viernes, 27 de septiembre de 2013

Método Vaughan


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 27 septiembre 2.013

Fragmento

-Esta mañana me levanté a las siete, me puse el aparato de los pies y encendí la tele. ¿Sabes a quién vi? Al profesor Vaughan con su método de  inglés. Y pensé que era obsoleta su enseñanza.
-¿Por qué?
-El invento del traductor simultáneo se adelantó al de volar con el pensamiento. Ahora hay aparatos como el del masaje podal, o robots que friegan la casa, o sopladores que barren, que te traducen lo que digas a otro idioma.
-No, si a este paso todo va a ser posible.
-Hasta pienso que un día veremos en la pantalla del televisor a un ser que nos diga que es de otra galaxia.
-¿Tú crees que eso podrá ser?
-Como los gastos en aprender inglés o chino, no servirán de nada los viajes a la luna o a un planeta del sistema solar. Los extraterrestres de otra galaxia nos dirán luego cómo viajar sin cohetes.
-¿Y por qué ellos no han venido a la Tierra?
-Luego lo sabremos; que igual estuvieron cerca y no pudieron aterrizar. El Universo no tiene sentido si no se convierte en una sola morada. ¿Qué es la Tierra en el espacio? Un grano de arena en el desierto. Menos todavía. ¿Entonces? Estos siglos de espera estarán justificados. El gran asombro de los humanos está por venir. La maravilla de la Creación sigue su curso. Quizás las guerras y catástrofes que vivimos son necesarias en la formación del mundo que nos espera.
-Lo que hace falta es que nosotros lo veamos, como a Ángel que el invento de la velocidad sea inminente para estar con su familia en el Roalico.
-Tan pronto no creo que sea, que estas obras universales son multiseculares y no se producen como sacar un conejo de la chistera el mago de turno. Una catedral lleva su trabajo y su tiempo. Y si una catedral o una pirámide son así, ¿cómo será ordenar tantos mundos para que cumplan un fin? No te imaginas, Roberto, lo que Dios tendrá pensado para hacer.
Y don Benedicto, que permanecía atento, intervino:
-¿Quién sabe lo que nos aguarda? Confiemos en Él y no queramos enmendarle la plana ni adelantarnos a sus obras.

  Francisco Tomás Ortuño

lunes, 23 de septiembre de 2013

Montes de piedad.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 23 septbre 13
San Lino, Papa, ¡¡¡Ffelicidades, hija!!!

Murcia, tiempo veraniego dentro y fuera de casa. Ya ayer, cuando volvía de la iglesia del Carmen, por Floridablanca, lo advertí; y no pude menos que comentarlo con mi señora: “Se parece Murcia hoy a Jumilla: sus calles están desiertas”. Y la respuesta fue rápida, como preparada: “La gente se va a la playa”.
Aunque parezca extraño, por septiembre, si luce el sol y no hace viento, los murcianos se vacían en el mar. Como esa arena que me contaba los minutos cuando mis lodos de Archena, la gente de Murcia se desliza, sigilosamente, al Mar Menor en días como este.
-Para bien de los que quedan, Francisco, que nada mejor que pasear por Murcia sin preocuparse de los semáforos, o mirando escaparates sin que nadie te moleste.
-¿Has visto, Benedicto, que por doquier compran oro?
-Ellos sabrán por qué.
-Son tiendas que compran joyas que guardan algunos de su boda, o regalos de valor que no pensaban vender. Pero con la crisis, ¿quién pasa necesidad teniendo un anillo de oro en la mesita de noche o en el arcón del desván?
-O el reloj que recibió de un pariente rico.
-Estos improvisados Montes de piedad, a la sombra de miradas indiscretas, cumplen una función social importante. A mí me recuerdan, Benedicto, tiempos del Siglo de Oro que conocemos por tapices: cuevas tenebrosas, con alambiques y balanzas, donde los magos traficaban en noches de plenilunio.
-¿Hablas de los tiempos de Cervantes, de Lope de Vega, de Tirso o de Alarcón, cuando se usaban pecheras, cuellos y puños postizos sin camisa por no poder adquirirlas?
-Tiempos duros aquellos, amigo mío, que tan bien retrata Pérez-Reverte en sus novelas de Alatriste.
-En cambio, recién descubierto que fuera el continente americano, llegaban barcos a Sevilla con oro que allí embarcaban.
-¿Quién se ocuparía del tráfico procedente del Perú o de Méjico? ¿Es que habría otros Bárcenas entonces que abrieron escuela a sus descendientes?
-Siempre los hubo, amigo Francisco. Los gobiernos posteriores han temido siempre la invasión de aquellos Incas y Aztecas exigiendo la devolución del tesoro que les quitaron.
-¿En qué gastarían tanto oro Carlos el Alemán, nieto de los Católicos Reyes, y Felipe Segundo, el hijo de Isabel de Portugal? No me lo explico. ¿Tú qué dices, Benedicto? ¿Cómo se explica que viniendo  de las Américas tanto oro, naciera en España “la picaresca”, que era el retrato de la pobreza más grande conocida en una sociedad y retratada fielmente por grandes escritores como Quevedo, Cervantes y Mateo Alemán?
-Se gastaba mucho en guerras, Francisco. Unas veces por mantenerlas y otras por prevenirlas. La guerra fue siempre el arma del demonio en un país. Habrá faltado para comer, pero nunca para matar. Tú repasa la Historia: no hallarás un tiempo sin ellas: Con los romanos, los godos, los árabes, los austrias o los borbones, siempre igual. ¡Con lo bien que se viviría sin ejércitos!.

