De mis “Diálogos con Benedicto XVI”
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-Me acuerdo, Benedicto, de la obra de Tirso de Molina “El condenado por desconfiado”. Paulo y Enrico son los protagonistas, uno fraile y otro ladrón. El fraile se condena porque duda al final de su vida: “¿Qué vida ha sido la mía si no existiera Dios?”. En cambio, el ladrón se salva porque al final se arrepiente de los males que ha hecho.
¿Fue justo el Juez Supremo? Pienso que el fraile con un poco ayuda se habría salvado. Si habiendo llevado una vida de sacrificio, cuando fue a tropezar hubiera recibido un soplo de esperanza, un cariñoso “sigue así”, por ejemplo, un amoroso abrazo o un “¡valiente!” cálido en su oreja. En cambio, al ladrón haberlo empujado por el peso de los males cometidos antes. No sé, creo que no era justo que se vieran en el camino, uno desesperado cayendo y otro riendo camino del Edén para toda la eternidad.
-¿A ti qué te parece, Benedicto?
-Yo estoy con Dios y no con Tirso.
-Pero si Tirso condena y salva como cree que lo haría Dios...
-Ahí está la diferencia, Francisco. Yo apruebo lo que Dios haga. Tirso y los demás hombres pueden fabular lo que quieran. Solo vale lo que decida Dios. Y eso solo lo sabremos luego. Tú haz bien y déjate en sus manos. Como Padre no querrá castigar con el Infierno, que si por dudar el fraile unos segundos lo castigara para todos los tiempos, no sería justo. Sé que es el mejor Padre y confío en su justicia. Lo que haga lo acepto como lo mejor.
-No es mala filosofía.
-Si yo fuera al infierno por voluntad suya, lo aceptaría sin rechistar. Él sabría por qué.
-Con esa confianza se debe ser feliz.
-No hay mayor felicidad que confiar en Dios y amarle siempre.
Francisco Tomás Ortuño