lunes, 30 de septiembre de 2013

Condenado por desconfiado.


De mis “Diálogos con Benedicto XVI”
-Me acuerdo, Benedicto, de la obra de Tirso de Molina “El condenado por desconfiado”. Paulo y Enrico son los protagonistas, uno fraile y otro ladrón. El fraile se condena porque duda al final de su vida: “¿Qué vida ha sido la mía si no existiera Dios?”. En cambio, el ladrón se salva porque al final se arrepiente de los males que ha hecho.
¿Fue justo el Juez Supremo? Pienso que el fraile con un poco ayuda se habría salvado. Si habiendo llevado una vida de sacrificio, cuando fue a tropezar hubiera recibido un soplo de esperanza, un cariñoso “sigue así”, por ejemplo, un amoroso abrazo o un “¡valiente!” cálido en su oreja. En cambio, al ladrón haberlo empujado por el peso de los males cometidos antes. No sé, creo que no era justo que se vieran en el camino, uno desesperado cayendo y otro riendo camino del Edén para toda la eternidad.
-¿A ti qué te parece, Benedicto?
-Yo estoy con Dios y no con Tirso.
-Pero si Tirso condena y salva como cree que lo haría Dios...
-Ahí está la diferencia, Francisco. Yo apruebo lo que Dios haga. Tirso y los demás hombres pueden fabular lo que quieran. Solo vale lo que decida Dios. Y eso solo lo sabremos luego. Tú haz bien y déjate en sus manos. Como Padre no querrá castigar con el Infierno, que si por dudar el fraile unos segundos lo castigara para todos los tiempos, no sería justo. Sé que es el mejor Padre y confío en su justicia. Lo que haga lo acepto como lo mejor.
-No es mala filosofía.
-Si yo fuera al infierno por voluntad suya, lo aceptaría sin rechistar. Él sabría por qué.
-Con esa confianza se debe ser feliz.
-No hay mayor felicidad que confiar en Dios y amarle siempre.

Francisco Tomás Ortuño

domingo, 29 de septiembre de 2013

Conversaciones con Benedicto XVI

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 29 septiembre 2.013
De mis “Conversaciones con Benedicto XVI”
Fragmento
-En educación, Francisco,  hay que respetar las opiniones de los hijos; pero en cuestiones de fe, cuando son pequeños, los padres deben obrar por ellos inflexiblemente. Es para los niños la edad de aprender lo que tienen que hacer luego. Los padres hoy, queriendo complacer a los hijos, les dejan hacer lo que quieren, y están equivocados.

Escuché atento las palabras de don Benedicto.

-Los padres –siguió-, cuando los hijos son pequeños tienen una gran responsabilidad: deben ser firmes en sus mandatos. Están representando a la razón que no tienen sus hijos. Ellos no saben todavía hacer lo que deben.
Cuando madure su inteligencia, poco a poco irán comprendiendo. Pero antes de su madurez es locura y temeridad dejarlos obrar por ellos.

En la mesa, por ejemplo, empezar a comer cuando empiecen los mayores y levantarse cuando se les dé permiso. Contra la avaricia, compartir con los demás. En maneras, pedir por favor y decir gracias cuando algo se recibe, etc., etc.

No olvidemos que los fines del matrimonio son procrear y educar. Los padres son los maestros naturales de sus hijos. cuando estos no tienen razón para saber lo que está bien y lo que está mal. Dejarlos hacer lo que quieran es quererlos bien poco.

                                                                                    Francisco Tomás Ortuño, Murcia

sábado, 28 de septiembre de 2013

Alegrías y tristezas.

Litesofía -entre literatura y filosofía-, 28 septiembre 2.013  -Fragmento-
 De mi Crónica del día 26 de julio del corriente año:
 El día de hoy se recordará luego por dos hechos de gran magnitud, Benito. Uno bueno y otro malo.
-Empieza por el bueno, Claudio.
-El Papa Francisco visita Brasil, donde miles de jóvenes lo aclaman, como antes hicieran con Juan Pablo II y con Benedicto XVI.
Benedicto  me sonríe como aseverando mi información.
-¿Y la mala?
-Ayer, sobre las ocho y media, un tren que iba a Santiago de Compostela, voló por los aires tras descarrilar en una curva.
-¿Otro atentado como el del Once Eme?
-Parecido sí lo es. De momento van ochenta muertos y más de cien heridos graves.
-¡Qué casualidad que cerca de Santiago haya ocurrido el desastre!
Don Benedicto me mira con aire preocupado.



