viernes, 11 de octubre de 2013

Emigrante.


En Jumilla los martes se celebra el mercado. Son costumbres que vienen de lejos, como las ferias. Primero se montaba por enfrente del Colegio de “San Francisco”. Desde los balcones, los estudiantes veíamos los puestos de frutas, carnes y pescados. Luego, a la salida, hasta dábamos una vuelta paseando.
Cuando no había plaza, a veces había caballos, que saltaban. Eran caballos de “la remonta”. Por el año cincuenta del siglo pasado, se construyó el Mercado que hoy tenemos. Ahora, como en Murcia por Vistabella o el Barnés, hay puestos por sus calles próximas. Es un espectáculo ver el variopinto ir y venir de la gente.
El martes pasado -¿o hace ya quince días?- mi mujer me compró unas zapatillas azules. Como eran grandes fuimos luego a cambiarlas. Por la hora quizás y que el tiempo estaba inseguro, en la plaza había poca gente. No era, saltaba a la vista, como otros martes. Hasta los coches llegaban casi a los puestos, tocando la mercancía.
Sentado en su puerta había un señor cuando yo esperaba a mi mujer. “¿La calle es de una dirección?”, le pregunté. El hombre se tomó su tiempo: “Por aquí van los coches en las dos direcciones”, me contestó. Como yo esperaba a mamá, y él, sentado, a la vista estaba que prisa no tenía, seguí: “Esta calle se inauguró hace treinta y cinco años”. “¿Y cómo lo sabe usted?”, me preguntó curioso. “Porque vine yo con el Alcalde y otros concejales a descubrir la placa con el nombre que tiene de “Emigrante Juan Pérez”.
Y era verdad, lo recuerdo como si fuera ayer. El alcalde era don Manuel Guillén y el emigrante que daba nombre a la calle, un jumillano que hizo fortuna en América.Pensé luego si el alcalde buscaba alguna canonjía de este indiano, o si obtendría un beneficio por poner su nombre a una calle de su pueblo. Que entonces el alcalde mandaba mucho y él solo decidía lo que había que hacer.
                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

Hispanidad.


Oigo ruidos por el tejado. Es el albañil, que pone tejas nuevas donde están rotas. El joven que está subido me decía cuando desayunaba que es ecuatoriano y que tiene dos hijos. Lleva en España diez años y habla con su familia todas las semanas. El hijo de ocho años va al Colegio de la Glorieta, frente al teatro Vico. ¿Para qué decirle que lo conozco, que estuve en él diecisiete años como director?
Ecuador es como media España. Su población es de doce millones y medio de habitantes. La capital es Quito y su idioma oficial el español, con otras lenguas amerindias. Son católicos y la agricultura es su mayor fuente de ingresos –banana, café, arroz, patata y caña de azúcar-.
El Gobierno es Republicano, pero debe andar mal porque la gente joven vuela de allí, como los pájaros, a otras latitudes. A España vienen muchos ecuatorianos a pesar de tener que cruzar el Atlántico.
Este joven ecuatoriano que anda por el tejado, de unos cuarenta  o cuarenta y cinco años es uno de los muchos que vinieron a España en busca de trabajo. No le ha ido mal, pero ahora la crisis la notan en sus bolsillos. Muchos se están volviendo otra vez a Ecuador, de donde vinieron.
El año 1492, cuando los españoles llegaron a aquellas tierras, será recordado por los indios que vivían allí. Gente con culturas propias se vieron asaltadas por gente blanca. ¿Cómo recordarán estos pueblos esa fecha? “Desde” y “hasta” serán para ellos como para nosotros la cronología cristiana: Antes de Jesucristo y después de Jesucristo; antes de Colón y después de Colón; hasta la invasión y desde la invasión. Un punto de inflexión en su historia.
¿No fue como ir a echarlos de casa? ¿Si no a echarlos, a ocupar su casa y a mandar en ella?. ¿Cómo será la verdadera historia de estos países americanos? Cultura india, quechua, inca, azteca, maya, precolombina… y sobre ellas cultura europea, sobre todo cultura española; religiones animistas, preincaicas, y religión cristiana después;  moctezumas gobernantes en sus tribus y virreyes con palacios señoriales luego.
¿Cómo contarán la Historia estos pueblos del antes y del después? ¿Serían conquistadores que los trataron bien o que buscaron enriquecerse con lo que encontraron? ¿Habrá una Historia que explique la verdadera causa del asentamiento? Porque tras Colón hubo otros conquistadores –Valdivia, Balboa, Pizarro, Cortés, etc.- que guiados quizás por lo que otros contaron, se lanzaron a la aventura.
¿Qué estudiarán los estudiantes de Perú, de Argentina, de Bolivia, de Chile, de Colombia o de Ecuador? Leí que circula una leyenda que dice que un indio estaba sentado en un banco tomando el sol y que un español le pidió sentarse con él. Luego vino otro, y otro y otro, y a todos daban asiento. Hasta que llegó uno y no cabía y el indio que estaba primero cayó y los demás se quedaron sentados. Algo así debió de pasar.
-Y mañana, Heriberto, a celebrar un año más esta fecha.
                                                                                   Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

miércoles, 9 de octubre de 2013

Usurpación.

