jueves, 20 de diciembre de 2012

Comunidad "La alondra"


Litesofía –entre”lite” y “sofía”-, 19 diciembre 12
Dedico mi Cuento de hoy a mi hijo Miguel Tomás Pastor
COMUNIDAD “LA ALONDRA”
En un pueblo andaluz, había una Comunidad de vecinos, llamada “La Alondra”, que estaba compuesta por veinte familias ricas. Estas familias eran de tal rango social que el nombre de “La Alondra” era sinónimo de distinción y poder, sin parangón posible.
            Una de las familias era la de don Gerardo, eminencia médica, reconocida dentro y fuera de Andalucía. Su mujer procedía de los barones de Ajimez, dueños de extensas propiedades. Sus tres hijos, uno canónigo, otro militar de alta graduación, y el tercero médico endocrino de gran fama también, eran personas respetabilísimas.
            Si cuento la historia de esta familia es para que se comprenda la importancia de tal Comunidad de vecinos. Don Félix Sanz de Forqué y Forqué, por ejemplo, otro comunero de “La Alondra”, era diputado. Don Aniceto Puche Trável, arquitecto muy famoso. Don Julián de Entrambasaguas y Salmerón de las Viudas se había distinguido como abogado en los famosos juicios del vino adulterado. Doña Felicísima Rius de las Torres Bermejas estaba reputada como la mujer más rica de la Región. El título de duquesa lo conservaba como otro atractivo más, no el más relevante, de su vida.
            Los veinte comuneros se congregaron un día para nombrar a quien en adelante fuera a ser administrador de finca tan singular. De entre los candidatos al cargo, fue elegido don Arcadio Visiedo. Para todos, sin excepción, don Arcadio reunía las cualidades que requería el cargo: era inteligente, activo y honrado, justo lo que buscaban.
            Don Arcadio Visiedo estaba casado con Esperanza Min y tenía dos hijos. Lo primero que pidió como Presidente de comunidad tan prestigiosa, fue una vivienda digna. Los comuneros no vieron mal, sino todo lo contrario, que la casa de don Arcadio fuera como la de ellos mismos. Y así, le construyeron un palacete próximo, con jardines donde poder explayarse la familia. En este palacete montó don Arcadio su despacho.
Esta casa, pronto, con el buen gusto de Esperanza Min, llamó la atención de todos por su exagerada ornamentación. Su interior fue vestido con cuadros y muebles lujosos. El boato se desbordó en la casa de don Arcadio, para asombro de los propios moradores de “La Alondra”, que empezaron a recelar de las extravagancias de esta familia.
Esperanza Min dejó de trabajar donde lo hacía, para dedicarse con su esposo a la administración de “La Alondra”. Así lo manifestó a los comuneros, con el fin de que los gastos derivados de su gestión figuraran en los próximos presupuestos. En realidad se advertía la mano de doña Esperanza en múltiples detalles. Los enormes maceteros de la entrada, por ejemplo, fue idea suya, como las lámparas de los ascensores.
Los dos hijos del matrimonio, Exuperio y Rubéns, de veinte y veintitrés años respectivamente, pasaron también a la administración de la Comunidad. Exuperio se ocupó de las comunicaciones, reduciendo el número de accidentes. Rubéns, por su parte, atendió la enseñanza. Dedicó grandes sumas a mejorar la escuela que funcionaba en la Comunidad “La Alondra” y subió escandalosamente los sueldos de sus tres maestros. Jamás se había conocido en la historia de la enseñanza tanto gasto en aparatos sofisticados.
Los ingresos de la familia Visiedo eran cuantiosísimos. Su renta excedía a las rentas de algunos administrados. Ni don Gerardo el médico, esposo de la baronesa de Ajimez; ni don Félix Sanz de Forqué y Forqué, político; ni don Aniceto Puche, arquitecto; ni don Julián de Entrambasaguas; ni doña Felicísima Rius de las Torres Bermejas, ni otros vecinos de “la Alondra”, podían competir con don Arcadio en el sueldo.
