martes, 11 de marzo de 2014

Egoísmos.

            Egoísmos
            -Murcia, miércoles, azul el cielo, como el manto de una virgen de Murillo. Es que llevamos una racha… Cuando no llueve, tiembla la tierra, que es peor. Antes veíamos un sol en Murcia y apagábamos el televisor: ya estaba visto el parte meteorológico. ¿Qué nos daba que lloviera en Tarragona o que nevara en Huesca? “¿Qué tiempo va a hacer mañana?”, preguntaba mamá desde la cocina; y uno, como si el mundo fuera Murcia, contestaba: “Sol, buena temperatura”. Y no mirábamos si en Castellón habría lluvias o nevaría, y menos más arriba. No digamos en las provincias occidentales, ¿qué nos importaban León, Extremadura o Galicia?
 Pero fue ir Ángel a trabajar a Barcelona, y el panorama cambió. “¿Qué tiempo va a hacer mañana?”, pregunta mamá, y la respuesta es otra: “Sol en Murcia y nieve por Cataluña”. Y no digamos ahora con Panamá, al otro lado del Atlántico. Nos preocupa tanto América como la propia casa.
-No sé dónde leí que sentimos más nuestro dolor de muelas que un desastre en China; y es verdad, lo que nos atañe cerca nos afecta mil veces más que lo que pueda ocurrir en otra parte del mundo.
-El niño es egocéntrico y debe aprender pronto a dejar sus cosas y hasta gozar dando, que sería el grado supremo del altruismo. Pero nos quedamos a mitad de camino, verdes, sin llegar al grado de madurez a que estamos llamados.
Ayer repasaba yo un Atlas con las naciones del mundo. Yo me pregunto: “¿Qué sabemos de los habitantes de Angola, de Irán o de Singapur? ¿Nos duelen las muertes de un terremoto en Chile o en Turquía, o, por el contrario, nos escondemos por si llegara aquí la onda expansiva del seísmo? Caminamos mirándonos el ombligo, y lo demás no nos importa.
                                                                                   Francisco Tomás Ortuño, Murcia
sofía, 10 marzo 2.014

Santos.

