Litesofía, 5 sept. 12 Los niños y los jóvenes hoy, sin darse cuenta quizás, se rebelan contra todo y contra todos. Son una generación protesta. Los mayores toleran sus gustos, sus caprichos, sus gritos… Son dos mundos antagónicos. La lucha generacional salpica a las familias. En muchos hogares debe haber guerra, lucha abierta entre los miembros de la familia.
jueves, 11 de octubre de 2012
Los niños y los jóvenes hoy.
Quiero ser amigo de la muerte.
Litesofía, 7 sept.12 Quiero ser amigo de la muerte. La hermana muerte de los franciscanos. No sólo no temerla, sino amarla, desearla. Es bella la muerte: un sueño tan solo, un cerrar los ojos, un descanso. Luego la sorpresa de vernos otra vez. ¿Quién no desea que llegue este hermoso trance, la muerte, el fin de todo aquí, el principio de la gran vida? Hay que familiarizarse con la muerte; hay que desearla, soñar con ella, amarla como algo fascinante y maravilloso. Hace unos días leí un libro del filósofo alemán Schopenhauer. Decía que la vida del hombre tiene cuerda para cien años; que si muere antes es porque algo no ha funcionado como debiera; que el hombre está programado para un siglo de duración. A esta edad el organismo se debilita, las funciones del cuerpo se apagan y la vida, como un soplo, se esfuma sin sentir, sin dolor, sin estridencias, como un suspiro. La persona entonces quedaría con la palabra en los labios, sin terminar un movimiento iniciado, sin advertir la presencia de su fin terrenal. Nuestro cuerpo es una máquina, pues, con cuerda para un siglo; procuremos mimarla y no forzarla demasiado para que llegue hasta el fin. Y por otra parte, aprendamos a querer a la hermosa muerte, que vendrá sin duda por nosotros. … Mi vecina María Dolores me hizo pensar esta mañana cuanto dejo escrito. “Ars longa, vita brevis”, que dijo Cicerón. La vida nos entretiene con ruidos de feria. En la feria que hemos pasado, los altavoces llevarían música a María Dolores a través de sus ventanas. Es la feria de agosto, que se instala justamente allí, al lado de su casa. Noches de júbilo para los jóvenes, de ruidos, de tómbolas, de ruedas. Otro motivo más para sentir con angustia dolores en cervicales, de saberse a un paso del fin. La vida es cruel a veces. Se recrea ofreciendo situaciones tristes. Cuando todo está dispuesto para una borrachera de placer, sentimos con angustia que nos hemos quemado en los preparativos, que nos duele el estómago, que los dientes no responden, que las fuerzas faltan. C´est la vie, pero es triste. Hay que hacerse amigo de la hermana “Huesecitos” y no apegarse demasiado a las cosas terrenales.
¿Hemos llegado a la monotonía?
Litesofía, 9 sept. 12 Fragmento … ¿Hemos llegado a la monotonía? La vida del verano toca a su fin. Primero hubo proyectos: ir a Santana, bañarse en la piscina, ver a los primos… o ir a la playa; después hacerlos realidad. Pero en medio cabe el peligro de la rutina, por iguales y plenos. Hay que huir de la monotonía, que puede conducir al aburrimiento. Hay que inventar, para que haya sorpresas: en las comidas –cambiando de lugar, por ejemplo-, en los juegos, en los trabajos, piscina, lecturas. Días ocupados, y siempre nuevos, distintos. Ahí puede estar la clave.
Mamá, de habitación en habitación, escucha música clásica.