Francisco Tomás Ortuño, Murcia

sábado, 21 de septiembre de 2013

Displasia.

Sobre la mesa octogonal en la que escribo, hay un Calendario con Benedicto XVI en cada una de sus hojas. Me lo trajo de Roma mi hija por julio del año 2.012.
Hemos vivido juntos momentos felices de su reinado, como su renuncia a seguir por motivos que, confidencialmente, me fue diciendo.
Hice buena amistad con tan egregio personaje, y aproveché para pedirle consejo en ocasiones. ¿Quién sabe si me autorice a publicar un día “DIÁLOGOS CON BENEDICTO XVI”, donde cuento lo que hablamos, distendidamente, en mi galería?

De mis “Diálogos con Benedicto XVI”:

Litesofía, 21 septiembre 2.013

Curioseando en el diccionario, he tropezado con la palabra “displasia”; patología que consiste en la alteración de un tejido.  

-¿Ves, Benedicto? ¿Por qué el Señor permite que haya displasias en el mundo?
-¿Quién sabe, Francisco? Dios es inescrutable.
-¿Has dicho inescrutable?
-Sí, impenetrable, enigmático, insondable, misterioso, hermético…
-Basta ya, Benedicto, que con impenetrable era suficiente. ¿Por qué unos nacen con displasias y otros sin ellas? Si fuera un amigo más cercano, yo le preguntaría, como a ti, para qué hay displasias en el mundo. Le haría tantas preguntas…
-Ay, Francisco, Dios es hermético y al mismo tiempo es comunicativo. Con la Creación te dice su poder; con su silencio, su sabiduría. Tú pregúntale y espera su respuesta.
-Pues yo no oigo lo que dice.
-Dile lo que quieres saber y Él te abrirá las puertas de par en par para que escuches y veas.
-¿Cómo decirle que no comprendo para qué manda las displasias a sus hijos?
-Puede ser a los que más quiere, para que sufran más.
-Eso es superior a mi pobre inteligencia, Benedicto. Yo no comprendo que el dolor sirva para quererlo más o para hacer méritos.
-Pide con insistencia la fe para comprenderlo y un día la tendrás. Sin fe no comprendes muchas cosas.
-Ay, Benedicto, no sé si llegaremos a entendernos.
-Te comprendo.En esa lucha hay infinidad de personas. De esa inmensidad de almas que dudan, todos los días vuelan en alegres bandadas las que dejan las sombras de la tibieza. Veo que a ti te tocará pronto. Entonces serás feliz en plenitud.