La solvencia de “la Alondra” era incuestionable para los bancos. Todos se disputaban el honor de trabajar  con ella. Al final, don Arcadio Visiedo, responsable de la administración,  se decidió por el banco “Mecenas” de Colmenar. Su director, don Salvador Castroverde, se mostró agradecido y atento con don Arcadio cuando éste solicitó un préstamo para la finca donde trabajaba. Don Salvador Castroverde dejó otros asuntos pendientes para atender con diligencia al administrador de la Comunidad. El préstamo estuvo dispuesto en un abrir y cerrar de ojos: total eran treinta mil euros a devolver en un año con el diez por ciento de interés bancario.
Los confiados moradores de “La Alondra” no supieron que sobre su finca pesaba tal carga de millones. Siguieron, como antes, haciendo y deshaciendo en sus particulares asuntos, confiando plenamente en su administrador.
Los intereses del préstamo solicitado al banco Mecenas supusieron tres mil euros a fondo perdido para los comuneros. Cuando don Arcadio les pidió un nuevo impuesto, algunos fruncieron el entrecejo. Para gastos comunes pagaban ya a don Arcadio seis mil euros cada uno al año, aparte “derramas”, que últimamente menudeaban con harta frecuencia. El capítulo de nóminas para don Arcadio, doña Esperanza, Exuperio y Rubéns y unos cuantos adláteres que nombraron por su cuenta, sobrepasaba el ochenta por cien del total recaudado.
Los ciento veinte mil euros que se recogían cada año para gastos de comunidad se esfumaban pronto. Había que buscar otros medios que aportaran más dinero. Los ingresos eran insuficientes. Por ello, la administración de “La Alondra” pidió otro préstamo al banco “Mecenas”, que su director, don Salvador Castroverde, facilitó enseguida.
Con el dinero recibido se llevaron a cabo obras en la vivienda de don Arcadio, en instalaciones deportivas y en piscinas de la familia, así como en la propia finca de los comuneros. Vivieron un sueño de gloria mientras quedaron restos de su atrevida empresa con el banco. Tanto que no dudaron pronto en solicitar un nuevo préstamo para seguir con la política de mejora que habían emprendido, para mantener el buen nombre de “La Alondra” y, en definitiva, para el bienestar de sus habitantes.
            Con los trescientos mil euros recibidos últimamente del banco Mecenas, los administradores no cupieron de gozo. “Habrá nuevas pistas”, dijo entusiasmado Exuperio. “Se invertirá en laboratorios”, exclamó Rubéns no menos exaltado. “Me compraré un helicóptero, que bien merecido lo tengo”, manifestó feliz doña Esperanza.
            A doña Felicísima Rius de las Torres Bermejas no le iban bien últimamente los negocios. Unos años desafortunados la pusieron en guardia. Reponer vides y árboles dañados por el pedrisco supuso en su economía particular una llamada al orden de su gestor don Severo Filipino. No debía seguir con los gastos suntuosos que llevaba; debía recortar viajes y fiestas de sociedad.
            Algo parecido le ocurrió a don Aniceto Puche, el arquitecto. No recordaba tiempos menos productivos. Hubo un parón en la construcción y sus ingresos disminuyeron alarmantemente. Por otra parte, y por esos caprichos de fortuna, el centro de atención pasó de su persona a jóvenes valores, que acapararon la fama que antes tuviera él. En unos años, pocos, la firma luminosa del arquitecto por antonomasia, se fue apagando.
            Algo raro ocurría en la Comunidad de “La Alondra”. Como una maldición, unos tras otros fueron sintiendo la desgracia. Cuando no era un desastre financiero era una enfermedad. Hubo miedo en la casa. Lo que antes era esplendor y bienestar, se tornó en sombría intranquilidad. Don Julián de Entrambasaguas, don Félix Sanz de Forqué, don Recaredo Sierpes, don Pío de la Torre y Valcárcel, descendiente de virreyes del Perú..., todos fueron perdiendo brillo y poder con estrepitosas caídas que se comentaban en círculos cada vez más amplios. Los únicos que parecían no advertir la caótica situación de la Comunidad eran don Arcadio Visiedo y su equipo de gobierno.
            Don Raimundo Espí, militar retirado, se decidió, por fin, a hablar con don Arcadio.