Santos
        -San Alejandro. ¿Sabrá mi vecino que es su santo? Porque esa es otra broma celestial: Si hay varios Alejandros en el cielo, ya podían celebrarlo el mismo día, y no uno en enero, otro en julio y otro en septiembre. ¿Cómo saber a qué Alejandro se refiere? Hubo un Alejandro, obispo de Jerusalén, que murió en prisión, y fue declarado santo;  otro que fue patriarca y combatió la herejía de Arrio; otro, prelado italiano del siglo XVI, canonizado en 1904; otro con el mismo nombre fue Papa… ¿Cómo saber a cuál corresponde el de mi vecino?
-Felicidades.
-¿Por qué?
-Por tu santo.
-Mi santo es en febrero.
-En el calendario he visto San Alejandro.
-Pero no es el mío.
-Yo pido a los santos del cielo que se pongan de acuerdo; ¿qué más les da celebrar su santo en el mismo día?
-Lo mismo  pasa con San Antonio: San Antonio Abad, el ermitaño, no es San Antonio de Padua; uno nació en Egipto, fue fundador de la vida monástica, siglo IV, y otro nació en Lisboa en el siglo XII y se hizo franciscano.
-¿Tendrán envidia los unos de los otros?
-¿Por qué habían de tenerse envidia?
-Si uno tiene más afiliados…
-Ni que existieran los Sindicatos en el Cielo: Yo soy de Francisco de Asís; yo también; y yo, y yo, y yo. Yo de Francisco de Borja; y yo, y yo.  Yo de Francisco de Sales. Yo de Francisco Javier, que fue apóstol de las Indias. Otros como Francisco Solano, franciscano español que nació en Montilla en 1549 y murió en Lima en 1610, o Francisco Caraccio, italiano, que nació en 1563 y murió en 1608, ven que pasan de ellos.
-Yo pensaba que aquí sería diferente, pero unos miran por encima del hombro a los demás como si fueran de segunda categoría.
-A mí esta mañana ni me ha saludado Elvira. Con su pan se lo coma.  Yo sé quién tiene la culpa: El que reparte los cargos. ¿Qué tiene más Bárbara que Isidora? Desde que la nombraron encargada de las lluvias,  no se habla con las amigas. O Cristóbal con los coches. Es que no se lo creía. “¿Yo?”, “¿yo el que cuide del tráfico?”. O Antonio con los enamorados; desde entonces tiene colas en su puerta.
-O Lucía con la vista; desde que le dieron el cargo está que no vive. La gente dice: “Santa Lucía que te cuide la vista”, “Que Santa Lucía te conserve esos ojos”. Pero a los que no nos dieron nada que cuidar, ¿qué podemos hacer? 
Ese tiene la culpa de cuanto acontece aquí: Recibió poderes del Jefe Supremo, no sé por qué tampoco, montó su despacho y no quieras saber qué humos:
-A ti te voy a nombrar patrón de las cosechas.
-Yo nunca pisé un campo que no fuera de fútbol, pero acepto el cargo, magnánimo dador.
-A ti te haré encargado de los Centros Penitenciarios.
-¿Puedo saber por qué? -le contestó.
-¡Es una orden! Y ahí lo tienes como si hubiera nacido entre presos. Todos los que asumieron un cargo, por modesto que fuera, se subieron a la parra y se creyeron como dioses que podían mandar a voluntad. Desde entonces cambió el cielo, aquella hermandad que teníamos se perdió. ¿Te acuerdas que antes paseábamos juntos por las tardes? Pues ahora cada uno se cree más que el otro y si puede ni le saluda.
-No te vemos.
-Es que no salgo, mis ocupaciones no me lo permiten.
-Fíjate, y yo que pensaba que en el cielo todos eran igual.
-Ni lo pienses: es como la vida que se dejó.
                                                                                 Francisco Tomás Ortuño, Murcia

Sorpresas.

Litesofía -entre literatura y filosofía-, 8 marzo 2014

SORPRESAS  -fragmento-

He dicho muchas veces que la vida es una carrera de obstáculos: salvas uno y viene otro de camino. También como una hoja de papel en blanco cada día: tienes que escribirla o pasarlo para saber lo que contiene.
-¿A qué viene este exordio o preámbulo?
-¿Quién me iba a decir a mí que llamaría mi hijo hace un momento desde Valencia?
-¿Qué Ángel ha venido de Panamá?
-No me pidas más detalles que no los sé; pero, como dice el refrán: lo que hoy no se sabe con cuartos, mañana se conoce de balde”. Hemos hablado y no sé cuándo llegó, para cuánto tiempo, ni por qué ha venido. ¿Para un fin de semana o weekend que dicen los ingleses, me parece una locura;   para no volver, demasiada suerte.
-Luego me lo cuentas.
-¿Conoces la historia de Eugenia de Montijo? Esta española nació en Granada en 1826, y estudió en París. Estaba con una amiga, en un balcón, viendo desfilar las tropas, cuando el emperador Napoleón III se detuvo para contemplar tanta belleza junta en una mujer. Ella, sorprendida, le correspondió con una risa, y le sostuvo la mirada. Lo que no esperaría la granadina es que el emperador le preguntara: “¿Por dónde se sube al balcón?”. La carcajada de la joven lo desarmó, y la respuesta más todavía: “Por la vicaría, señor”.
Napoleón debió seguir el desfile con otros pensamientos desde entonces. Desconozco los pasos intermedios de que se valió el Destino, pero el caso es que se casaron pronto y Eugenia de Montijo fue la emperatriz de los franceses. ¿Quién le iba a decir que viendo el desfile de las tropas se estaba labrando su porvenir. Tenía que pasar la hoja que tocaba para saber la historia que seguía.

Con Ángel y su vuelta de Panamá, todo me lo espero desconociendo lo que sigue. Entra en el misterio de la sorpresa. Todo y nada, poco y mucho, cualquier cosa.