Francisco Tomás Ortuño, Murcia

No hay dos personas iguales.

Litesofía, 20 septiembre 2.013  -fragmento-


-No hay dos personas iguales, y somos ya siete mil millones en el planeta. Y si no hay dos rostros iguales, ¿nos puede extrañar que sean diferentes  en su interior?

-Esta observación debía de enseñarse en la escuela: Nadie es igual a nadie, ni física -lo que salta a la vista- ni espiritualmente: a unos les gusta el mar, a otros la montaña, a unos correr y a otros escuchar música.
-Y a otros ni lo uno ni lo otro.
-O las dos cosas.

-Pienso en las parejas que no se entienden por no tener esta perogrullada en cuenta. En el altar, antes de dar el “Sí quiero”, debían prometerse afrontar lo inesperado con serenidad y firmeza. Porque llegar esos cambios desconocidos en la persona –en uno mismo y en el otro- van a llegar. Y hay que estar preparados a enfrentarse a lo que no se conoce y de pronto salta de no se  sabe dónde.

-La pareja debe vigilar estas desconcertantes apariciones. Y, como en la enfermedad del cuerpo, mantener serena la razón y estar unidos para curarlas.

Francisco Tomás Ortuño, Murcia

jueves, 19 de septiembre de 2013

El conde Lucanor (y 2).

Litesofía, 19 septiembre 2.013  -Continuación-

-¿Y que vuelva la Inquisición?
-No quería nombrarla, pero sí, una vigilancia extrema que denuncie los atropellos a lo quie ordena el Pontífice. Tú sabes que la Inquisición viene de “inquirir”, que quiere decir indagar o preguntar para obtener información.
Había un Tribunal permanente, distinto del ordinario, presidido por un Obispo, nombrado por el Papa, para luchar contra los herejes. Al intensificarse, en los siglos XI y XII, la actividad de los cátaros y albigenses, reaccionaron violentamente contra ellos los cristianos. Algunos dictaron la pena de muerte por el fuego.
Federico II publicó en 1.224 una ley por la que se imponía la pena de muerte a los herejes. Y Gregorio IX, en 1.231, aceptó para toda la Iglesia esta Constitución tomando diversas medidas para asegurar su cumplimiento. La principal fue crear el nuevo Tribunal de la Inquisición o Santo Oficio, del que se encargó la Orden de los Dominicos. Tal fue realmente el origen de la Inquisición.
Los que se sentían amenazados por ella tomaban diversas medidas: unos huían fuera; otros iban a Roma a pedir clemencia al Papa. Algunos conseguían Bulas que suavizaban las penas. Los procedimientos de tortura empleados más corrientes eran dos: el de los “cordeles”, que se apretaban hundiéndose en la carne; y el de la “toca”, que consistía en un paño que se introducía por la boca hasta la garganta, con lo que se ponía al reo al borde de la asfixia. La Inquisición fue suprimida en España por José Bonaparte en 1.808 y en 1.813 por las Cortes de Cádiz.
Como ves, hubo una Inquisición seglar, que aplicaban los reyes, y otra religiosa. Hoy el Papa podía aplicar cualquier medida para imponer su autoridad y no permitir que su Iglesia se rompa en pedazos como quiere Mas de España.


                                                                       Francisco Tomás Ortuño, Murcia

miércoles, 18 de septiembre de 2013

El conde Lucanor.