-¿Puede recibirme? –pidió a la secretaria.
-No sé, no sé... son tantas sus ocupaciones...
-Es urgente –insistió el militar.
-Solicítelo por escrito.
-Se trata...
-¿Qué me va a explicar...? una instancia y ya veremos, don Raimundo.
            A los dos meses pudo entrevistarse con el administrador. Fue recibido en un salón versallesco.
-¿Qué se le ofrece a usted, don Raimundo?
-Sabrá perdonarme, don Arcadio.
-Al grano, al grano...
-Es que las cosas no van bien por casa... y he pensado que por una sola vez y sin que sirva de precedente... si me podía prestar un dinero...
-Ya lo sabía..., bueno, hombre de Dios, para eso estamos, no se preocupe..., pase por la administradora general doña Esperanza Min, y ella le dirá lo que tiene que hacer. No se exceda usted, don Raimundo, que luego los intereses son aves de rapiña... ya me entiende.
-Sí, sí, claro, don Arcadio, es usted un santo.
Don Salvador Castroverde, director del banco Mecenas de Colmenar Hondo, levantó la caza. Les dio a conocer, por un escrito detallado a cada uno de los veinte propietarios de la finca “La Alondra”, la situación en que se hallaba dicha vivienda. El último préstamo solicitado, tras reunirse la cúpula bancaria en sesión solemne y exprofeso, había sido denegado. La situación de la comunidad era francamente negativa y el banco era ya prácticamente dueño de todos sus bienes. En una palabra, que estaban hipotecados.
            Los veinte propietarios de “La Alondra”, en una reunión de urgencia, se congregaron en asamblea extraordinaria.
            Expuesta que fue la difícil situación económica por que atravesaba la Comunidad, se pensó en los gastos desorbitados que llevaba don Arcadio.
            Difícil fue que les recibiera, pero, al fin, tras muchas instancias y compromisos, pudo acceder a su despacho una comisión.
-Creemos que los gastos son excesivos.
-¿Qué  más?
-Que los préstamos nos arruinan.
-¿Qué  más?
-Que sus sueldos son astronómicos.
-¿Qué  más?
-Que con su gestión, la Comunidad “La Alondra” se hunde.
Don Arcadio guardó silencio. Miró detenidamente a los emisarios:
-Y usted, precisamente usted, me dice esto, cuando me debe a mí, a mí, ¿me oye?, más de media finca. O usted, don Acisclo de las Heras. O usted, don Pelayo Cacahuete. Ustedes precisamente, que han sabido de mi generosidad, vienen a decirme que administro mal.
-No es eso, don Arcadio –se atrevió a responder don Acisclo, removiéndose en su asiento-, no es eso...
-¡Cómo que no es eso! –vociferó el administrador-, ¿qué quieren entonces, echarme? Por votación fui nombrado y no hay fuerza legal que me eche, ¿me oyen?; mis derechos son mis derechos, ¿o es que me los van a negar?
Miró retadoramente a los tres y luego prosiguió más despacio:
-Salgan de mi despacho y ya veré lo que puedo hacer por ustedes.
-Sabíamos que nos comprendería, don Arcadio.
Y así diciendo llegaron hasta la puerta.
-No se preocupen, haré cuanto esté en mi mano –les empujó hacia fuera.
Don Arcadio, doña Esperanza, Exuperio, Rubéns y otros cuantos familiares y amigos se convirtieron en los personajes más importantes de Andalucía. Sus cuentas bancarias eran las más saneadas del Reino. Sus fincas cuantiosísimas.
Ya no se hablaba de la Comunidad “La Alondra”, ni de don Julián de Entrambasaguas, ni de doña Felicísima Rius, duquesa de Cerdún, ni de los otros comuneros que fueran la comidilla de los vecinos antes. Ahora se hablaba de don Arcadio Visiedo. El banco Mecenas y su director, don Salvador Castroverde, de Colmenar Hondo, sólo negociaba con don Arcadio, quien prestaba dinero a particulares por su cuenta o a los propios comuneros de La Alondra. Don Arcadio se convirtió prácticamente en dueño absoluto de vidas y haciendas.
Hasta que un día, un mal día en la historia de “La Alondra”,  el globo monumental que don Arcadio había montado, estalló. El estruendo se escuchó a muchas leguas, y del mapa desapareció, para siempre, la Comunidad que fuera famosa en otro tiempo por motivos diversos.

