Litesofía, 16 sept. 12 Mi vecina habla demasiado. Puede ser una forma de disfrazar la propia ignorancia. Lo vengo observando en algunas personas, que hablan y no dejan hablar a los demás; de esta forma, sólo dicen lo que saben, y repiten en distintos foros. Suele ocurrir que estas personas deslumbren a algunos oyentes, poco avezados a estas sutilezas. “¡Qué bien habla!”. “¡Cuánto sabe!”, dicen luego. El hablar sin desmayo, sin dejar hablar, puede ser indicio claro de poca seguridad, de miedo o temor a que el oyente suscite cuestiones que no domina. La persona segura de sí, sencilla, habla poco. Observa y apostilla un comentario. Si le preguntan se expresa con claridad y concisión. Hay mucha diferencia entre uno y otro. Pero es que en la mujer, la mucha palabrería repele. Hasta la más zafia debe callar para pasar por mujer interesante. Sabemos que una secretaria que quiere cautivar al jefe, no habla; sólo aprueba, se emboba y lo mira sin recato. La mujer no es interesante nunca por hablar mucho. Los hombres que tienen la suerte de tener por compañera a la mujer –como esa secretaria- que no discute, que se arroba mirando al marido, que lo ensalza siempre, que aprueba lo que dice como lo mejor, no saben lo que tienen.
miércoles, 10 de octubre de 2012
Mi vecina habla demasiado.
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Si tienes a tu lado alguien que habla demasiado, quizás es porque encuentra en tí la persona con la que puede desahogarse.
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