martes, 5 de noviembre de 2013

Paralelismos.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 5 Noviembre 2.013
Paralelismos
Los niños se buscan unos a otros. Su mundo son ellos y sus juegos. Los mayores no contamos. Vivimos cerca y lejos; con ellos pero aparte. El mundo de los niños está próximo y tan distante del nuestro que no se vislumbran.
El niño recorre en pocos años la historia de la humanidad –paralelismo entre ontogenia y filogenia-; el adulto ha llegado. Así que, entre un niño y un adulto hay siglos de distancia. Y esto a veces no se tiene en cuenta.
Los padres, los adultos en general, deben de saber que los niños no comprenden nuestros problemas. Cuando observo que les hacemos participar de nuestro sofisticado mundo, creo que estamos cometiendo con ellos una gran injusticia.
Ellos deben vivir en niño. Pero por abuso de fuerza y de autoridad, la sociedad está montada a la medida de los mayores, y queremos que los pequeños vivan a gusto en ella aunque no puedan. 
Me imagino que a los hombres primitivos les hubiera ocurrido lo mismo si los trasplantan a una gran ciudad moderna. Aquellos rudos seres de cuevas y hachas de piedra, se hubieran asfixiado con nuestra civilización. 
Todo a su debido tiempo. “Que aprendan pronto”. Tremenda equivocación. “No por mucho madrugar, amanece más temprano”. Los niños son niños y deben ser niños; querer para ellos cosas de mayores es no comprenderlos y hasta no quererlos bien.
Al niño juegos, palabras, alimentos y hechos de niños. “¿Cómo quieren que comprenda lo que no está en mí comprender?”. “¿Cómo quieren que corra si no sé andar?”. “¿Cómo se empeñan en que haga lo que no es tiempo de hacer?”.
Los niños viven con nosotros pero en otro mundo. Un mundo, geográficamente próximo, confundido con el nuestro, pero mentalmente distante, tan alejados que no se puede distinguir.
¿Qué piensan los niños? Todos lo fuimos, pero pasó tan deprisa la edad, como un meteorito, que apenas se recuerda.
¿En qué piensan los niños? El adulto lleva una marcha lenta porque ha llegado. Va al paso de la humanidad. Pero el niño vuela, corre vertiginosamente. En pocos años recorre siglos de vida.
¿Cómo pueden pensar los niños? ¿Se puede dar mayor milagro? Su vida es un disparo hasta que llega arriba, con los mayores. Si pudiéramos entrar en ellos un instante, creo que nos asustaríamos. 
Escribir para niños es empresa ardua, nada fácil. Llegar al niño con acierto, pura casualidad. Se expone el escritor a pasarse o a no llegar a su terreno. Quizás lo mejor fuera ofrecer, simplemente ofrecer, y que él recoja lo que necesite. Darle “porque es lo suyo” me parece demasiada presunción por nuestra parte.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

lunes, 4 de noviembre de 2013

Anulado.

           Ayer estuve en la consulta de don Luis. Don Luis es siempre el mismo: no cambia de una visita a otra, de un año a otro. “Hola, ¿qué tal?, siéntese”. Como la primera vez, los mismos gestos y las mismas palabras.
Don Luis es serio, educado, elegante. De estas personas que viven su profesión con tal intensidad que terminan adoptando unas maneras peculiares; como una máscara que estrenaron el día de iniciar la carrera y no se despojan de ella ni para andar por casa. Pienso que su mujer le dirá a veces: “Hombre, Luis, que estamos solos, deja de hablarme como médico”. Y él no sabrá.
Hay maestros a los que pasa lo mismo: a fuerza de tratar con niños, no saben luego hablar con adultos sino desde ese pedestal en que se colocan para explicar en la escuela. “Como muy bien dices…”. “Debes saber que…”, “Hijo, yo te aconsejo…”. No hay forma de hablar con el otro, que llevan  escondido, perdido en alguna parte.
Debemos hablar, según las ocasiones, bien con el señor de palabras altisonantes, bien con el otro más informal. Hablar siempre lo mismo es como anular a nuestro más íntimo dueño, a nuestro más sincero “yo” que todos tenemos.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