No podemos juzgar a los demás por nosotros. Y menos a las mujeres, que si una cosa nos gusta, no quiere decir que tenga que gustar a ellas.
-¿Tú no ves los roces y desencuentros en la pareja? Pues muchas veces son por no comprender algo tan elemental: que lo que él ve de una manera, ella lo puede ver de otra.
-Pero es que con los hijos, cuántas veces les damos lo que nos gusta a nosotros sin pensar que ellos pueden querer otra cosa. 
-Y no digamos en profesiones como médicos, profesores, abogados, ingenieros o farmacéuticos. Hasta hace poco, había que seguir la profesión del padre, sin tener en cuenta el gusto de los hijos.
-¿Pero es que no sufrimos hoy la usurpación de la voluntad? Porque usurpación es poner los nombres y decidir en cuestiones personales, sin tener en cuenta los verdaderos deseos o sentimientos del otro ser. Que ya es bastante con no poder nacer o no nacer,  ser español o no serlo, ser del siglo tal o siglo cual, que tener que hacer lo que le guste a otro. Hasta ahí podíamos llegar.

                                                                                   Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

martes, 8 de octubre de 2013

Bienvenida.

Bienvenida
-¿Me ves?, ¿puedes hablar conmigo?, ¿cómo llenas tu tiempo, Bienvenida? Es que no me lo imagino. Antes de partir sé cómo eras y lo que hacías, pero después…
¿Qué es una eternidad de gloria? Si no se escucha la brisa, si no se ven las estrellas, ni los montes, ni los mares, ¿qué gloria es la tuya? Aquí decimos a los niños que “Gloria es el conjunto de bienes sin mezcla de mal alguno”, pero los niños se conforman pronto. Yo sigo sin entenderlo.
De ti para mí, Bienvenida, ¿no es aburrido no tener tentaciones? Un deseo te distrae con llegar a lograrlo -¿lo hago?, ¿no lo hago?, ¿puedo?, ¿no puedo?-.  En la lucha está la gracia y en el fracaso el esfuerzo para probar de nuevo. La vida diaria tiene sus alicientes en esos logros o frustraciones.
Pero vosotros, ¿cómo engañáis al tiempo? ¿O no tenéis tiempo, Bienvenida? Porque si vais a vivir una eternidad, ¿en qué se convierte el tiempo para vosotros? Yo quisiera contactar contigo, querida santa; verte, aunque fuera unos segundos, en tu diario devenir. ¡Cómo me gustaría ahora, en puertas de salir, ver lo que me voy a encontrar!
¿Es una consigna vuestra no hablar con los humanos? Debe ser así, porque si no ¿qué madre o padre no lo haría?

                                                                                 Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

martes, 1 de octubre de 2013

Lenguas.

92)  Lenguas
-“Lloviendo” no es lo mismo que “yo viendo”. Lo primero es del verbo llover y lo segundo del verbo ver.
-Difícil debe ser para un extranjero dominar nuestro idioma.
-Como para ti el suyo; en cambio, qué fácil para un niño.
-Eso nos dice, Hilario, que el cerebro está más limpio que una patena cuando viene al mundo, y recoge sin esfuerzo el lenguaje que oye primero. Para él “casa” es “casa” y “mesa” es “mesa” sin discusión. Malo sería que a la mano la llamáramos pie después y a la cabeza rodilla. Menudo lío.
-¿No le pasa esto al que aprende dos lenguas a la vez?
-Hay una diferencia y no pequeña, y es que sólo juega con dos palabras para cada objeto. Pero siempre las mismas. Supongamos que el matrimonio es francesa y español. Al niño le dirán que mesa es mesa unas veces y otras veces que es table, pero siempre o mesa o table. El pequeño creerá que puede llamarse de dos maneras, pero nunca zapato o coche.
Conocí a Alfonso en el Centro de Profesores, casado con una francesa. Cuando nació su hija quise saber en qué lengua le hablarían. “En francés y en español”, me dijo sin dudar. Dejamos de vernos unos años por circunstancias de trabajo. Cuando nos saludamos de nuevo, le pregunté enseguida: “¿En qué lengua se expresa tu hija?”. “Es bilingüe”, me contestó sin conceder importancia a mi pregunta, “igual habla en francés que en español”.
-¿Se habrá probado a hablar tres lenguas a la vez? Supongamos que en una casa viven juntos un matrimonio –francés e inglesa- y una tía alemana. Quieren hacer la prueba con el hijo que tengan: uno le hablará sólo en alemán, otro en francés y en inglés el tercero. ¿Aprendería tres idiomas de una sola tacada? ¿Sería el niño trilingüe? El cerebro se ríe a lo mejor de mi asombro. “Es tan fácil, diría, como aprender uno solo”. Lo difícil es aprender de mayor.
Tengo encima de mi mesa un Diccionario de sinónimos. Aunque, hilando muy fino, cada palabra es ella y sólo ella, existen términos parecidos en su significado. Así: garaje, cochera, aparcamiento, parking; cuesta, pendiente, rampa, talud; crítica, censura, reprobación, reproche; limpieza, aseo, pulcritud, higiene, etc., etc. Entonces, si cada palabra admite otra que quiera decir lo mismo, ¿por qué no puede el niño que empieza a hablar tener como sinónima otra que signifique lo mismo, pero que sea de otro idioma? Esa riqueza idiomática irá formando dos campos en su cerebro para que utilice en su momento según las circunstancias y hable en dos idiomas distintos. No sé si me explico, Julián, pero yo me entiendo.