Ayer se reunieron Mas y Rajoy a ver si ponen orden en Cataluña. ¡Mira que decir que no son españoles!
-Si la primera vez que lo dijo lo hubieran encerrado, no lo habría repetido. Que en Política –nacional, regional, local o familiar- no se deben consentir ciertas bravatas y dejar que circulen y tomen cuerpo. Luego son difíciles de parar. Te contaría de nuevo el Cuento del Conde Lucanor.
-¿El de la mujer brava?
-El mismo. Hay que atajar ciertas cosas tan pronto como dan la cara; luego es tarde.
-¿Y lo mismo con la Iglesia?
-Lo mismo. Mira, ahora que la nombras, el nuevo Papa Francisco tiene la mejor oportunidad de practicar esa norma: “No dejar pasar una a su rebaño”. ¿Tú sabes lo que hizo el Rey Cogulla o Ramiro de Aragón cuando no cumplían sus órdenes sus vasallos? La Campana de Huesca, que fue sonada y efectiva. Pues ahora es el momento justo de atarse los machos bajo la ropa papal y echar a patadas a quien le contradiga.
-¿No sería muy fuerte la medida?
-O muy buena. Ya ha visto que Benedicto XVI se sintió incapaz de cambiar nada porque sus fuerzas no le acompañaban, pues a rezar y a emplear la fuerza de la Ley desde un principio.
-¿Y qué tendría que cambiar en la Iglesia?

-Muchas cosas, Genaro. Una grey y un pastor. ¿Cómo puede consentir que el cura de un pueblo interprete a su manera el Evangelio o que quiera crear por su cuenta una norma que no se corresponde con la palabra del Pontífice? Desde el primer momento, una orden tajante de expulsión, ya que la medida de Ramiro me parece dura en la Iglesia.  “¡Fuera los que quieren ser más papistas que el Papa!”. “¡Fuera los que permiten lo que  no está en ellos permitir!”.

jueves, 1 de agosto de 2013


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 24 julio 2.013  -Fragmento-

¡Cómo se agradece volver a la casa de uno! Cuando te haces a un sitio, donde todo lo tienes a mano –tu rincón para escribir, tus libros para leer, tu sillón para la tele…-, y te vas de viaje, aunque solo sea para un día, a la vuelta tu corazón se alegra. Miras los cuadros, las fotos, los libros, el mobiliario, como amigos que no ves en mucho tiempo. No sé si a ti te pasará lo mismo. Suena la hora en el reloj de enfrente; su sonido, familiar,  parece un saludo cariñoso.

¿Qué será si dejas la casa donde has vivido de niño para el resto de tu vida?  Comprendo “la morriña” de los que cruzan el Atlántico para residir en América. ¡Cómo recordarán su barrio, las rías y los prados verdes que servían de pasto a sus animales! ¡Cómo volverían, aunque fuera solo un instante, a ver sus casas, a oír las campanas de la iglesia, o a jugar otra vez como cuando eran pequeños!

En las guerras pasadas, hubo niños que quedaron huérfanos y recogidos por familias extranjeras. Como el tiempo es el mismo en todas partes, aquellos niños se hicieron hombres. ¡Cuántos recuerdos guardarían de  sus pueblos y, sobre todo, de sus padres y amigos!

No sé de quién partió la idea, pero aquellos niños acudieron a la llamada de volver a España durante unas breves vacaciones. Me hizo pensar mucho si aquellos hombres, que partieron de niños, celebrarían la vuelta o, por el contrario, lamentarían haber roto el vaso de sus sueños; si la medida adoptada fue un sentimiento de cariño o la crueldad más refinada que se pudo tomar.

Yo escribibí un Cuento sobre el tema: Un Maestro que pasó unos años de su juventud en un pueblo, lejos de su casa, quiere volver cuando es mayor y está casado. Un día se decide y viaja al pueblo donde espera encontrar a unas amigas con las que bailaba en las fiestas. Como todo lo ve cambiado y distinto, desea volver apenas llega. Ve que la vida es irreversible y que lo pasado no existe.

Guardaba con ilusión cartas que recibía de una amiga especial, pensando que nadie en su casa conocía el secreto. Y hasta ¿quién sabe si el viaje lo hacía pensando en ella? En el último tramo de su largo viaje, por una conversación fortuita, sabe que la señora que lo acompaña, “terriblemente vieja y fea”, según él, es la joven que viene a buscar.

Cuando llega a casa, libre de un peso que llevara años encima, su mujer le dice: “Esta carta la recibiste ayer”. Y él, feliz, abraza a su mujer y echa la carta al fuego sin abrir. 
Francisco Tomás Ortuño, Murcia