domingo, 3 de noviembre de 2013

Azar.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 2 Noviembre 2.13
Azar 
Anoche estuve leyendo la novela “De la vida y de la muerte”, de Zunzunegui, autor vasco que nació con el siglo XX. Su prosa es fácil de digerir, cuidada. Creo que excesivamente cuidada. No es del estilo de Baroja, suelta y rápida, de casi no releer lo que escribe por falta de tiempo.
Leer por leer, sin saber de donde procede la lectura, es tener un estómago poco delicado. Es como comer sin mirar lo que se lleva a la boca. Lo primero es conocer al autor: época, tendencia, libros publicados, etc.; y luego, decididos, saborear lo que nos cuenta y sacar nuestras propias conclusiones.
Cuando un libro nos atrae hasta el final, cuando nos hace pensar y hasta ser mejores, el libro es maravilloso. Cuando deseamos pasar hojas por acabar pronto y no nos enteramos del mensaje, el hastío nos invade y el desprecio por los libros nos acomete.
Los buenos escritores, más que de una época son de todo tiempo, y lo que dicen puede aplicarse a toda la humanidad. Son clásicas sus obras. ¿Surgen siempre estas obras por la madurez del autor o son como ese fruto casual que nace cuando nadie lo espera, ni el mismo que lo escribe?
Creo que las obras geniales se deben un poco -¿bastante?- al azar. Un relámpago, un fuego, una chispa, una locura… pueden alumbrar, cuando menos se espera, el parto que han soñado siempre.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

Hablar en público.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 1 Noviembre 2.013 Día de Todos los Santos 

Hablar tranquilo, sereno, ante un público, es una cualidad admirable. A un paisano mío lo nombraron Presidente del Casino. En el acto de posesión, se dirigió a los presentes y a las pocas palabras se cortó. La gente lo miraba preocupada por su largo silencio. Lo que hizo a continuación fue quizás lo más prudente, pero rayano en el ridículo: sacó un papel del bolsillo y comenzó a leer, repitiendo las palabras que llevaba dichas.
En la escuela, el niño debe hablar delante de los compañeros y participar en coloquios dirigidos por el profesor. Hay que enseñar a hablar, a dirigirse al público sin miedo. ¡Cuántas veces el temor al ridículo inhibe y deja sin decirse lo que debiera! En reuniones, algunos no abren la boca –la mayoría silenciosa-, y no porque no tengan algo que decir, sino por miedo. Un miedo cerval que impide moverse y abrir la boca. Hay que enseñar desde niños a hablar en público.
En el libro “¿Cómo ganar amigos?” de Dale Carnegie, se cuenta que un médico fue con el equipo de fútbol a un homenaje. Le pidieron hablar y no pudo. El miedo se lo impidió. Luego pensó en lo sucedido y estudió la forma de vencer su timidez, llegando a destacar  como orador. Hay que hablar delante de la gente para perder el miedo. El niño en la escuela debe  aprender a dialogar y a exponer una idea con orden y con firmeza. Quien sabe discutir, aun sin tener razón, gana en la polémica.


                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

jueves, 31 de octubre de 2013

Convento.

Hemos visitado una vez más el Convento, con su recogimiento franciscano -tiempo detenido en sus muros y en sus celdas-: El pozo del patio, con soportales en torno; el huerto, bien cuidado por los frailes; la biblioteca, repleta de libros viejos; el museo, con reliquias precolombinas; el refectorio, donde se apareció Jesús.
La vida de los frailes es angelical. ¡Qué alegría en sus rostros!, ¡qué serenidad de espíritu! Es contagiosa esta inefable felicidad. Y es un milagro el Convento: Atentan hoy contra él los ruidos de motores, los gritos del mundanal, los provocativos fuegos forestales… Los cuatro frailecicos que custodian la mansión, han de cerrar bien las rendijas de sus muros. Labor difícil para tan débiles fuerzas.

Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

miércoles, 30 de octubre de 2013

Mónica.