                                                                                                 Francisco Tomás Ortuño

lunes, 30 de septiembre de 2013

Condenado por desconfiado.


De mis “Diálogos con Benedicto XVI”
-Me acuerdo, Benedicto, de la obra de Tirso de Molina “El condenado por desconfiado”. Paulo y Enrico son los protagonistas, uno fraile y otro ladrón. El fraile se condena porque duda al final de su vida: “¿Qué vida ha sido la mía si no existiera Dios?”. En cambio, el ladrón se salva porque al final se arrepiente de los males que ha hecho.
¿Fue justo el Juez Supremo? Pienso que el fraile con un poco ayuda se habría salvado. Si habiendo llevado una vida de sacrificio, cuando fue a tropezar hubiera recibido un soplo de esperanza, un cariñoso “sigue así”, por ejemplo, un amoroso abrazo o un “¡valiente!” cálido en su oreja. En cambio, al ladrón haberlo empujado por el peso de los males cometidos antes. No sé, creo que no era justo que se vieran en el camino, uno desesperado cayendo y otro riendo camino del Edén para toda la eternidad.
-¿A ti qué te parece, Benedicto?
-Yo estoy con Dios y no con Tirso.
-Pero si Tirso condena y salva como cree que lo haría Dios...
-Ahí está la diferencia, Francisco. Yo apruebo lo que Dios haga. Tirso y los demás hombres pueden fabular lo que quieran. Solo vale lo que decida Dios. Y eso solo lo sabremos luego. Tú haz bien y déjate en sus manos. Como Padre no querrá castigar con el Infierno, que si por dudar el fraile unos segundos lo castigara para todos los tiempos, no sería justo. Sé que es el mejor Padre y confío en su justicia. Lo que haga lo acepto como lo mejor.
-No es mala filosofía.
-Si yo fuera al infierno por voluntad suya, lo aceptaría sin rechistar. Él sabría por qué.
-Con esa confianza se debe ser feliz.
-No hay mayor felicidad que confiar en Dios y amarle siempre.

Francisco Tomás Ortuño

domingo, 29 de septiembre de 2013

Conversaciones con Benedicto XVI

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 29 septiembre 2.013
De mis “Conversaciones con Benedicto XVI”
Fragmento
-En educación, Francisco,  hay que respetar las opiniones de los hijos; pero en cuestiones de fe, cuando son pequeños, los padres deben obrar por ellos inflexiblemente. Es para los niños la edad de aprender lo que tienen que hacer luego. Los padres hoy, queriendo complacer a los hijos, les dejan hacer lo que quieren, y están equivocados.

Escuché atento las palabras de don Benedicto.

-Los padres –siguió-, cuando los hijos son pequeños tienen una gran responsabilidad: deben ser firmes en sus mandatos. Están representando a la razón que no tienen sus hijos. Ellos no saben todavía hacer lo que deben.
Cuando madure su inteligencia, poco a poco irán comprendiendo. Pero antes de su madurez es locura y temeridad dejarlos obrar por ellos.

En la mesa, por ejemplo, empezar a comer cuando empiecen los mayores y levantarse cuando se les dé permiso. Contra la avaricia, compartir con los demás. En maneras, pedir por favor y decir gracias cuando algo se recibe, etc., etc.

No olvidemos que los fines del matrimonio son procrear y educar. Los padres son los maestros naturales de sus hijos. cuando estos no tienen razón para saber lo que está bien y lo que está mal. Dejarlos hacer lo que quieran es quererlos bien poco.

                                                                                    Francisco Tomás Ortuño, Murcia