Francisco Tomás Ortuño, Murcia

Lulú.

Lulú 

Salí esta mañana a la calle. En el Jardín de la Pólvora conocí a un señor amable, que paseaba con un perrito muy mono: una mascota peluda de unos veinte centímetros. Lo llevaba sujeto con una cadena. El perrito, color canela, parecía una bola. “¡Qué perro tan lindo!”, le dije a su dueño. “¿De qué raza es?”. El hombre, orgulloso y feliz, me dijo, parándose: “Es un lulú de Pomerania, región de Polonia”. Hablamos más de una hora. Yo, por mi parte, le conté que tuve un caniche, y que era inteligente. Nos despedimos como viejos amigos.

                                                                                 Francisco Tomás Ortuño, Murcia

sábado, 8 de marzo de 2014

Cuaresma.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 7 marzo 2014, viernes, Santas Perpetua y Felicidad 
Fragmento
Cuando iba a empezar a escribir, sonó el teléfono. Era mi hijo para decirnos que su mujer había salido bien de su intervención.
-¿Es que la han operado?

-De unos ganglios en la garganta -tumor pequeño que se forma en los tendones- que le molestaban al hablar. Aunque no eran graves para la dueña de tan molestos vecinos, mejor la intervención a que ha sido sometida, que muerto el perro se acabó la rabia. En ciertos casos hay que enfrentarse al mal sin pensarlo y cuanto antes mejor, que los ganglios no son de uno y lo conveniente es extirparlos y tirarlos a la basura.

No así en otros casos como las amígdalas, que están ahí para cumplir una función. Cuando mis hijos eran pequeños, había un médico cerca de casa, don Fulgencio, que soñaba por lo visto con quitar las amígdalas a los niños. Con mi familia se ensañó: empezó por uno y acabó con el último. ¡Qué mal rato les hacía pasar! Les introducía la mano en la boca y la sacaba llena de sangre con una almendra carnosa –de ahí el nombre- en su mano.
Recuerdo bien que Francisco Amós no podía andar de la clínica a Cánovas 90, donde vivíamos. Lo llevé a coscaletas y lo primero que dijo en el hall del edificio, antes de coger el ascensor, fue: “¡Qué bruto!”. Era lo menos y más educado que podía decir un niño de doce años ante tamaña crueldad.
Era el último. Si llega a quedar otro lo hubiera impedido a toda costa. Pensé luego, ya tarde, como dicen que piensan los españoles, que ninguna falta hacía quitarles las anginas, que si estaban ahí era por algo. Pero lo de Toñi es otra cosa. Que te cures pronto te deseamos todos.

-¿No vas a recordar que ha sido Miércoles de Ceniza?
-Memento homo… dice el cura al que impone la ceniza en la cabeza.

-¿Y qué quiere decir?

-Le recuerda que en polvo se convertirá. Con ese día empieza la Cuaresma: cuarenta días hasta Semana Santa. Tiempo de sacrificios y promesas que cumplir. Mi abuelo era fumador empedernido y durante estos cuarenta días no fumaba. Suponía un gran sacrificio para él. En algunas iglesias se practica el ayuno solidario, consistente en compartir la comida con los que no la tienen.

-¿Y tú qué vas a hacer en la Cuaresma?

-Los mayores de ochenta estamos exentos de ayunos y abstinencias.

-Te leo lo que dice San Mateo en 4, 1-11: “Jesús fue al desierto y después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches sintió hambre”. El demonio se le acercó y le dijo: “Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Pero Jesús le contestó: “No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Entonces el diablo lo llevó a la Ciudad Santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: “Si eres hijo de Dios, tírate abajo que los ángeles te sostendrán en sus manos”. Y Jesús le dijo: “También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios”. Después el diablo lo llevó a una montaña y mostrándole los templos del mundo, le dijo: “Todo esto te daré si postrado ante mi me adoras”. Entonces le dijo el Señor: “¡Vete, Satanás, porque está escrito: Solo a Dios adorarás y a Él solo darás culto”. Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles y le sirvieron”.
Según Lucas, Jesús entró en Jerusalén llorando. Sabía muy bien lo que le esperaba detrás de aquellas palmas y aclamaciones”.
  