martes, 18 de diciembre de 2012

Mi tío Jesús.


Litesofía –entre “lite” y “filo”-, 18 diciembre 12, Martes.
A mi amigo don Jesús PÉREZ GALERA, médico
MI TIO JESÚS
Jesús Loncán Navarro era hijo de don José Loncán Mur, Teniente de la Guardia Civil, aragonés de origen. Una hermana de Jesús Loncán, fue mi abuela. Don José fue destinado en su día a la Casa Cuartel de Jumilla,  y allí se conocieron mi abuelo José María Ortuño Gallar y mi abuela Trinidad Loncán Navarro, naciendo del matrimonio mi madre Lina Ortuño Loncán. 

Con mi tío Jesús viví cuatro años en Elche de la Sierra. Era formidable. Como Don Quijote, idealista y luchador por deshacer entuertos. Sentía como un caballero de la corte del rey Arturo.

Mi tío llegó a saber algo de todo: era sastre de profesión, pero albañil de talla, músico de categoría, alfarero vocacional... Yo admiraba, sobre todo, su faceta de escritor. Escribió la historia de Elche de la Sierra, que yo le pasaba a máquina.

Solía preguntarme el nombre de las cosas. Se sorprendía de que todo, absolutamente todo, tuviera un nombre.  "¿Quién pudiera conocer el nombre de las cosas que existen, hasta de lo más insignificante", solía decir.  Creo que en ello cifraba su mayor dicha: Las partes de un motor, los minerales, las flores, los peces,  cualquier objeto.

Eran deseos vehementes, sueños apasionados, como de un niño ante un escaparate el día de Reyes. Su enorme pasión por saber, le hizo palpar sus carencias. Para suplir en parte su ignorancia, se compró un valioso Diccionario.

            Compruebo, como mi tío Jesús, que nuestros conocimientos son escasos. Que apenas sabemos nada. Que vivimos en la ignorancia más supina que nadie pueda imaginar. No ya ignorancia de la vida, de la mente o del espacio, sino ignorancia de las ciencias que creemos conocer.

La memoria es pobre, la inteligencia escasa, la voluntad débil. Con Sócrates podemos cantar a coro: “Sólo sé que no sé nada, nada, nada”. Aunque nos podemos consolar pensando: “Si no sabemos nada, ya sabemos algo”.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Paciencia. Submarinos. Colegios.


Litesofía –entre lite y filo-, 17 diciembre 12
Fragmentos

            PACIENCIA
            ¿Maestro con título? Sí, pero, sobre todo, con paciencia y amor. ¿Qué buscamos con este niño? Que sepa leer. Pues paciencia y amor. "Mamá". "Repite". “Mamá”. "Ahora yo: Mamá". "Dí conmigo": “Mamá”. "Yo primero: mamá". "Ahora te toca a ti". "Vamos a leer. Yo primero y tú después, como si fueras el eco: Mi pelota”, “mi pelota". “Mi pelota bota”. “Aquí dice que mi pelota bota”. Ríen los dos. "Vamos a dejarlo; mañana más".

            SUBMARINOS
            La atmósfera es un mar de aire. Nosotros vivimos en el fondo. Y construimos casas pegadas a las rocas. No podemos salir de ahí,  a construir fuera; sólo  en lo más profundo. Miramos hacia arriba. ¿Qué habrá más allá? Ay, vanidades humanas: somos como peces que quisieran saber qué hay fuera del mar. En el intento perecerían.    

