miércoles, 14 de noviembre de 2012

Acabo de leer un libro sobre el origen de la aviación.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 14 noviembre 12, Miércoles

Fragmento
Acabo de leer un libro sobre el origen de la aviación. Me imagino cuánto gozarían los hermanos Wright –Wilbur y Orbille- con su Flyer haciendo pruebas en solitario; era la ilusión de sus vidas desde que arreglaban bicicletas  en un modesto taller de Dayton.
He leído la historia de un Serpa –cargadores en las expediciones al Himalaya- que soñó con llegar antes que nadie a la cima del Everest. Es asombroso ver cómo, tras varias tentativas, lo consigue.
Se trata de Tenzing, montañero de Nepal, que acompañó a suizos e ingleses para terminar él y su inseparable amigo Hillary con la gloria de la conquista del techo del mundo (29 de mayo de 1953). “Hillary sacó su cámara fotográfica, yo desaté las cuatro banderas que llevaba; y Hillary me tomó una fotografía. Le hice señas de que yo tomaría la suya, pero él, por razones que ignoro, me dijo que no con la cabeza. Lo que más sentí cuando nos aprestábamos a descender fue la gran presencia de Dios. Le di las gracias”.
Los hermanos Wright soñaron con volar y lo lograron; los amigos Tenzing-Hillary quisieron con ilusión alcanzar su meta y lo consiguieron. Y es que el misterioso sueño que nos mueve a cada uno señala caminos de dicha si vemos por él y terrenos de tristeza si lo dejamos.
El tema de las vocaciones es el tema de los sueños. Hay que respetar inclinaciones naturales. Hay que dejar obrar a la maestra de maestras naturaleza.

martes, 13 de noviembre de 2012

Enfrente de mí, sentada en un sillón, mamá lee de su libro.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 13 julio 12
¡Hay que hablar!
Enfrente de mí, sentada en un sillón, mamá lee de su libro.
-¿Qué libro lee mamá?
-Su libro oracional, Jenaro. En la Obra ocupan el tiempo mejor que nosotros; han visto que hay muchos minutos en un día, que dan para muchas actividades.
-Mil cuatrocientos cuarenta, ni uno más ni uno menos.
-¡Menudo arsenal! Repartiéndolos bien, sacan para leer, para oír Misa, para rezar el Rosario, para trabajar en la casa, para dormir, para todo. Son listos. A otros se les escapa por entre las manos como la arena de un reloj.
-Así es, que muchos se quejan de no tener suficiente y es que lo administran mal.
-Más de mil cada día y les falta tiempo… Son listos estos “obreros”. ¡Qué listo fue el Santo que lo dispuso!
-Ya sé, pero déjalo estar.
-Es que es bueno que las cosas se digan, Jenaro. Hasta Jesús les dijo a sus discípulos: “Id a predicar por todo el mundo”, que era como decir: “Id por los pueblos diciendo lo que habéis visto: Anda por encima de las aguas, cura a los enfermos, multiplica los peces, resucita a los muertos…”. ¿Tú crees que si los que vieron estas cosas se hubieran callado, nosotros las sabríamos? Hay que hablar. Si San Josemaría hizo el milagro de multiplicar el tiempo para que un día diera para tanto, hay que decirlo. “No tengo tiempo”, se oye. “Sí lo tienen, Jenaro, que hagan lo que hizo el Fundador.
-¿Qué hizo el Fundador?
-Un horario; simplemente un horario. O mejor, un minutario: “Me levanto a las siete; de siete a siete y diez, desayuno; de siete y diez a siete y veinticinco, lectura; de siete y veinticinco a siete y media, voy a la iglesia; de siete y media a ocho, Misa…”. Verías cuántas cosas te salen.
-Voy a probar desde mañana.
-Prueba y verás, que resulta hasta divertido. Muy cómodo decir: “No tengo tiempo”, cuando lo tienen de sobra. Hay que hablar y gritar por el mundo la doctrina para que se conozca. ¿Tú crees que si los amigos del Maestro no dicen lo que vieron hubiera llegado a nosotros el milagro de la resurrección de Lázaro o la suya propia, que fue la madre de nuestra fe?
-¿La madre de nuestra fe?
-Sí, Jenaro, que el Señor quiso dejar para el final el milagro de los milagros: su Resurrección y Ascensión a los Cielos, lo que no dejaba duda de su paso por este mundo y al mismo tiempo de que era Hijo de Dios. Si luego los que le acompañaban se hubieran callado, ¿quién lo hubiera sabido? Hay que hablar, hay que pregonar lo que queremos que se sepa. Si San Josemaría dijo que el hombre podía ser santo donde trabajara, que había tiempo para rezar cuando otros no lo encontraban, y dijo cómo hacerlo, habrá que decirlo.
-¿Y quién fue San Josemaría?
-Un sacerdote amigo de Dios como fueron los apóstoles. Tan vinculado a todo lo divino, que hacía y predicaba lo que Dios le mandaba hacer y predicar. Este sacerdote dejó su pensamiento escrito en libros por si luego alguien decía que nunca había dicho tal cosa. Ató bien los cabos. Con todo, nos dejó la misión de comunicar su pensamiento a los que vinieran después, de llevar su evangelio a todas las partes del mundo. Así, pues, hay que hablar, Jenaro, hay que contar gritando la verdad.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Ayer leí de un tirón "El secreto de la baronesa" de Vicente Blasco Ibáñez.


