martes, 9 de octubre de 2012

Son las nueve de la mañana, pero en mi vida son...


Litesofía, 22 septbre. 12: UNA HORA SON CINCO AÑOS
Fragmento

Son las nueve de la mañana, pero en mi vida son... A ver, a ver: de
las siete que me levanto a las once que me acuesto hay dieciséis
horas; la vida de una persona dura ochenta años. Los cincuenta de una
vida se corresponden con diez horas de un día: Ochenta es a dieciséis
como cincuenta es a diez. Clarísimo. Ergo, desde las siete de la
mañana, los cincuenta años se corresponden con las cinco de la tarde.

En esta proporción de dieciséis horas del día y ochenta años de vida,
cada hora del reloj equivale a cinco años. Puede ser interesante no
perder de vista nuestra hora biológica, porque cada día es la viva
representación de nuestra vida. Decir que son las diez de la mañana es
hablar de hora de trabajo; hablar de las trece es hablar de fuerza, de
madurez: son los treinta de la persona.
En los cincuenta, se encuentra la persona, como digo arriba, en las
cinco de la tarde. ¿Qué sugiere esta hora? Pues que se lleva un largo
recorrido hecho; que el tiempo de la juventud quedó atrás; que el sol
está a punto de ponerse; que es hora de balances; que es hora de
descanso; que las sombras se adivinan por doquier; que es hora de
recoger el fruto.

Las cinco de la tarde, con todo, es bella todavía; tiene cierto calor
que gratifica. Es hora singular para pensar en lo que hemos hecho y
dónde estamos. Es hora importante como todas, única, singular, en la
historia maravillosa de un día.

Si hacemos números resulta que una hora equivale a cinco años; o lo
que es igual, sesenta minutos igual a sesenta meses; cada minuto
equivale a un mes; un año son, pues, doce minutos. El que pasa de los
ochenta, las once de la noche, ya cubrió la etapa de su vida; pasar de
las once de la noche es estar adormilado o dando cabezadas.

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