Litesofía, 20 septiembre 2.013 -fragmento-
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-No hay dos personas iguales, y somos ya siete mil millones en el planeta. Y si no hay dos rostros iguales, ¿nos puede extrañar que sean diferentes en su interior?
-Esta observación debía de enseñarse en la escuela: Nadie es igual a nadie, ni física -lo que salta a la vista- ni espiritualmente: a unos les gusta el mar, a otros la montaña, a unos correr y a otros escuchar música.
-Y a otros ni lo uno ni lo otro.
-O las dos cosas.
-Pienso en las parejas que no se entienden por no tener esta perogrullada en cuenta. En el altar, antes de dar el “Sí quiero”, debían prometerse afrontar lo inesperado con serenidad y firmeza. Porque llegar esos cambios desconocidos en la persona –en uno mismo y en el otro- van a llegar. Y hay que estar preparados a enfrentarse a lo que no se conoce y de pronto salta de no se sabe dónde.
-La pareja debe vigilar estas desconcertantes apariciones. Y, como en la enfermedad del cuerpo, mantener serena la razón y estar unidos para curarlas.
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