Litesofía, 12 noviembre 12, lunes, San Millán


Ayer leí de un tirón “El secreto de la baronesa” de Vicente Blasco Ibáñez. Es una novelilla de fecha 26 de febrero de 1926, prologada por un admirador suyo. El tal –Antonio Precioso- da cuenta de la altura social a que había llegado el novelista en España y fuera de España. “Blasco Ibáñez es eso para mí: el Maestro, el amigo, el consejero…”.

Creo que esta admiración le lleva a exagerar en algunas ocasiones, si bien ayuda a conocer ciertos detalles del escritor. Cuenta el panegirista que el Maestro se casó con una americana millonaria “bella y gentil dama chilena, culta y afable”. Pero será hipérbole cuando dice que “con el dinero que reúne esta ilustre y célebre pareja matrimonial se podría cubrir de billetes de mil pesetas todo el suelo de España”.

He sacado cuentas como luego se dice, y resulta que siendo los billetes de 0´15 por 0´10 m. la fortuna del novelista ascendería a más de treinta billones de pesetas, lo que parece exagerado. Con todo, como digo, es para tener en cuenta que nuestro personaje no estaba en la indigencia ni mucho menos.

En la prosa se advierte la soltura y galanura de un artista de las letras; y por si fuera poco, mantiene el interés hasta el final, dejando cuando se termina un regusto de haber pasado un buen rato leyendo y casi un profundo pesar de que no siga.

Retrata una época de títulos nobiliarios y prepotencias del clero que chocan hoy. La pobre Marina, hija de la baronesa, sufre en su carne el dolor de un orgullo de clase, que le lleva a perder a un hijo sin conocerlo. “El amor, como los ríos, va de arriba abajo”. Y aquella pobre mujer, que tuvo un desliz con la única persona que trata, vive pensando cómo sería su hijo si viviera.

Novela para que leyeran los abortistas. Novela que explica el dolor de una madre que no ha podido conocer al hijo que concibió, por los prejuicios de una familia noble.

Baltasara -nombre ficticio- habla mucho.


Litesofía, 11 noviembre 12

Baltasara –nombre ficticio- habla mucho; demasiado quizás. Las personas deben cuidar en extremo lo que dicen, que las palabras pueden hacer daño. Son nuestros pensamientos y nuestros sentimientos los que afloran en el lenguaje, y debemos mirar mucho si conviene airearlos.

Callar es siempre una virtud. Hablar más de lo debido, necedad. Baltasara dijo cosas que rayaban en la calumnia: que si esta chica pasaba las horas en la discoteca; que si fulano se divorció dos veces; que si…

La opinión que nos merece una persona puede cambiar fácilmente. Todos pensaban bien de aquel hombre hasta que le oyeron hablar. Y es que lo que somos se escapa por la boca: hay que llevar cuidado con soltar el grifo sin ton ni son, sin pensar lo que decimos.

La murmuración es siempre odiosa: revela podredumbre interior. La calumnia es peor aún. Murmurar es exponer a los demás defectos de nuestros semejantes; calumniar es inventarlos, decir falsedades de otros. Tanto la murmuración como la calumnia dicen poco de uno.

Baltasara debiera callar lo que reparte como semilla que se lanza al aire. Lo cristiano es buscar remedio a los males, en silencio; no divulgarlos en cada esquina, como vulgar pregonero.

Es canallesco y ruin hablar de esta guisa de nadie; como canallesco y ruin escucharlo sin rebelarse. Lo correcto ante la maledicencia es decir: “¡No sigas, por favor, que estás murmurando!”.

