miércoles, 16 de octubre de 2013

Déjate llevar.

  No te adelantes a los planes de Dios. Tú observa y espera, que en saber esperar está la sabiduría.
Cuántos no tienen paciencia, habiendo como hay una voz oculta que nos dirige. Hay un paso lento, pero seguro, que tenemos que seguir. Las mayores catástrofes ocurren cuando no nos ajustamos a esa voz que nos marca la  naturaleza humana.
Felices los que no se precipitan. “Déjate llevar”, sería la consigna más sabía para los apresurados. Hasta da gracias si no es lo que quieres aquello que te llega: Piensa que es lo mejor, que es lo que correspondía.


Francisco Tomás Ortuño. Murcia 

martes, 15 de octubre de 2013

La hormiga.

  Cuando supe que Alfonso X, llamado el Sabio, había dicho orgulloso: “Si Dios me hubiera consultado a mí sobre el orden del universo, le hubiera dado unas cuantas ideas”, me sonreí. ¿Qué le hubiera dicho el vanidoso rey a Dios que estaba mal? ¿El Sol?, ¿la Tierra?, ¿el Universo?
   Es algo así como la hormiga que se instalara sobre la piel de un elefante y pretendiera dirigirlo. Lo más sensato sería aceptar el movimiento del paquidermo y dejarse llevar. ¿En qué podemos alterar el mundo que nos lleva, don Alfonso?

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

lunes, 14 de octubre de 2013

Salvador García Jiménez.

   ¿Cómo se llamaba este autor que inventó una máquina y retrocedió a los tiempos de Jesucristo? ¡Qué fácil le resultaría así seguir sus pasos y decir lo que quisiera! Con su máquina del tiempo inventaba otra vida de Jesús y decía que jugaba con sus hermanos o que tuvo una novia.
   Salvador con su libro me lo recuerda: A la Virgen de las Maravillas, que tanto se venera en Cehegín, la trasladan de un taller napolitano a España, y cuenta –la Virgen- lo que oye y ve en el camino. Luego la compran unos franciscanos y la llevan a Cehegín.
   La idea es buena para un escritor como Salvador García, que sabe expresar tan bellamente lo que dice, y que, al mismo tiempo, su loca fantasía aprovecha los recuerdos de su infancia con los frailes. Si no fueron todo lo buenos que él hubiera deseado, le pueden hacer decir a la imagen lo que él quiera que diga.
   Y ahí está el peligro de su obra. Supongamos que dice la Virgen que fray Gerundio de Campazas confiesa en voz alta que siente odio por el padre superior. Como el novelista puede decir lo que quiera, parece que es verdad lo que dice. Cuánta gente se fía de los medios: “¿Cómo va a ser mentira si lo dice la tele?”. Y en estos casos lo mismo: “Si lo dice la Virgen es que es verdad”.
   El mismo Cervantes, maestro de novelistas, escribía capítulos del Quijote con hechos reales vistos por él. ¿Qué fue si no el traslado de unos restos que viera don Miguel y luego llevara a su novela? ¿No se aprovecha de su huida de Argel con Zoraida para inventar historias que no existieron?
   No debe extrañarnos que Salvador García escriba la historia de la Virgen de las Maravillas a su modo, sin pensar que “alguien” pueda sentirse ofendidos. El que se crea capaz que coja papel y pluma y escriba otro libro con milagros de la Virgen, como hizo Berceo. Pero eso no está al alcance de cualquiera. Te felicito, Salvador. Sigue en esa línea, que sólo saben y pueden los verdaderos maestros de la pluma y del pensamiento.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

domingo, 13 de octubre de 2013

Golondrinas.