Francisco Tomás Ortuño, Murcia

jueves, 6 de marzo de 2014

Daños colaterales.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 5 marzo 2014, miércoles, San Bernardo
Murcia, miércoles, las siete de la mañana, sereno el día, azul el cielo.
-Hablas mucho del tiempo; ¿no ves que estamos en invierno? Si fuera julio, otro gallo cantaría. Si es hablar por no callar, bien; pero como cosa preocupante, acepta que no lo es. Cada cosa en su tiempo.
-Cierto, Julián, que lo verdaderamente preocupante es que la Tierra gire alrededor del Sol a más de mil kilómetros por hora, y lo veamos normal. Y así miles y miles de años sin cambiar su rumbo ni un centímetro. Nos hemos acostumbrado a ver natural ir volando en este obús y ni le hacemos caso. Y así toda la vida, desde que nacemos, con la luna arriba y las estrellas más allá, a millones de años luz. Eso sí que es para quitar el sueño, y no que aquí unos días haga frío y otros calor. El milagro está más allá de la estratosfera, o aquí en la vida de los seres que viven con nosotros. Un infusorio, por ejemplo, fíjate si es pequeño, tiene más importancia vital que el viento que podamos tener nosotros.
-No me sueltes más Soflamas, Venancio, que se te va la lengua y no sabes parar. Que ya tuve bastante el otro día con tus Metaplasmos.
-Ah, sí, los fenómenos fonéticos por adición o sustracción de letras en las palabras.
-Sí, sí, eso, pero basta, que me pusiste la cabeza como un tambor.
-¿En qué se diferencia adición de adicción?
-¿Es que no es lo mismo?
-Pues no, besugo, que adición es una suma y adicción es un hábito que se adquiere por repetición de actos, como adicción a las drogas o adicción al juego. ¿Y qué es ahorcar los hábitos?
-¡Vaya por Dios! ¿Los hábitos se cuelgan?
-Dejar un oficio para tomar otro. Hay personas que habiendo tomado un oficio por vocación, luego ven que se han equivocado y “ahorcan los hábitos”, que es que cambian de trabajo.
-Pues se lo podían pensar bien antes de entrar y luego antes de salir, que en el cambio pueden hacer daño a otras personas, o “daños colaterales” que se llaman. 
-De eso cabría hablar mucho, Julián, que en los gustos no manda uno y es fácil cambiar. Uno contrae matrimonio creyendo que no hay pareja que se le iguale a la suya, y pasado un tiempo, todos o todas le gustan menos la que tienen.
-Y en este caso del matrimonio, ¿qué cabe hacerse?
-Depende, Julián. Hay dos opciones: la cristiana, que es para siempre; y la otra, que ve mejor divorciarse.
-Y tú, ¿cómo lo ves?, ¿qué piensas que es mejor?, ¿con qué opción te quedas?
-En una profesión que no te guste, te sentirás mal y rendirás menos que en otra que te ilusione. En el matrimonio, para lo bueno como para lo malo, juntos hasta la muerte.
-Pero si juntos no pueden estar…
-Hasta en esos casos, Julián. Los hijos no se merecen nada y son los que sufren las consecuencias o daños colaterales.
-Pero si no se pueden ver o padecen de halitosis…
-No hay mal que no se pueda llevar si antes se prometieron amor eterno.
-¿Aunque él vaya borracho todos los días a casa?
-En las enfermedades del cuerpo se busca remedio. En estas lo mismo. Con buena voluntad se pueden curar.
-Pero si no pueden…
-Que vean la forma de poder por sus hijos; ellos verán la mejor manera.
-Pero…
-No hay peros que valgan, Julián; menos “ahorcar los hábitos”, todo puede servir. ¿Ves en los curas? Por los daños colaterales, que rectifiquen si se equivocaron; pero en los matrimonios, que sean uno para todo hasta el fin.
-Es que si…
                       Francisco Tomás Ortuño, Murcia

Carnaval.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 6 marzo 2014, jueves.