La señora del tiempo se empeña en que llueva, pero en Murcia no quiere llover. Yo creo que arriba se ríen de ella. “¿Qué dices, mona, que va a llover? Pues ahora no llueve”. Debe de ser una cuestión personal.
¿Sabemos acaso en qué se entretienen los santos? ¿Si tienen o no sentido del humor? Porque en el Cielo recordarán lo que hicieron aquí, en su otra vida, y hasta gastarán sus bromas  con los que fueron amigos suyos. Inocentes sí, que ellos no pueden hacer mal.
Si una amiga de Mónica murió y quiere pasarlo con ella, se dirá: “No digas que va a llover, que yo haré que sea lo contrario, que cuando Dios quiere con todos los aires llueve. ¿Te acuerdas, Mónica, de cuando tú me llevabas la contraria en todas las discusiones? Eras buena, pero más terca que una mula.
“Yo te rogaba: Vamos a tal sitio el domingo”. Y tú decías: “No, Cloti, que va a llover”. La afición a predecir el tiempo lo llevabas en la sangre, aunque no acertabas nunca. No me digas que no. Yo decía una cosa y tú la contraria.
Buena, sí eras, Mónica, pero cabezona como nadie. Te lo dije más de una vez: “Eres Tauro y no lo puedes negar”.
Mira que si fuera aquella Cloti la que ahora no deja que llueva en Murcia. ¿Lo habrá pensado la meteoróloga? Yo si tuviera amistad con ella, le propondría lo siguiente: “Cuando quieras que llueva por una Región, di que no va a llover”. Sería una prueba para saber si detrás estaba la amiga. ¿Qué nos importaba aquí que se equivocara? Con que lloviera y se llenaran los pantanos no queríamos más; que se equivocara o acertara nos tenía sin cuidado.
En Santana una vez le hacían rogativas a la Abuela para que abriera los grifos de las nubes. Tuvo que ser algo así, otra jugada inocente de alguna santa, que abrió las compuertas celestiales de tal modo que tuvimos que bajar con barcas al pueblo. Los frailes luego le riñeron: “¡Abuela, te has pasado, que no era para tanto!”, y la castigaron con un mes en la bodega.
Yo no sé si en el cielo ven nuestras acciones y si gastan bromas con nosotros, pero hace pensar que sí. ¿Serán estos santos los que nos administren y se desquiten de acciones terrenales anteriores? Mal no harán, que como santos no pueden, pero que a veces rozan la perversidad, no tengo duda.
Así me explico que luego digan: “Si Dios es bueno, ¿cómo permite el mal?”. Y no es Él sino los graciosos santos que administran sus servicios. No son malos, que no pueden, pero a veces… Me consta que a alguno el mismo Dios lo ha tenido que llamar al orden:
-¡Qué haces, Serapio?
-Ha sido una broma.
-Te vengo observando y creo que llevan maldad tus intenciones.
-Perdone, Padre, no pensaba que mis obras podían interpretarse así.
-Mañana te espero en confesión.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

martes, 29 de octubre de 2013

El factor suerte.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 29 Octubre 2.013
Fragmento
-Suena el teléfono. Ana, desde Valencia, dice que vendrá el viernes con sus hijas.
-¿A haceros una visita?
-Sí y no: van de paso. Las niñas tienen que competir en Elche el sábado y Murcia les hace de trampolín.
-¿En qué competiciones andan metidas?
-Hacen gimnasia rítmica. Lina es ya medalla de oro y Raquel de plata.
-¡Qué contentos estarán sus padres!
-Además estudian música y hablan inglés.
-De tal palo tal astilla, que el ejemplo vale mucho.
-Tú lo has dicho: la herencia y el ambiente hacen milagros en educación. Luego… a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.
-¿Qué quieres decir?
-Que está el factor suerte, que no sabes cómo llega, por dónde ni en qué medida, y te apoya o te impide seguir en tu camino.
-¡Qué verdad es lo que acabas de decir! Ese factor suerte obra en nosotros más de lo que creemos. Personas que pueden hacer y luego algo se lo impide. Personas que no pueden ni soñar con algo y las circunstancias le hacen que lo consiga.
-No son los méritos, es el hado misterioso que permite alcanzar lo inalcanzable o no conseguir lo que estaba al alcance de la mano. “¿Cómo ha sido posible?”, decimos luego, y casi nos asustamos de que haya ocurrido. Una serie de factores se han conjurado para dar un resultado que no se esperaba o para impedir lo que estaba tan cerca.


Francisco Tomás Ortuño, Murcia