            COLEGIOS
            El niño necesita de Colegios grandes, casi ciudades ad hoc, donde se muestren actividades de todo tipo: música, lengua moderna, dibujo, electricidad, carpintería, mecánica... una gama de trabajos y saberes donde esté representado el mundo del adulto. Enseñanza completa.
En la enseñanza media, los alumnos dejarían ese amplio campo de actividades para profundizar en saberes más concretos: ciencias, letras, agricultura, sanidad...
En la enseñanza superior, el objetivo sería dominar un tema a la perfección: historia, medicina, derecho, dibujo, botánica…
            Creo que la enseñanza debe ser amplísima en su base para ir reduciéndose conforme se avanza en edad. Primero, de todo pero elemental; después, menos pero con más intensidad. El niño debe tener la oportunidad de conocer mucho; él mismo se encargará de apartar lo que no sea suyo.
La enseñanza debe ser como un cono, como una pirámide: base amplia y cúspide reducida.

Por favor.


Litesofía, 16 diciembre 12
A mi sobrina Ana Tomás Lozano

POR FAVOR

No me pidas que cocine
porque “se lleva”;
ni que friegue la vajilla,
ni que lave camisetas,
ni que cosa los botones
de mi chaqueta.

No me lo pidas, mujer,
Por más que en otros lo veas,
Ni que abrillante los muebles,
ni que barra la escalera,
ni que lustre los zapatos,
ni que prepare la mesa.

Y no es que lo vea mal,
Que sé que es de la pareja
desde criar a los hijos
hasta acudir a las fiestas...
¿Qué ha de parecerme mal?
lo veo muy bien, que lo sepas.

Mas no me pidas, mujer,
porque se lleva,
llevar el pelo muy largo,
ni arillos en las orejas,
que entonces, siendo yo niño,
allá por los años treinta,


que los hombres cocinaran,
que plancharan o barrieran,
no podía imaginarse,
no cabía en la cabeza,
y yo no puedo cambiar
tan fácil, aunque quisiera,

por más que a ti te gustara...
yo quiero que lo comprendas,
sería como cambiar
mi propia naturaleza:
Lo que se aprende de niño
a fuego en el alma queda.

No me pidas que cocine
porque se lleva.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Un Belén.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 15 diciembre 2012
Un Belén 
Cuento que dedico a mi hija Lina Mª Tomás Pastor

-Mamá hace  el Belén, como otros años, en la galería. ¡Cómo goza ella colocando las figuras!
-¿Va a poner la mula y el buey?
-Lo primero. Este año en los Belenes no faltan estos animales.
-¿Y eso?
-Dijo el Santo Padre que en ninguna parte del Evangelio había leído que fueran un buey y una mula a adorar al Niño. Que era de suponer que si nació Jesús en un establo, hubiera cerca bueyes y mulas. Pero que era más literatura que historia real.
Y sobra que dijera eso el Papa para que otros se encargaran de añadir: “Ha dicho Benedicto XVI que sobran el buey y la mula de los  belenes”.
Ya no hubo más de qué hablar. Los fabricantes de figuras belenísticas pensaron prescindir de sus moldes y fabricar más estrellas, reyes y nacimientos con el Niño, la Virgen y San José.
Mas en la polémica acalorada se vio lo que ya se sabía: que basta que una cosa se prohíba para desearla más. Desde entonces no salía un Belén de fábrica que no tuviera bien visibles una mula lustrosa y un buey manso al lado del Niño.

-¿Diría el Papa lo que dijo por fomentar la producción de estas figuras?
Un pariente suyo fabricaba belenes por herencia familiar. Y un día, preocupado, le dijo al Papa: “Primo, disminuyen los pedidos de Belenes alarmantemente, sobre todo las figuras de la mula y el buey”.
Y el Papa, listo como él solo y psicólogo nato, se sonrió y lanzó su especie: “En el Nacimiento no hubo mula ni buey”. Sabía lo que decía y la reacción que iban a tener sus palabras.
Pronto su pariente le escribió eufórico: “¡Milagro, primo, milagro! He tenido que ampliar el negocio, sobre todo para hacer mulas y bueyes. No damos abasto ni de día ni de noche toda la familia. Si antes éramos dos en la fábrica, desde que hablamos, ni con veinte somos bastantes”.
Benedicto XVI volvió a sonreír sin que nadie se apercibiera. Solo San Francisco de Asís, creador del primer Belén de la historia, le guiñó un ojo  a través de las nubes para aprobar la genial idea que había tenido.
Los enemigos de los belenes se frotaron las manos cuando supieron que el mismo sucesor de Pedro había “prohibido” los Nacimientos en las casas con figuras de terracota.
Y viendo que desde entonces se multiplicaron como el milagro de los panes y los peces, se reunieron en Asamblea para estudiar el hecho milagroso.
A la Asamblea acudió un tránsfuga disfrazado, comisionado por la Iglesia, quien al final de la reunión dijo: “En las cosas de Dios el hombre no puede decidir; ha de aceptar lo que Él quiere, y en su nombre lo que ordena el Vicario de Cristo. Veamos en la mula y el buey la voluntad de que se sigan haciendo Belenes en los hogares para conmemorar el Nacimiento de Jesús”.
Y la reunión se disolvió sin más.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Atropellos y superventas.


Litesofías entre literatura y filosofía-, 14 diciembre 12
Fragmentos
            ATROPELLOS
            Sin pretenderlo, escuché una conversación chocante, sorprendente. Una conversación que entre nosotros, españoles, puede ser paradigmática.
Uno hablaba de sus hijos; otro comentaba un viaje. No guardaba relación lo que decía cada uno. Cada cual, atropelladamente, iba a lo suyo. Como metralla, palabras y palabras disparadas al rostro del contrario.
Yo, árbitro improvisado, juez de la contienda, seguía paso a paso las incidencias del encuentro. Vi que los dos se abocaron sus cuitas, quedando satisfechos; pero ninguno supo de qué hablaba su interlocutor.
La despedida fue como sigue: "En fin, los hijos tienen estas cosas", por una parte. "Creo que volveremos otro año", por la otra. Y quedaron tan amigos.
           
            SUPERVENTAS
            El cine estaba lleno de niños y de padres. Era una venta disfrazada. Si quieres, una venta refinada.
Antes, los libreros exponían sus artículos en escaparates y aguardaban. Luego abordaron al cliente en su casa, en el hotel, en la oficina. Hasta fueron a los colegios, con obsequio incluido a los maestros.
Lo de ayer fue más: un ambiente cómodo -el cine-, un público seleccionado –padres y niños-, y una película con mensajes: "La educación del niño es necesaria", "El niño es lo primero", "Los padres no tienen tiempo". 
Y, ¡zas!, en el momento justo, luces en la sala y a ofrecer la mercancía. Señoritas elegantes abordaban a los papás con libros para vender y hojas para firmar. Ventas en firme. 
El cine se convirtió en un supermercado, donde los clientes, aturdidos, diría que hipnotizados, compraban libros sin excepción.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Hay personas agradables y personas que no lo alcanzan.


LITESOFÍAS –entre literatura y filosofía-, 13 diciembre 12, Santa Lucía
            Fragmentos

ALEGRIA
            Hay personas agradables y personas que no lo alcanzan. Cada persona es un poco como nace y un mucho como se hace.
No hablar bien de uno mismo, por ejemplo, es cosa que agrada; no hablar mal de otro, satisface sobremanera.
Hay que llenarse de alegría. "Quiero a todo el mundo", debe ser nuestro lema.  Ir pertrechados de amor, y llevar optimismo a todas partes.

            MADRUGAR
            No sé si habrá estadísticas sobre este caso, pero me atrevería a afirmar que los hombres que triunfan son madrugadores.
 La naturaleza brinda las primicias al que se levanta primero; el que viene después recoge la noticia de segunda mano. Es como quien llega a la reunión ya empezada y espera que le cuenten lo tratado.
            Los animales, obrando por instinto, se acercan más a lo natural que algunos hombres: Ni se acuestan a media noche ni se levantan a mediodía.