Murcia, jueves, las diez y media. El tiempo ha cambiado a mejor, las nubes se han ido a otra parte, el viento se ha calmado, y la temperatura subió unos grados. Vengo de la calle y la gente pasea como si fuera verano. “No hay mal que cien años dure”, dice un refrán.

-Ni mal que por bien no venga.

-He entregado en Mapfre un escrito reclamando una factura de mil quinientos euros que pagué al fontanero. Lo más probable es que no lo atiendan, pero por probar que no quede.
Y vengo de una Copistería para encargar los libros del año 2013, que llevan por título “Diálogos con Benedicto XVI”. Uno abarca de Enero a Junio y otro de Julio a Diciembre.

En Inacua, el martes pasado, anteayer, las monitoras, vestidas de Carnaval, parecían odaliscas turcas. Recordamos muchos que era esa fiesta.

-Fiesta grande en Brasil, en las Islas Canarias, en Águilas y en pueblos de segunda fila, que en las fiestas como en el fútbol, hay equipos de primera división, equipos de segunda
y otros que juegan sin que nadie lo sepa.

En Jumilla, cuando yo era pequeño, se celebraba bastante el Carnaval: la calle del Calvario se llenaba de máscaras,  que decían: “¡Hola, Juan, que no me conoces!”. Y si insistía era que buscaba otra cosa. El tal Juan la acompañaba y hasta la invitaba a beber.

Había sus frustraciones a veces: Sé de uno que pasó la tarde invitando a una máscara a tomar copas y luego, por la noche, se quitó la careta y era… ¡su abuela!

Y sé de otro, mi amigo Felicito, que lo invité a conocer la fiesta en mi pueblo y se enroló con una máscara de la que no consiguió que se destapara el rostro. Quedaron en verse por la noche en el baile del Casino, pero ella no acudió.
Cuánto lo sintió mi amigo, que me lo recordaba siempre que nos veíamos por Elche de la Sierra, donde yo ejercía de Maestro y él de piloto en la base aérea de Albacete.
A los mucgos años, en una fiesta multitudinaria, se me acercó una dama y me dijo: “¿Cómo está tu amigo Felicito?”. Me confesó ser ella la que pasó con él una tarde de carnaval.

Este hecho me dio pie para escribir un Cuento con el Carnaval de fondo: Un joven pasa la tarde con una moza vestida de carnaval y un antifaz que impide ver su cara. Al despedirse, la joven le entrega a su acompañante una foto y la dirección de su amiga.
El joven al día siguiente va a la dirección que le dejara y al entrar en la casa ve el retrato que llevaba, más grande, en la pared. Salió una señora y él preguntó por su amiga. La señora, señalando con la vista el retrato que había enfrente, musitó entre sollozos; “Murió el año pasado”. “No puede ser, yo estuve ayer con ella”.
Y aquí me quedo con el Cuento, que como con las películas no se debe revelar el final.

A mí, de niño, me pintaron la cara con azulete; pienso que todos me reconocerían. Yo creyendo que era una máscara como las otras, le dije a mi vecina: “¡María, que no me conoces!”. Y ella, en su papel, me miró muy atenta y al final me dijo: “¿Quién será esta máscara?”. Yo entonces me acerqué más y le dije: “Soy Paco el de Lina”.

Hubo años que estuvieron prohibidos los carnavales por el peligro de ir con la cara tapada y que alguien pudiera  tomar represalias por hechos ocurridos en la reciente Guerra Civil.
De hecho, cuando levantaron la mano y los permitieron, aunque vigilados, entraron a una casa unas máscaras y dejaron a uno sentado en un sillón: “No te muevas de aquí”, le dijeron, “hasta que volvamos”. Y luego los dueños de la casa vieron que estaba muerto.

 Francisco Tomás Ortuño, Murcia