Francisco Tomás Ortuño

viernes, 27 de septiembre de 2013

Método Vaughan


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 27 septiembre 2.013

Fragmento

-Esta mañana me levanté a las siete, me puse el aparato de los pies y encendí la tele. ¿Sabes a quién vi? Al profesor Vaughan con su método de  inglés. Y pensé que era obsoleta su enseñanza.
-¿Por qué?
-El invento del traductor simultáneo se adelantó al de volar con el pensamiento. Ahora hay aparatos como el del masaje podal, o robots que friegan la casa, o sopladores que barren, que te traducen lo que digas a otro idioma.
-No, si a este paso todo va a ser posible.
-Hasta pienso que un día veremos en la pantalla del televisor a un ser que nos diga que es de otra galaxia.
-¿Tú crees que eso podrá ser?
-Como los gastos en aprender inglés o chino, no servirán de nada los viajes a la luna o a un planeta del sistema solar. Los extraterrestres de otra galaxia nos dirán luego cómo viajar sin cohetes.
-¿Y por qué ellos no han venido a la Tierra?
-Luego lo sabremos; que igual estuvieron cerca y no pudieron aterrizar. El Universo no tiene sentido si no se convierte en una sola morada. ¿Qué es la Tierra en el espacio? Un grano de arena en el desierto. Menos todavía. ¿Entonces? Estos siglos de espera estarán justificados. El gran asombro de los humanos está por venir. La maravilla de la Creación sigue su curso. Quizás las guerras y catástrofes que vivimos son necesarias en la formación del mundo que nos espera.
-Lo que hace falta es que nosotros lo veamos, como a Ángel que el invento de la velocidad sea inminente para estar con su familia en el Roalico.
-Tan pronto no creo que sea, que estas obras universales son multiseculares y no se producen como sacar un conejo de la chistera el mago de turno. Una catedral lleva su trabajo y su tiempo. Y si una catedral o una pirámide son así, ¿cómo será ordenar tantos mundos para que cumplan un fin? No te imaginas, Roberto, lo que Dios tendrá pensado para hacer.
Y don Benedicto, que permanecía atento, intervino:
-¿Quién sabe lo que nos aguarda? Confiemos en Él y no queramos enmendarle la plana ni adelantarnos a sus obras.

  Francisco Tomás Ortuño

lunes, 23 de septiembre de 2013

Montes de piedad.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 23 septbre 13
San Lino, Papa, ¡¡¡Ffelicidades, hija!!!

Murcia, tiempo veraniego dentro y fuera de casa. Ya ayer, cuando volvía de la iglesia del Carmen, por Floridablanca, lo advertí; y no pude menos que comentarlo con mi señora: “Se parece Murcia hoy a Jumilla: sus calles están desiertas”. Y la respuesta fue rápida, como preparada: “La gente se va a la playa”.
Aunque parezca extraño, por septiembre, si luce el sol y no hace viento, los murcianos se vacían en el mar. Como esa arena que me contaba los minutos cuando mis lodos de Archena, la gente de Murcia se desliza, sigilosamente, al Mar Menor en días como este.
-Para bien de los que quedan, Francisco, que nada mejor que pasear por Murcia sin preocuparse de los semáforos, o mirando escaparates sin que nadie te moleste.
-¿Has visto, Benedicto, que por doquier compran oro?
-Ellos sabrán por qué.
-Son tiendas que compran joyas que guardan algunos de su boda, o regalos de valor que no pensaban vender. Pero con la crisis, ¿quién pasa necesidad teniendo un anillo de oro en la mesita de noche o en el arcón del desván?
-O el reloj que recibió de un pariente rico.
-Estos improvisados Montes de piedad, a la sombra de miradas indiscretas, cumplen una función social importante. A mí me recuerdan, Benedicto, tiempos del Siglo de Oro que conocemos por tapices: cuevas tenebrosas, con alambiques y balanzas, donde los magos traficaban en noches de plenilunio.
-¿Hablas de los tiempos de Cervantes, de Lope de Vega, de Tirso o de Alarcón, cuando se usaban pecheras, cuellos y puños postizos sin camisa por no poder adquirirlas?
-Tiempos duros aquellos, amigo mío, que tan bien retrata Pérez-Reverte en sus novelas de Alatriste.
-En cambio, recién descubierto que fuera el continente americano, llegaban barcos a Sevilla con oro que allí embarcaban.
-¿Quién se ocuparía del tráfico procedente del Perú o de Méjico? ¿Es que habría otros Bárcenas entonces que abrieron escuela a sus descendientes?
-Siempre los hubo, amigo Francisco. Los gobiernos posteriores han temido siempre la invasión de aquellos Incas y Aztecas exigiendo la devolución del tesoro que les quitaron.
-¿En qué gastarían tanto oro Carlos el Alemán, nieto de los Católicos Reyes, y Felipe Segundo, el hijo de Isabel de Portugal? No me lo explico. ¿Tú qué dices, Benedicto? ¿Cómo se explica que viniendo  de las Américas tanto oro, naciera en España “la picaresca”, que era el retrato de la pobreza más grande conocida en una sociedad y retratada fielmente por grandes escritores como Quevedo, Cervantes y Mateo Alemán?
-Se gastaba mucho en guerras, Francisco. Unas veces por mantenerlas y otras por prevenirlas. La guerra fue siempre el arma del demonio en un país. Habrá faltado para comer, pero nunca para matar. Tú repasa la Historia: no hallarás un tiempo sin ellas: Con los romanos, los godos, los árabes, los austrias o los borbones, siempre igual. ¡Con lo bien que se viviría sin ejércitos!.

Francisco Tomás Ortuño, Murcia

sábado, 21 de septiembre de 2013

Displasia.

Sobre la mesa octogonal en la que escribo, hay un Calendario con Benedicto XVI en cada una de sus hojas. Me lo trajo de Roma mi hija por julio del año 2.012.
Hemos vivido juntos momentos felices de su reinado, como su renuncia a seguir por motivos que, confidencialmente, me fue diciendo.
Hice buena amistad con tan egregio personaje, y aproveché para pedirle consejo en ocasiones. ¿Quién sabe si me autorice a publicar un día “DIÁLOGOS CON BENEDICTO XVI”, donde cuento lo que hablamos, distendidamente, en mi galería?

De mis “Diálogos con Benedicto XVI”:

Litesofía, 21 septiembre 2.013

Curioseando en el diccionario, he tropezado con la palabra “displasia”; patología que consiste en la alteración de un tejido.  

-¿Ves, Benedicto? ¿Por qué el Señor permite que haya displasias en el mundo?
-¿Quién sabe, Francisco? Dios es inescrutable.
-¿Has dicho inescrutable?
-Sí, impenetrable, enigmático, insondable, misterioso, hermético…
-Basta ya, Benedicto, que con impenetrable era suficiente. ¿Por qué unos nacen con displasias y otros sin ellas? Si fuera un amigo más cercano, yo le preguntaría, como a ti, para qué hay displasias en el mundo. Le haría tantas preguntas…
-Ay, Francisco, Dios es hermético y al mismo tiempo es comunicativo. Con la Creación te dice su poder; con su silencio, su sabiduría. Tú pregúntale y espera su respuesta.
-Pues yo no oigo lo que dice.
-Dile lo que quieres saber y Él te abrirá las puertas de par en par para que escuches y veas.
-¿Cómo decirle que no comprendo para qué manda las displasias a sus hijos?
-Puede ser a los que más quiere, para que sufran más.
-Eso es superior a mi pobre inteligencia, Benedicto. Yo no comprendo que el dolor sirva para quererlo más o para hacer méritos.
-Pide con insistencia la fe para comprenderlo y un día la tendrás. Sin fe no comprendes muchas cosas.
-Ay, Benedicto, no sé si llegaremos a entendernos.
-Te comprendo.En esa lucha hay infinidad de personas. De esa inmensidad de almas que dudan, todos los días vuelan en alegres bandadas las que dejan las sombras de la tibieza. Veo que a ti te tocará pronto. Entonces serás feliz en plenitud.


Francisco Tomás Ortuño, Murcia

No hay dos personas iguales.

Litesofía, 20 septiembre 2.013  -fragmento-


-No hay dos personas iguales, y somos ya siete mil millones en el planeta. Y si no hay dos rostros iguales, ¿nos puede extrañar que sean diferentes  en su interior?

-Esta observación debía de enseñarse en la escuela: Nadie es igual a nadie, ni física -lo que salta a la vista- ni espiritualmente: a unos les gusta el mar, a otros la montaña, a unos correr y a otros escuchar música.
-Y a otros ni lo uno ni lo otro.
-O las dos cosas.

-Pienso en las parejas que no se entienden por no tener esta perogrullada en cuenta. En el altar, antes de dar el “Sí quiero”, debían prometerse afrontar lo inesperado con serenidad y firmeza. Porque llegar esos cambios desconocidos en la persona –en uno mismo y en el otro- van a llegar. Y hay que estar preparados a enfrentarse a lo que no se conoce y de pronto salta de no se  sabe dónde.

-La pareja debe vigilar estas desconcertantes apariciones. Y, como en la enfermedad del cuerpo, mantener serena la razón y estar unidos para curarlas.

Francisco Tomás Ortuño, Murcia