlos tiene
su encanto. La vista siempre baja, próxima, mirando sobre todo las
atochas y los romeros. Monte arriba, muy despacio, midiendo los pasos,
se les oye: un leve crujido cerca hace mirar; una ligerísima vibración
debida a la caída de una china, también.

Yo tengo mi lema para estas ocasiones: “El que haya de ser para mí, me
está esperando”. Hay otras personas cerca que buscan con ahínco.
Confieso que mi búsqueda es un tanto despreocupada. Ahora bien, cuando
encuentro un ejemplar, me alegro. Me acerco despacio y lo recojo con
cierta morosidad. Creo que debo recogerlo. Si no lo hiciera, para mí
sería como dejar abandonado un herido en la carretera. “Éste es mío”,
me digo, “me está esperando desde el principio de los siglos”,
canturreo feliz.

Es divertido coger caracoles como lo hago yo, sin prisas,
deportivamente. Ocho piezas, diez, una docena. A lo sumo, quince
caracoles. Hay quien dice haber cogido cincuenta, sesenta, y hasta
cien en una mañana. Yo no busco apenas, me los encuentro, salen al
paso. ¡Qué alegría encontrar dos juntos a la vez! “¡Hola, parejita!,
¿me estabais esperando?”. Y parecen esponjarse y sonreír cuando me
acerco. Bonita fiesta la de salir al monte cuando ha llovido.

Son las nueve de la mañana, pero en mi vida son...


Litesofía, 22 septbre. 12: UNA HORA SON CINCO AÑOS
Fragmento

Son las nueve de la mañana, pero en mi vida son... A ver, a ver: de
las siete que me levanto a las once que me acuesto hay dieciséis
horas; la vida de una persona dura ochenta años. Los cincuenta de una
vida se corresponden con diez horas de un día: Ochenta es a dieciséis
como cincuenta es a diez. Clarísimo. Ergo, desde las siete de la
mañana, los cincuenta años se corresponden con las cinco de la tarde.

En esta proporción de dieciséis horas del día y ochenta años de vida,
cada hora del reloj equivale a cinco años. Puede ser interesante no
perder de vista nuestra hora biológica, porque cada día es la viva
representación de nuestra vida. Decir que son las diez de la mañana es
hablar de hora de trabajo; hablar de las trece es hablar de fuerza, de
madurez: son los treinta de la persona.
En los cincuenta, se encuentra la persona, como digo arriba, en las
cinco de la tarde. ¿Qué sugiere esta hora? Pues que se lleva un largo
recorrido hecho; que el tiempo de la juventud quedó atrás; que el sol
está a punto de ponerse; que es hora de balances; que es hora de
descanso; que las sombras se adivinan por doquier; que es hora de
recoger el fruto.

Las cinco de la tarde, con todo, es bella todavía; tiene cierto calor
que gratifica. Es hora singular para pensar en lo que hemos hecho y
dónde estamos. Es hora importante como todas, única, singular, en la
historia maravillosa de un día.

Si hacemos números resulta que una hora equivale a cinco años; o lo
que es igual, sesenta minutos igual a sesenta meses; cada minuto
equivale a un mes; un año son, pues, doce minutos. El que pasa de los
ochenta, las once de la noche, ya cubrió la etapa de su vida; pasar de
las once de la noche es estar adormilado o dando cabezadas.

No es posible que una máquina piense o sienta.


Litesofía, 23 septbre. 12

No es posible que una máquina piense o sienta, por muy sofisticada que
sea. Nunca dirá ¡ay! si se cae, ni se reirá de un chiste.
Hay quien dice que el hombre es una máquina, pero esto no es cierto.
El hombre piensa, siente y ama, cosas que escapan a los más perfectos
aparatos construidos por el hombre.
Hay un algo que los diferencia, que nunca podrá ser inventado: la
razón, los sentimientos. Un algo que falta en toda máquina y que
faltará siempre: lo espiritual.

Una computadora calcula al segundo cuántas son ocho por nueve; pero
necesita que antes el hombre haya dispuesto así su complicado
mecanismo. Es un efecto de la disposición previa de unas piezas.
La radio, la televisión, el vídeo, maravillas de la luz, de las ondas,
de la física. Pero no pasa de ahí. El hombre es todo eso y algo más.
¿Cómo podría una máquina juzgar los pensamientos de los otros?