Litesofía, 11 octubre 2012 Fragmento Mamá, de habitación en habitación, escucha música clásica: “Pon música de la que a mí me gusta”, me dice. Se oye en toda la casa, sin estridencias, una de las “Melodías más bellas del mundo”: Danza eslava nº 1 en Re mayor. A los jóvenes les agrada más otra música. Prefieren canciones de ritmo trepidante, que escuchan en discotecas. La música es necesaria. Los Centros docentes deben tener hilo musical. Siempre será un sedante para los nervios. La casa alegre que debe ser la escuela, no puede estar ayuna de música. Los niños deben entrar con música al Colegio y deben salir escuchando música, y casi diría que deben trabajar con música. La música alegra el trabajo y el espíritu. Sólo que hay que escogerla bien para las distintas situaciones. Si queremos que el niño goce con música clásica, que la prefiera, que la sienta, nada mejor que dársela a oír. Poco a poco, en el ambiente de trabajo, se irá adentrando en el espíritu de los pequeños. Si a esto añadimos nociones de compositores y títulos de sus obras, los niños sabrán siempre distinguir piezas que escuchen ocasionalmente. Es una triste realidad que hoy muy pocos saben música. Los niños apenas saben quién es Beethoven, Strauss, Bach o Vivaldi; y si oyen una sonata no la distinguen de una ópera. El boom de la música ha de llegar. Ya los Conservatorios se llenan de niños ávidos de saber solfeo y de tocar algún instrumento. La música debe ocupar el rango que le corresponde. Pronto nos inundaremos de música en las escuelas; otra cosa no tiene sentido. Que no se sepa quién es Falla, Breton o Tchaikovsky dice muy poco de nuestro sistema educativo. Que no guste Albéniz es sintomático de enfermedad educativa grave. Qué ambientes tan distintos los del Conservatorio y la discoteca. En los dos hay jóvenes, en los dos hay música. Pero son diametralmente opuestos. En el Conservatorio, los jóvenes sueñan con llegar a ser grandes músicos –pianistas, guitarristas, violinistas- y aprenden solfeo, historia de la música, canciones. En la discoteca, los jóvenes no sueñan con llegar, viven aburridos un presente cargado de humo y tedio.
miércoles, 10 de octubre de 2012
Mi vecina habla demasiado.
Litesofía, 16 sept. 12 Mi vecina habla demasiado. Puede ser una forma de disfrazar la propia ignorancia. Lo vengo observando en algunas personas, que hablan y no dejan hablar a los demás; de esta forma, sólo dicen lo que saben, y repiten en distintos foros. Suele ocurrir que estas personas deslumbren a algunos oyentes, poco avezados a estas sutilezas. “¡Qué bien habla!”. “¡Cuánto sabe!”, dicen luego. El hablar sin desmayo, sin dejar hablar, puede ser indicio claro de poca seguridad, de miedo o temor a que el oyente suscite cuestiones que no domina. La persona segura de sí, sencilla, habla poco. Observa y apostilla un comentario. Si le preguntan se expresa con claridad y concisión. Hay mucha diferencia entre uno y otro. Pero es que en la mujer, la mucha palabrería repele. Hasta la más zafia debe callar para pasar por mujer interesante. Sabemos que una secretaria que quiere cautivar al jefe, no habla; sólo aprueba, se emboba y lo mira sin recato. La mujer no es interesante nunca por hablar mucho. Los hombres que tienen la suerte de tener por compañera a la mujer –como esa secretaria- que no discute, que se arroba mirando al marido, que lo ensalza siempre, que aprueba lo que dice como lo mejor, no saben lo que tienen.
De pequeño, dormí una noche casa de Perico.
