Litesofía –entre literatura y filosofía-, 19 diciembre 2.013
El hombre
Durante milenios, la Tierra vivió tranquila, en una serenidad cósmica absoluta. Siglos de calma, de sincronización total. Un día apareció la vida. Hubo un ligero sobresalto, para mirar algo desacostumbrado. Fue como levantar las orejas el perro ante el ruido impreciso de unas hojas.
Pero pronto, la vida vegetal se acopló a la Naturaleza. Formó parte de ella como invitado agradecido. Todo siguió igual. Diría que hasta la Tierra se alegró. Fue el adorno que faltaba de unas flores a la casa, de unos árboles y prados verdes, para asombro de otros astros, grises y pardos, de color tierra.
Y luego, tras siglos y milenios sucesivos, la Naturaleza tuvo otro desliz. ¿Cómo fue? Nadie se lo explica, pero el animal se vio en la Tierra. La aparición de esta clase de vida fue sin duda el hecho más trascendente de millones de años. El Planeta se sobresaltó de nuevo. Frunció otra vez el entrecejo. Cuando vio que se movía libremente, por si, lo miró con curiosidad.
La nueva vida se reprodujo, respetando lo que encontrara. La Naturaleza volvió a cerrar los ojos. Criaturas extrañas, al fin, pero que no le hacían daño. Seres raros que permitían dormir como antes. Hasta llegó el Planeta, en sus descansos de sueño, a sentirse agradecida, más segura y acompañada, por estos nuevos inquilinos.
Flores y animales divertidos. Colores y juegos de circo. La casa se adornaba y crecía caprichosamente en tierra firme, por aire y por mar. Legión de seres se multiplicaban a placer. Y el mundo seguía sin más complicaciones. No sabía que su único enemigo, el hombre, estaba a punto de nacer.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia
No hay comentarios:
Publicar un comentario