Santos
-San Alejandro. ¿Sabrá mi vecino que es su santo? Porque esa es otra broma celestial: Si hay varios Alejandros en el cielo, ya podían celebrarlo el mismo día, y no uno en enero, otro en julio y otro en septiembre. ¿Cómo saber a qué Alejandro se refiere? Hubo un Alejandro, obispo de Jerusalén, que murió en prisión, y fue declarado santo; otro que fue patriarca y combatió la herejía de Arrio; otro, prelado italiano del siglo XVI, canonizado en 1904; otro con el mismo nombre fue Papa… ¿Cómo saber a cuál corresponde el de mi vecino?
-Felicidades.
-¿Por qué?
-Por tu santo.
-Mi santo es en febrero.
-En el calendario he visto San Alejandro.
-Pero no es el mío.
-Yo pido a los santos del cielo que se pongan de acuerdo; ¿qué más les da celebrar su santo en el mismo día?
-Lo mismo pasa con San Antonio: San Antonio Abad, el ermitaño, no es San Antonio de Padua; uno nació en Egipto, fue fundador de la vida monástica, siglo IV, y otro nació en Lisboa en el siglo XII y se hizo franciscano.
-¿Tendrán envidia los unos de los otros?
-¿Por qué habían de tenerse envidia?
-Si uno tiene más afiliados…
-Ni que existieran los Sindicatos en el Cielo: Yo soy de Francisco de Asís; yo también; y yo, y yo, y yo. Yo de Francisco de Borja; y yo, y yo. Yo de Francisco de Sales. Yo de Francisco Javier, que fue apóstol de las Indias. Otros como Francisco Solano, franciscano español que nació en Montilla en 1549 y murió en Lima en 1610, o Francisco Caraccio, italiano, que nació en 1563 y murió en 1608, ven que pasan de ellos.
-Yo pensaba que aquí sería diferente, pero unos miran por encima del hombro a los demás como si fueran de segunda categoría.
-A mí esta mañana ni me ha saludado Elvira. Con su pan se lo coma. Yo sé quién tiene la culpa: El que reparte los cargos. ¿Qué tiene más Bárbara que Isidora? Desde que la nombraron encargada de las lluvias, no se habla con las amigas. O Cristóbal con los coches. Es que no se lo creía. “¿Yo?”, “¿yo el que cuide del tráfico?”. O Antonio con los enamorados; desde entonces tiene colas en su puerta.
-O Lucía con la vista; desde que le dieron el cargo está que no vive. La gente dice: “Santa Lucía que te cuide la vista”, “Que Santa Lucía te conserve esos ojos”. Pero a los que no nos dieron nada que cuidar, ¿qué podemos hacer?
Ese tiene la culpa de cuanto acontece aquí: Recibió poderes del Jefe Supremo, no sé por qué tampoco, montó su despacho y no quieras saber qué humos:
-A ti te voy a nombrar patrón de las cosechas.
-Yo nunca pisé un campo que no fuera de fútbol, pero acepto el cargo, magnánimo dador.
-A ti te haré encargado de los Centros Penitenciarios.
-¿Puedo saber por qué? -le contestó.
-¡Es una orden! Y ahí lo tienes como si hubiera nacido entre presos. Todos los que asumieron un cargo, por modesto que fuera, se subieron a la parra y se creyeron como dioses que podían mandar a voluntad. Desde entonces cambió el cielo, aquella hermandad que teníamos se perdió. ¿Te acuerdas que antes paseábamos juntos por las tardes? Pues ahora cada uno se cree más que el otro y si puede ni le saluda.
-No te vemos.
-Es que no salgo, mis ocupaciones no me lo permiten.
-Fíjate, y yo que pensaba que en el cielo todos eran igual.
-Ni lo pienses: es como la vida que se dejó.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia
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