martes, 9 de octubre de 2012

Fuimos temprano al monte por caracoles.


Litesofía, 19 sept.12
Fragmento
…
Fuimos temprano al monte por caracoles. Había llovido y el terreno
estaba húmedo, como abonado para tenerlos. Cerca de nuestra casa, hay
una loma que los cría en abundancia. Los hombres que se dedican a
buscarlos lo saben. Luego los venden en la plaza.

La caza del caracol -¿se le puede llamar caza?- es atractiva. Es una
fiesta sin duda madrugar y salir al monte en busca de este molusco.
Para los que desconocen el pasatiempo, les diré que deben preparar una
bolsa o cesto donde echarlos y ponerse un buen calzado para andar.

Yo lo paso bien cogiendo caracoles. Sólo el hecho de buscarlos tiene
su encanto. La vista siempre baja, próxima, mirando sobre todo las
atochas y los romeros. Monte arriba, muy despacio, midiendo los pasos,
se les oye: un leve crujido cerca hace mirar; una ligerísima vibración
debida a la caída de una china, también.

Yo tengo mi lema para estas ocasiones: “El que haya de ser para mí, me
está esperando”. Hay otras personas cerca que buscan con ahínco.
Confieso que mi búsqueda es un tanto despreocupada. Ahora bien, cuando
encuentro un ejemplar, me alegro. Me acerco despacio y lo recojo con
cierta morosidad. Creo que debo recogerlo. Si no lo hiciera, para mí
sería como dejar abandonado un herido en la carretera. “Éste es mío”,
me digo, “me está esperando desde el principio de los siglos”,
canturreo feliz.

Es divertido coger caracoles como lo hago yo, sin prisas,
deportivamente. Ocho piezas, diez, una docena. A lo sumo, quince
caracoles. Hay quien dice haber cogido cincuenta, sesenta, y hasta
cien en una mañana. Yo no busco apenas, me los encuentro, salen al
paso. ¡Qué alegría encontrar dos juntos a la vez! “¡Hola, parejita!,
¿me estabais esperando?”. Y parecen esponjarse y sonreír cuando me
acerco. Bonita fiesta la de salir al monte cuando ha llovido.

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