Murcia, las ocho otra vez, aquí de nuevo, oyendo las golondrinas que pasan cerca buscándose la vida con los insectos.
-Es su desayuno, Eustaquio, ¿o es que las golondrinas no desayunan?
-Pobres insectos, como otros Jonases en el vientre de la ballena.
-¿Te refieres al profeta Jonás, que fue devorado por una ballena y arrojado después?
-Al mismo; pero aquel volvió a la vida, como Jesús o como Lázaro; en cambio, estos insectos no lo cuentan luego. Es tan cruel la vida en el reino animal como en el de los hombres: los unos viven a costa de los otros.
-Y todo por comer, Raúl; ¡qué cambio si Dios nos hubiera hecho de otro modo!; solo con que se pasara de esa urgente necesidad de comer, la vida sería otra.
-¿Tú crees? Si no fuera por comer sería por otra cosa. ¿O es que el hombre solo vive para comer? Entonces, Eustaquio, sería por tener una casa más grande o un coche más caro. Somos así, comamos o no comamos.
-Pero las golondrinas pasarían de tragarse a los mosquitos que deambulan tranquilos por el aire.
-Inés, ¿damos un paseo matinal?
-No, Raúl, que hay golondrinas y miran con perversas intenciones.
-¿Cómo iba a ser lo mismo? O en la selva la leona:
-¡Salgamos de este lugar, amor, que huelo a cazadores furtivos!
-Es condición aquí en la Tierra la de matar por lo más nimio. Ya mató a los inocentes quien tú sabes por miedo a ser destronado…

sábado, 12 de octubre de 2013

Urdangarín.


 -¿Cómo estará Urdangarín?
-Ni lo sé ni me importa, Venancio, ¿por qué lo dices?
-Es que el socio de sus inmundicias le pide millones de euros por callar.
-¿Y cuál es ese silencio tan caro?
-Dice tener pruebas de que su suegro sabía lo que se llevaban entre manos.
-¡Pobre Rey! No podrá dormir. Entre las cacerías,  los porrazos y operaciones, solo le faltaba que lo acusen de ladrón. Y encima sabiendo que sus antepasados acabaron tan mal. ¿Y el príncipe Felipe?
-Asustado está el hombre. “Letizia, le oyeron decir, esto huele a podrido, ¿por qué no nos vamos a vivir a una isla del Caribe?
-¿A qué isla, Felipe? -le contestó ella.
-A la que sea, donde no nos encuentren.
-Y tanto que me prometiste cuando era periodista: “¡Cásate conmigo, Letizia, que vivirás como una reina!”. Si llego a saber esto me quedo como estaba.
-¿Cómo iba a pensar yo que mi cuñado nos diera estos disgustos? Parecía que en su vida había roto un plato y mira por dónde va a acabar con la familia real. Podemos ir a las islas Kiribati o a las Marquesas, ¿qué te parece?
-¿Y dónde están esas islas?
-Por el Pacífico, cerca de Papúa. Siempre he soñado con vivir con gente humilde y sencilla.
-¿Y de qué íbamos a vivir, Felipe? Porque tus padres dejarían de financiarnos.

viernes, 11 de octubre de 2013

Barinas.