Litesofía, 17 septbre. 12 Fragmento De pequeño, dormí una noche casa de Perico, mi mejor amigo entonces. No sé por qué sus padres lo dejaron solo, y quisieron que yo lo acompañara. Esa noche no la he olvidado, con el misterio de sus luces encendidas, y el simple hecho de estar solos dos niños en una casa tan grande. En la habitación de los padres, en la mesita de noche, había un paquete de cigarros. Eran cigarros “Ideales”, de papel amarillo. Nosotros que los vimos nos pusimos a fumar. Fue algo instantáneo. Encendimos y tragamos humo, tosimos y casi nos ahogamos. Perico iba al campo con sus padres. Tenía una mula torda que tiraba de un carro con toldo azul. Los sábados, cuando volvía, yo le ayudaba a entrar los arreos a su casa. Y sobre todo, la mula a la cuadra. Cómo me gustaba verla beber agua en un cubo y tocarla hasta donde alcanzaba con mis manos. Era mansa y me miraba con sus ojos grandes como si me conociera. Su padre preparaba un pienso y lo echaba en el pesebre. Recuerdo el olor de la cuadra como si lo llevara encima, como el ruido que hacía el animal cuando comía. Pepa, la madre de mi amigo, era grande, pechugona, sus piernas más bien finas y excesivamente largas. Algunas veces jugábamos a las bolas en el patio de su casa. Si perdía su hijo, jugaba ella hasta que nos ganaba las bolas que había perdido. Luego nos mojaba una rebanada de pan con vino y decía: “Salid a la puerta a comeros la merienda”. Un día Perico se cayó de una mesa y se rompió el brazo derecho, casi a la altura del codo. Su madre lo llevó a Turpín, un carnicero, a que lo curara. Le puso unas tablillas tan fuerte que le dejaron una señal para toda la vida. El médico luego le dijo a la madre: “Señora, cuando a mí se me rompen los zapatos, voy a un zapatero”. Estuvo tiempo levantando pesas y haciendo ejercicios; escribía con la mano izquierda. Cuando la mano vino a lo suyo era ambidiestro.
Cuando creyeron que haciendo tres escuelas...
Litesofía, 10 oct. 12 … Cuando creyeron que haciendo tres escuelas de otras tres próximas, y poniendo en una a los mayores, en otra a los medianos y en la tercera a los más pequeños, se había dado con la solución al problema de la enseñanza, empezó el trajín. Tuvo que ser un listo el que pensara: “¡Eureka!, ya está, ¿cómo no se ha visto antes?”. Y todo fue rodar la bola y hacerse grande, cada vez mayor, hasta llegar a lo que hoy tenemos. Primero fue separar a los niños por edades; después por conocimientos; luego por su inteligencia. Ya estaba la escuela convencional rota. “No, escuelas no, Colegios grandes con muchas aulas”. Ya estaba la solución definitiva. Muchas aulas y muchos maestros. “Aquí los niños de cuatro años, aquí los de cinco, los de seis, los de siete…”. Tampoco. “Vamos a poner aquí los de nivel mental medio, aquí los que no dan la talla, aquí los listos…”. Ya está. Pero ¿qué pasa que no funciona tampoco? Que pronto se rompe la igualdad lograda. “No, señores”, habla otro listo, “la escuela debe ser con muchos controles y zapatazo a quien no consiga superar las pruebas. Ya está: Promociones. Esa es la palabra. Hay que promocionar sólo a los que superen los controles y las pruebas. A los demás se condena a repetir un año por torpes. Y los sabios, alrededor de una mesa, con humeantes cafés y puros descomunales, piensan en su contribución a la ciencia. Los niños, mientras, ajenos a lo que se cocía, iban de aquí para allá, cargados de libros, abrumados con tantos deberes, sin comprender del todo a qué iban a la escuela ni qué significado tenía lo que oían en sus casas sobre enseñanza, deberes, evaluaciones, promociones, repeticiones y gaitas. Los padres no saben bien su papel de padres en el colegio. Forman parte del tinglado confuso y complejo que tenemos. Como sus hijos, no saben qué hacer ni a dónde acudir. A veces se pasan y a veces no llegan. Exigen sin saber qué y no piden cuando deben pedir. Todo un triste caos escolar. ¿Qué entienden ellos de un Consejo escolar, de una Junta Económica, de una programación? Y opinan y discuten, cuando debían agruparse alrededor de los maestros de sus hijos, alentarlos y defenderlos.
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