Cuánta irresponsabilidad en los comentarios de corrillos. “¿Te has enterado…?”. “¿No sabes que…?”. De cristianos es, amiga Baltasara, obrar con amor, sin que nadie se entere, no destruir sin piedad pregonándolo con ropas de comentario.


sábado, 10 de noviembre de 2012

Murcia, en mi galería.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 10 noviembre 12
Fragmento

Murcia, en mi galería. El sol no ha salido hasta ahora, ni creo que vaya a salir. El tiempo está cerrado y dijo Mónica ayer que el fin de semana sería lluvioso por el Sureste peninsular. Y hasta nombró a Murcia, ¡milagro!, que, por lo general, se la salta como si no existiera: “Lloverá por Almería, por Valencia y por el resto de la costa mediterránea”. Le falta decir por Murcia.
En una ocasión, mandé una nota al periódico: “¿Acaso no ven que Murcia está ahí, muy cerca de Alicante, con un mar en su interior y pueblos tan famosos por sus vinos como Jumilla, por sus muebles como Yecla o tan conocidos como Lorca?”. Pues publicaron mi nota pero luego, en Madrid, ni caso. Seguían suprimiendo a la bella región murciana en sus pronósticos. Lo cual no deja de ser indignante.
-Tienes razón, que Murcia no es como Cataluña, que quiera ser independiente del resto del país. Se quedó sin Albacete y no dijo ni mu. “Será mejor así”, pensó. Cartagena se enfada a veces, y ella no se ofende.
-Es así, y no se merece que la traten de ese modo. Por eso, cuando Mónica o Alejandra se la saltan, correría a decirles que la nombren, por favor, que ella es también como el resto de las regiones.


viernes, 9 de noviembre de 2012

En las personas, aun sin saberlo, hay virtudes y defectos...


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 9 Noviembre 12

En las personas, aun sin saberlo, hay virtudes y defectos que viven ocultos y nos hacen obrar de una manera o de otra. Los demás, si nos observan tiempo, llegan a conocerlos, y comprenden ciertos modos de actuar.

Por ejemplo, hay personas soberbias que ante los demás pasan por personas humildes. La soberbia va con ellas pronta a manifestarse. Se ocultará mucho, se esconderá a los demás, pero va ahí. Es la lucha de la razón con esos podridos seres que dicen mal de nosotros.

Ante una soberbia fuerte, dominante, pueden muy poco la voluntad y la inteligencia. Ante una lujuria enferma y desbordante, puede poco la razón. Ante una envidia insana, la mente se derrumba, la razón se obnubila, y cede, para luego lamentar los hechos.

Como ocurre con el cuerpo, ocurre con el espíritu: somos ya cuando nacemos distintos a los demás. Un lunar en la cara lo disimulo, pero el lunar persiste. Una soberbia la escondo, pero al fin se manifiesta.

Debemos ser humildes con nosotros mismos, que es tanto como aceptarnos como somos, aunque luchemos sin tregua contra los indeseables enemigos que llevamos dentro.


jueves, 8 de noviembre de 2012

La familia se dispersa pero no se rompe.


Litesofía, 8 julio 12, jueves.   
 La familia se dispersa pero no se rompe, si hemos inculcado en los hijos, desde muy pequeños, principios de sana ética. Escribo sin convicción lo que precede. ¿Los principios que se inculcan a los niños, determinan su manera de ser luego? La familia se dispersa, pero no se rompe, independientemente de las ideas que hayamos  metido en las cabezas de nuestros hijos. La sangre tiene tanta fuerza que por siempre el hijo vuelve a los padres, como el bumerán.
 ¿Quiénes forman la familia? Hijos y padres, la cosa es clara. Los demás escapan a ese clan o núcleo familiar irrompible. Quiero decir  que los hijos y los padres son uno mismo, y se quieren aunque no quieran, y se buscan sin pretenderlo, y se necesitan. Son una misma cosa: nos duele el hijo y a éste le duelen sus padres. Es una vida que ha brotado de ellos y que ha sido moldeada por unas manos y unas voces, que lo marcaron para siempre.
 En las dehesas hay reses marcadas. Son propias. En las personas la marca es más profunda, indeleble. El hijo es de sus padres quiera o no quiera; y donde esté, de por vida se acordará de ellos. Es su impronta, su marca, que reclama su origen, su manantial.
 ¿Será que la vida es el segundo de venir al mundo? ¿Será que el resto de la existencia depende de ese momento de ver la luz? No pienso tanto, pero cada vez me inclino más por los trascendentales momentos de los comienzos para ser de una u otra forma. El idioma se ordena en el cerebro ya; como el lenguaje los demás aspectos de la persona. Somos, pues, fruto de los comienzos de la vida, de los primeros días. Nuestra existencia será conforme a ese comienzo virginal.