200)  Barinas
Barinas me trae muchos recuerdos. Cuando el abuelo trabajaba con Ginés Lifante, iba allí a menudo a pagar a los obreros. Medio pueblo vivía de los cofines. Al abuelo lo adoraban, quizás porque siempre iba a pagar, como otro mister Marshall americano.
Recuerdo oírle decir que tenía un buen amigo en Barinas llamado Rómulo. Y cuando fui luego visitando Colegios con mis libros, pregunté por él. ¡Qué feliz sorpresa! Aún vivía. Lloró recordando a su amigo del alma. 
Tuvo que ser para el abuelo una época importante de su vida: Dejó el Banco, estuvo en la cárcel por razones políticas, se colocó a trabajar con Ginés Lifante y… acabó  siendo él mismo empresario de capachos. Era inquieto el abuelo. Y valiente para sacar adelante una familia numerosa. Pero después de todo, tuvo poca suerte. Se le cerraban las puertas. O no le acompañaban los acontecimientos a la velocidad que él deseaba.
 Se crió en la Fuente de las Perdices con sus padres –Santiago Tomás y Emilia Muñoz- y hermanos –Paco, Pascuala, Vicenta y Roque-. Pronto vio que el campo no era lo suyo y se iba al pueblo temprano todos los días. Por amigos curas, quizás, entró en el Banco Hispano Americano, que abrieron en Jumilla.
La guerra cambió su vida. Debió de visitar la Casa del Pueblo –socialista-, porque cuando ganó Franco, abril del 39, estuvo en la cárcel más de un año,  con Nazario y otros señalados. “No digas quién es tu padre”, llegó a decirme, más en serio que en broma, cuando iba a examinarme a Murcia y él sabía quién era el Profesor. Lo que me hace pensar que tuvo algo serio con la iglesia.
Cuando quedó libre buscó trabajo, siendo acogido por Ginés Lifante, cofinero. Llevaba la Contabilidad de la Empresa –calle Canalejas- e iba a Barinas a pagar a los obreros.
Los hijos de Ginés debían de ser los señoritos del pueblo, por aquel entonces. Zoila, hija, por vecindad, salía con Pascuala, mi mujer: era la envidia de las amigas, con una bicicleta que ellas no podían tener. 
El abuelo, ambicioso, un día salió de la Empresa Lifante para montar la suya propia.  Isabel, que aún vive, -de noventa años- me contaba en Santa Ana hace poco que le ayudaba en la oficina, y que el motivo de salirse fue por un pedido fuerte de capachos con el que su padre no estuvo de acuerdo en el precio, y lo compró él: “Yo comprendí a Amós cuando dijo que iba a actuar por su cuenta”. Fue decidido y valiente por más que mis hermanos no lo vieran bien. “Yo admiraba a tu padre, como creo que él me apreciaba a mí”. Confesiones tardías que agradezco.
Tuvo unos años de gloria, de subir a la cumbre con los pocos empresarios cofineros del pueblo. Por el año cincuenta, de feliz recuerdo, le tocó la lotería en el Banco Irles. Cincuenta mil pesetas era un capital respetable en aquellas fechas. Era un triunfo en su vida personal, familiar y social a sus  cincuenta años.
Pronto, con el plástico, se hundieron los fabricantes de cofines para bodegas y almazaras de aceite. Mi padre tuvo que seguir de bodeguero, negocio de mi abuelo José María, su suegro, que había fallecido poco antes. Y tampoco le duró mucho: las bodegas desaparecían absorbidas por las grandes Cooperativas vinícolas.
                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

Emigrante.


En Jumilla los martes se celebra el mercado. Son costumbres que vienen de lejos, como las ferias. Primero se montaba por enfrente del Colegio de “San Francisco”. Desde los balcones, los estudiantes veíamos los puestos de frutas, carnes y pescados. Luego, a la salida, hasta dábamos una vuelta paseando.
Cuando no había plaza, a veces había caballos, que saltaban. Eran caballos de “la remonta”. Por el año cincuenta del siglo pasado, se construyó el Mercado que hoy tenemos. Ahora, como en Murcia por Vistabella o el Barnés, hay puestos por sus calles próximas. Es un espectáculo ver el variopinto ir y venir de la gente.
El martes pasado -¿o hace ya quince días?- mi mujer me compró unas zapatillas azules. Como eran grandes fuimos luego a cambiarlas. Por la hora quizás y que el tiempo estaba inseguro, en la plaza había poca gente. No era, saltaba a la vista, como otros martes. Hasta los coches llegaban casi a los puestos, tocando la mercancía.
Sentado en su puerta había un señor cuando yo esperaba a mi mujer. “¿La calle es de una dirección?”, le pregunté. El hombre se tomó su tiempo: “Por aquí van los coches en las dos direcciones”, me contestó. Como yo esperaba a mamá, y él, sentado, a la vista estaba que prisa no tenía, seguí: “Esta calle se inauguró hace treinta y cinco años”. “¿Y cómo lo sabe usted?”, me preguntó curioso. “Porque vine yo con el Alcalde y otros concejales a descubrir la placa con el nombre que tiene de “Emigrante Juan Pérez”.
Y era verdad, lo recuerdo como si fuera ayer. El alcalde era don Manuel Guillén y el emigrante que daba nombre a la calle, un jumillano que hizo fortuna en América.Pensé luego si el alcalde buscaba alguna canonjía de este indiano, o si obtendría un beneficio por poner su nombre a una calle de su pueblo. Que entonces el alcalde mandaba mucho y él solo decidía lo que había que hacer.
                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia