viernes, 17 de mayo de 2013

Baúl de recuerdos.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 17 Mayo 2.013

Murcia, las siete, donde ayer. Mis amigas del tiempo dormirán felices: sus pronósticos se cumplen a rajatabla. En plena primavera hace un tiempo invernal: llueve, nieva y hace frío. ¿Qué está pasando?
-Si la atmósfera hablara, diría: “Nada de particular, humanos, que en todas las familias hay contratiempos; vosotros a lo vuestro, que no es poco atender, y a no meter las narices en casa ajena”.
-Ayer me bañaba en Inacua y saludé a un compañero: “¿Cómo estás?”, le dije. “Yo bien, ¿y tú?”, me contestó. Le confesé que me levanto con dolor de hombro. Se rio para decirme que a él unos días le duele una cosa y otros días otra, pero que no hace caso; que había visto que su propio cuerpo era su mejor aliado: el dolor desaparecía solo. “Lo último es ir al médico a contarle mis alifafes y que me mande píldoras, que si me alivian el dolor me fastidian el estómago”, dijo al final. 
-Es que este mes que viene cumplo ochenta años –seguí. Y él me confesó que era mayor que yo:
-Pues yo he cumplido ochenta y tres; nací en el año treinta del siglo pasado. Tú nacerías en el treinta y tres.
-Efectivamente –le dije-, en tiempos de la República. Sentí alivio sabiendo que me las había con alguien mayor que yo. Recordé los versos de Campoamor: “…viendo –que otro sabio iba cogiendo –las hierbas que él arrojó”.
Y recordé a Rosa, que iba a casarse y la idea monopolizaba su magín: “Buenos días, Rosa”, la saludó su vecina. Y ella le respondió: “Mañana me caso”. “He dicho buenos días”, siguió la vecina. Y Rosa, que solo pensaba en lo suyo, siguió: “Una vez tenía que ser”.

Este recuerdo sin duda me llega de alguna parte del cerebro en que guardo mis objetos personales. El cerebro debe ser como un baúl donde vamos depositando cosas. Y el dueño echa mano sin darse cuenta, si hay algo que necesita.
-O se ofrece generosamente y te muestra lo que buscas. Hay una relación estrecha entre el cerebro y la persona que lo posee, que se entienden hasta sin hablar. Y esa puede ser la prueba: “Busco tal cosa”. “Aquí la tienes”. Porque fuera del cerebro estoy yo.
-Deben ser compartimentos del mismo cerebro, Julián. Lo que llamas “yo” debe ser una parte que reside más allá. Serán vecinos como las naciones del globo. Ninguna está fuera del planeta, siendo tan diversas unas de otras.
-Eso explica que haya personas cultas pero poco inteligentes y al revés, personas inteligentes e incultas.
-¿Qué explicaría lo que manifiestas?
-Que una parte del cerebro sería para la cultura y otra distinta para la inteligencia. Que no es lo mismo ser una persona culta que ser inteligente. La primera puede recordar bien lo que ha visto u oído y la otra razonar mejor los problemas.
-Vienen a ser como la vista del alma: una ve poco y otra ve con claridad.
-Sí, sí, es cierto… 

Francisco Tomás Ortuño, Murcia

jueves, 16 de mayo de 2013

Fornel.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 16 Mayo 2.013, Jueves.
FORNEL
            Como el butano se acabó y estábamos en el campo, recurrimos al fornel. A los que no lo sepan les diré que el fornel es un hornillo de hierro, con patas, que sirve para cocer alimentos. Nuestras abuelas lo usaron en sus cocinas y muchas de nuestras madres también. Encendían carbón y a calentar las ollas colocadas encima. Luego se retiraron porque el petróleo trajo otro tipo de hornillo que duró hasta que el butano lo desplazó.
            El fornel hace mirar el tiempo retrospectivamente: fornel, hornillo de petróleo, cocina de butano, cocina eléctrica. Y ello en el brevísimo tiempo de tres generaciones. Nuestros hijos recogen los avances de la técnica iniciados por sus abuelos. Y nosotros en medio, como en la cima de un tejado separando las dos vertientes. Hemos tenido ese privilegio: conocimos la vida rudimentaria de nuestros padres y presenciamos la vida muelle de nuestros hijos. Los primeros ni sospecharon lo que se avecinaba; los segundos ni se imaginan otro modo de vivir. Nosotros, en la arista del diedro, vemos asombrados los dos mundos opuestos.
            Generalizando, yo diría que el siglo XIX preparó el XX, y el XX ha preparado el XXI. La vida fue monótona, sin grandes sobresaltos, hasta el siglo XIX. Fuera de algunos inventos, alejados una eternidad, la vida transcurría de centuria en centuria de igual forma. Milenios hubo sin cambios de ningún tipo en la aburrida vida planetaria.
Pero llegó el siglo XIX y como un volcán que entrara en erupción, comenzó a explosionar por todas partes. La luz, el teléfono, el avión, la máquina de vapor, el tren, etc., dieron pie a que otros inventos se sucedieran en cadena. No hubo campo que no revisara sus estructuras. El mundo se conmovió. Conocer por radio lo que se decía a miles de kilómetros era cosa de brujas; hablar a través de unos hilos, increíble; utilizar máquinas en la industria, insospechado. "¿A dónde vamos a llegar?", se preguntaban asombrados. "¿Qué nos toca ver ahora?". Los hombres estarían perplejos ante tal cúmulo de noticias que les llegaba. "¡Que vamos a volar como los pájaros, tío Celedonio!". Y el tío Celedonio, sonriendo, diría: "A este paso, me lo creo!".
            El siglo XX fue ordenando tales inventos, obteniendo resultados prácticos en la industria. La luz eléctrica daba mucho de sí; proliferaron los aparatos eléctricos; el mundo cambiaba con rapidez. No había rincón ni actividad que no se vieran abordados por el cambio. El siglo XX fue el siglo de las aplicaciones prácticas a la vida ordinaria de cuanto se descubrió en el anterior. Un siglo, pues, agitado y convulso. Con un símil fácil, yo diría que en una casa vacía o con parco mobiliario, se entró toda clase de enseres, sofisticados aparatos, máquinas desconocidas. En el siglo XX, repuestos del asombro, el hombre se dedicó a ordenar la casa. Y el siglo XXI será de gozar a pierna suelta de la casa.
            Yo tengo fe en el porvenir, lleno de comodidades. Serán sus habitantes los más afortunados. El siglo XIX inventó; el siglo XX ordenó; el siglo XXI disfrutará. Tengo fe en el porvenir, fe ciega. Un mundo feliz aguarda a las generaciones nuevas.           Los que vivimos a caballo entre el pasado y el futuro, observamos mejor que nadie la diferencia. Pero hay una duda que nos asalta: ¿Fueron menos felices los hombres del siglo XIX encontrando que los del XXI serán teniendo?; ¿fueron menos dichosos los hombres del siglo XX disponiendo que lo serán los venideros disfrutando de lo que van a encontrar? Esa pregunta deben plantearse en serio los hombres. Para mí que "encontrar" es alucinante, "ordenar" es maravilloso, "vacar" es nefasto. Quién sabe si la perdición se encuentre en la abundancia; si el mal esté en tenerlo todo sin necesidad de buscarlo. Ahí puede encontrar nuestro siglo su desgracia, triste paradoja, en su infinito bienestar. Ahí debe centrar su atención para no caer en las redes del hedonismo, del hastío y del aburrimiento, como una trampa mortal.     
Francisco Tomás Ortuño, Murcia 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Meteorología.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 15 Mayo 2.013, San Isidro

Murcia, las siete y media. Coinciden mis amigas meteorólogas en que tenemos por delante unos días malos, pérfidos, en su campo. En román paladino, que van a bajar las temperaturas y va a llover en toda España. Creo que fue Alejandra la que dijo que hasta puede granizar en algunas regiones y que la nieve puede aparecer en alturas inferiores a los mil metros.
-¡Vaya panorama, Aurelio! En Madrid, como son las fiestas de San Isidro, su patrón, estarán preparados: “¡Tú a mí no me la das, que habrá verbenas llueva o no llueva, granice o no granice, que la experiencia es madre de la cierncia! ¡Estaría bien que me cogieras desprevenido! Tenemos a cubierto nuestras vides y otros frutos del campo con paraguas, y las terrazas de la ciudad con grandes plásticos, por si amanecieras graciosillo y quisieras gastarnos una broma”, se dirán.
-¿Qué le habremos hecho para querer mandarnos un correctivo? Veo que no nos entendemos con los santos “aguaceriles” y “graniceros”, con lo fácil que sería decir las cosas claras en una reunión. “No nos gusta esto, humanos, lo preferimos así”. Que hablando se entiende la gente. Y no tener que adivinar su pensamiento para obrar en consecuencia. Parece que estemos en guerra. ”¡No hagáis fiestas!”. Y nosotros las cambiaríamos por otra cosa. Pero que llegue la festividad y empiece a llover, no me parece de recibo.
-¿Qué pasa en Murcia?, lo mismo. Llega la Semana Santa y agua va; llegan las fiestas de los Huertos, cuando la gente sale a cenar morcillas al Malecón, y bajan las temperaturas. Es que se pasan.
-¿Y con Sevilla? ¿Qué ha hecho Sevilla para tratarla tan mal? Si la Feria, agua que se lleve río abajo las casetas; si Semana Santa, guerra contra las imágenes con tirachinas.
-Pero los meteorólogos no se merecen nada, que ellos son meros anunciadores de lo que dice el Meteosal: “¡Aguas vienen!”, “Fríos intensos se avecinan!”, “¿Por fin calor!”. Ellos son intermediarios, como traductores entre chinos y españoles: “Dice que te compra la producción de coches a cambio de abrir tiendas sin impuestos”. “Dile que conforme si no son más de mil”. Y se estrechan la mano. ¿Qué se merece el que traduce de los acuerdos?
-Creo que más de lo que se piensa, que si es torpe o gracioso el traductor y da gato por liebre, puede hacer o deshacer lo que haya en juego. Supongamos que el chino quiere hacer un trueque o canje con España y el intérprete dice que “nones” donde debe decir “de acuerdo”: deshace el trato.
Y en la meteorología lo mismo: si dice el Meteosat que va a lucir el sol y van a subir las temperaturas y la meteoróloga dice lo contrario, la arma bien armada reteniendo en sus casas a posibles consumidores en playas o plazas hoteleras.
-Bueno, nos hemos apartado del tema.
-Creo que no, Panfilio, que todo es uno y lo mismo. Para mí que los delegados celestiales en mandar lluvias, piden un soborno. Como en su paso por la Tierra estaban acostumbrados a doblar la mano por detrás, a “poner el cazo” dicho vulgarmente, para pedir un aumento en la operación, les quedó el recuerdo y siguen en sus trece.
-¿Y qué pretenden?
-Que se les dé una propina.
-¿Y para qué? ¿Qué van a hacer ellos con una propina?
-No olvides que en el Cielo hay almas inocentes, aniñadas, y obran en consecuencia. ¿A qué niño no le gusta un caramelo? Querrán que hablen de ellos, que los lleven en lenguas, que verán que a unos los agasajan con dádivas y cirios y a ellos ni los nombran.
-Será eso, Mauricio, que no sabemos lo que se cuece arriba.
 Francisco Tomás Ortuño, Murcia 

martes, 14 de mayo de 2013

Vaivenes.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 14 Mayo 2.013
VAIVENES
            El viento mueve las copas de los pinos. ¿Es producido por el cambio de la luna? Luna, sol, viento, calor, frío; el hombre vive inmerso en un agitado mundo de fenómenos, si bien se adapta a sus vaivenes como los mismos camaleones: Que hace frío, se abriga; que hace calor, al mar. Se ha acostumbrado a los cambios atmosféricas y no se inmuta.
            Que no se inmuta es mucho decir. No se libra de su influencia por más que quiera esconderse. Es parte de la naturaleza y le afectan sus mutaciones más de lo que cree. El viento transforma su carácter; el calor le produce malestar. Y es que el hombre es química por donde lo mires. El hombre es un compuesto celular. Las reacciones, inevitables, en cadena, producidas por agentes externos o internos, conmueven su sensibilidad, sus sentimientos, su vida entera. La máquina compensa las faltas con hormonas, las sobras con anticuerpos. Si la convulsión es grande, hasta que se adapta al nuevo estado, el cuerpo sufre lo indecible.
            ¿Está en mí ser de otro modo? Llego a la conclusión de que uno es inevitablemente la consecuencia de estas reacciones corporales, aquello que la suerte le depara: una combinación feliz, produce bienestar; un desgraciado encuentro funcional, produce ira, furia, enojo. Disculpo, pues, a los que pierden los papeles, o los estribos, en algún momento de su vida. ¿Qué impulso le llevó a no razonar bien, a ver de otra manera lo evidente, a ver gigantes en molinos? Una reacción orgánica adversa.
            Si todo se reduce a carbono, oxígeno, hidrógeno, calcio, litio, nitrógeno y otros elementos más del mundo mineral, salta otra pregunta: ¿Cómo se produce la vida?, ¿qué hace que una roca no se mueva y se desplace un insecto?, ¿dónde está la diferencia?, ¿qué misterioso ingrediente le proporciona la facultad de moverse, de sentir, de crecer y multiplicarse? Porque debe estar en alguna parte, debe residir en algo. Un mineral está muerto y no se multiplica, ni se inmuta, ni se mueve si lo tocas; no así una ameba, ser protozoario, que tiene las características del ser vivo por rudimentario que sea. La Biología debe saberlo. ¿Cómo empieza la vida?, ¿dónde?, ¿en qué se diferencia un átomo de una célula?
            Si algo produce la vida, vegetal o animal, si una sustancia química produce lo que llamamos vida, ¿qué ocurre con el cerebro que además piensa, siente, desea y ama?, ¿de qué naturaleza es el cerebro?, ¿qué tiene el cerebro para pensar?; si se compone de células –diez mil millones según los entendidos-, ¿qué tienen éstas que las otras no poseen? La neurona no puede ser una simple célula y menos un compuesto de átomos y de moléculas. La neurona es que piensa. ¿Cómo puede pensar un compuesto químico? Si se analiza en el laboratorio una neurona, ¿se observa en ella algo distinto al carbono, al oxígeno, o a otros elementos materiales? Porque si no es así, debemos concluir que en la neurona y en los tejidos, hay componentes de otra naturaleza, inmateriales, que producen el pensamiento.
            Ramón y Cajal, histólogo universal y premio Nobel, nos podría decir si viviera lo que descubrió con el microscopio. Pero me temo que en su siglo como hoy, la ciencia se rinde al misterio de la vida. Estudiar con sofisticados aparatos la materia es una cosa; llegar un paso más allá, a lo que no es materia, a la vida, es otro cantar. La biología se ocupa de los seres vivos; pero, ¿cómo estudia la biología a los seres vivos? ¿Los clasifica y agrupa según diferencias o igualdades? Si es así, no llega al meollo de la cuestión. Si no dice cómo y por qué se produce la vida, no dice gran cosa; si no explica qué hace posible que una célula piense, dice bien poco. Hasta que no se sepa por qué los animales sienten y por qué las personas piensan, no sabremos nada de nosotros mismos. Reducirlo todo a materia es salirse por la tangente.

Francisco Tomás Ortuño, Murcia

lunes, 13 de mayo de 2013

Santiago.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 13 Mayo 2.013
            SANTIAGO
            Santiago, calvo por arriba, pelo blanco por detrás, anciano, se halla sentado con Gundenes, Andacio y Bricio, compañeros de salidas vespertinas, en un huerto del Edén. Miran embobados el planeta Tierra, que se ve a lo lejos, como una manzana  con reflejos azules.
            -¿Qué hiciste tú, compañero, querido Santiago, en tu paso por la mortal morada, para que te recuerden así? -dice Bricio intrigado.
            Santiago suelta la carcajada, sin poderse contener.
            -Sí, sí, ¿qué hiciste, Santiago, para que tu recuerdo perdure y se celebre con fiestas todos los años? -añade Gundenes visiblemente afectado.
            -En cambio, de nosotros nadie se acuerda -sigue Audacio, más encorvado que ninguno-; es que ni saben que existimos.
            Santiago sigue riendo; cada insinuación de sus amigos le hace saltar las lágrimas. Cuando puede hablar, les dice:
            -Vosotros lo que sentís es envidia.
            Ahora son ellos los que ríen. Por fin habla Gundenes por los tres:
            -Te expresas como mortal, amigo; esos pelillos quedaron abajo; aquí nos vemos libres de semejantes ruindades; pero es verdad, querido Santiago, nosotros fuimos como tú y nadie nos recuerda.
            Se oye una campana a lo lejos.
            -¡Cómo se nos pasa el tiempo! -dice Bricio-; volvamos, que nos llaman para pasar lista.
            -¡Volvamos! -dicen a coro los demás. Se levantan de su banco de madera y emprenden el regreso.
            -¡Santiago!
            -Presente.
            -¡Críspulo!
            -Presente.
            -¡Pedro!
            -Presente.
            -Mira, otro de los guapos -susurra Audacio a Bricio al oído.
            -¡Silencio!, ¿quién habla por detrás? -exclama el que pasa lista.
            -¡Aniceto!
            -Presente.
            -¡Antonio!
            -Sí
            -Mira qué original -musita aún Audacio, pegado al oído de Bricio-, ¿quién es Antonio?
            -Otro guaperas,  el niño bonito de las mujeres, como si hubiera resuelto algo alguna vez.
            -¿Sabes lo que te digo Audacio?, mejor que no nos recuerden, que no nos lleven y nos traigan; aquello ya pasó y pasado quede.
            -Dices bien, amigo Bricio,  ¿para qué?
            -¡Bricio!
            -Presente.
            ¡Audacio!
            -Presente.
            -¡José!
            -¡Anda que este si que no!
            -En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, buenas noches y hasta mañana.
            -¡Hasta mañana! -se escucha un clamor celestial que retumba en los espacios.

viernes, 10 de mayo de 2013

Espiga.


Litesofía –entre leteratura y filosofía-, 10 Mayo 2.013, viernes
ESPIGA
            Cuando de pequeño te dicen que un melocotonero es un albaricoquero, o que una mata de melones es de calabazas, siempre las confundirás, que tal fuerza tienen las primeras impresiones de la vida. Sabiendo esto, qué bueno sería llevar a los niños al campo, a mostrarles plantas, hojas, frutos y animales con sus verdaderos nombres. No decirles que toda especie vegetal que tiene tronco es un árbol ni que todo arbusto es una mata. Que luego, cuando tenga mala enmienda, verán un pino, olmo, álamo, chopo, olivo, granado o palmera, y a todos nombrarán con el mismo apelativo. A muchos nos ocurre que no distinguimos la espiga de cebada de la del trigo en el sembrado, por no haber tenido la suerte de que alguien de pequeños nos lo hubiera enseñado.
            Con los animales, lo mismo: Que alguien mostrara a los niños una granja, para distinguir siempre una paloma de una perdiz, un conejo de una liebre, una oca de un pato, un cuclillo de un jacamar. No digamos los insectos, que después te serían familiares, y así te ves condenado a llamar gusanos o bichos a todo cuanto se mueve si es pequeño, por no conocer su nombre.
            Yo de mayor sentí vergüenza de mi ignorancia, lo confieso con humildad; no sabía lo que era un grillo, una langosta, un alacrán o un escorpión. Y culpo de ello a mis maestros, que nunca me llevaron al campo. Recitaba, eso sí, los ríos de Europa y los reyes de España; pero ver un animal, ni en pintura. Hasta que ya por mi cuenta, me introduje en el fascinante mundo de las plantas y los animales a cubrir en parte el tremendo páramo de mi alma.
Por si a ti te ocurrió lo mismo y después no reparaste por tu cuenta el yerro, te describiré unos cuantos de estos seres que a mí me trajeron de cabeza hasta bien tarde por no haberlos aprendido cuando debí hacerlo:
            grillo: insecto de 1'5 a 2'5 cm., cuatro alas, color negro o pardo; con las alas produce un canto particular, sobre todo de noche.
            chicharra: nombre que se da en algunos lugares a la cigarra.
            cigarra: insecto de 4 cm., color verdoso amarillo, cabeza gruesa y ojos salientes; en tiempo de mucho calor produce un ruido estridente y monótono con un aparato muy complicado de su abdomen.
            langosta: insecto de color gris amarillento, de 2 a 4 cm. de largo, cabeza gruesa, antenas finas, tres pares de patas -el tercero muy robusto, a propósito para saltar-,agudos dientes, devora todas las plantas de provincias enteras, especialmente las mieses.       
            alacrán: color amarillento, 6 - 8 cm., dos grandes patas maxilares parecidas a las tenazas de los cangrejos; aguijón venenoso; la picadura produce un dolor inaguantable y hasta la muerte: "Si te pica el alacrán, llama al cura y al sacristán", dice un proverbio.
            sapo: batracio de 8 - 9 cm., color verde pardusco, es inocente y come insectos; se libra de sus enemigos hinchándose de aire una capa de piel como una bola.
            rana: batracio de color verde con manchas negras y tres rayas pajizas en toda su longitud; 5 - 7'5 cm.; piel lisa y lustrosa y dedos palmeados; cabeza grande y ojos saltones; anda dando saltos; su carne es un manjar delicado.
            lagarto: reptil muy común en España, de 25 - 30 cm.; boca grande con agudos dientes; cuerpo casi cilíndrico y cola larga cónica; cuatro patas cortas con cinco dedos de afiladas uñas; piel con laminillas a manera de escamas  -blancas en el vientre y verde-amarillo-azul en el resto-; inofensivo y muy útil por la cantidad de insectos que devora.
            lagartija: diminutivo de lagarto, 7 - 9 cm.; asustadiza, vive por escombros y paredes.
            salamandra: cuerpo alargado, cola larga, cuatro patas laterales, piel sin escamas de color negro con manchas amarillas, inofensiva, huidiza, casi sorda y ciega; se alimenta de insectos y lombrices. La salamandra puede ser acuática y terrestre: la acuática se denomina tritón y la terrestre salamanquesa.
            Podríamos seguir con más ejemplos, pero la idea está ahí, y basta.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia

Termómetros.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 9 Mayo 2.013, jueves
TERMOMETROS –fragmento-
             Los termómetros van a reventar. ¿Quién vio primero que el mercurio se dilataba y pensó en marcar los grados  de calor? Hoy quedó superado el invento con la electrónica, pero todos conocemos el clásico termómetro para saber la temperatura ambiental o la fiebre  que tenemos.
            Pues si, fue por el siglo XVII cuando el holandés Drebbel inventó el aparato, y tuvo que pasar tiempo para que se perfeccionara. Primero era aire lo que se dilataba; luego alcohol; después agua. Farenheit, en 1720 pensó que la dilatación regular del mercurio hacía de este metal lo más indicado para el termómetro. Y así quedó. Luego todo fue hacer cambios accidentales.
            Antes de inventarse el termómetro, la gente diría: "Hoy hace más calor que ayer". Pero no podía decir: "Hoy hace justo la mitad de calor que ayer". Medir con precisión el calor atmosférico o corporal fue como reducir al enemigo o cronometrar el tiempo.
            Es de admirar cómo el hombre fue inventando cosas para vivir mejor, por su  curiosidad y su capacidad creadora. Aunque no hubiera querido, hubiera inventado: en su inevitable madurez, la razón investigaba y él aplicaba sus descubrimientos.
            Los orígenes del hombre serían de poquísimas necesidades. Una de estas primeras necesidades sería construir armas para defenderse de los animales. Cuando tuviera frío, pensaría en cubrirse el cuerpo y en hacerse viviendas.
Con el calor, lo mismo: “Deseo estar a veinticinco grados y tres décimas". El calor ha sido domesticado. A voluntad. Más ya no puede hacerse. El frigorífico moderno, el aire acondicionado en todas sus modalidades, es la perfección suma en el campo de la térmica.
            ¿Estaría en los cálculos del Creador que el hombre hiciera y deshiciera a su antojo sin provocar enfados en la cúpula? 
Francisco Tomás Ortuño. Escritor, Murcia