martes, 17 de diciembre de 2013

Belenes.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 17 diciembre 2.013, martes.

Fragmento

Murcia, las doce. Amanece el día nublado; algo fresco el ambiente. Diría, con Ramón, en una greguería, que se levanta puesto de sombrero.
Mamá, indiferente al tiempo, coloca las figuras del Belén. Luego, en enero, las quitará de nuevo para guardarlas hasta el año que viene. ¡Cómo goza mamá haciendo su Belén! Ayer lo empezó con sus nietos Alba, Miguel Ángel, Sofía y Fran; hoy lo termina sola. La afición belenística con mamá está asegurada en la familia.

En el Palacio Episcopal, situado como sabes, en la Plaza del Cardenal Belluga, ya han montado el Belén, como otros años, para que niños y mayores pasen a verlo. Yo estuve ayer, y la cola de papás con sus hijos era interminable, para ver la Cueva y el Niño, La Virgen y San José, los Reyes en sus camellos, el Ángel, la Estrella, el buey y la mula, los pastores con el ganado…

Cuando estuve de Maestro en Jumilla, donde antes fuera de niño con don Ángel, hicimos un belén original. En una zona del aula, detrás de la escalera, pusimos tierra en el suelo. Y sobre la tierra, figuras que los niños llevaron de sus casas: mulas, reyes, camellos y un Nacimiento. Cada niño señalaba la suya y decía: “¡Esa es mía!”.  Con lo que yo les contara, era suficiente para llevar a nuestra Escuela el ambiente navideño que correspondía.

Seguro que aquellos niños, hoy mayores y hasta abuelos, lo recuerdan. “¡Dios se hizo hombre y nació en un pueblecito llamado Belén!”. Figuras desparramadas y bancales con hortalizas. Era para los niños que lo hicieron el belén más fascinante y maravilloso que existiera. Pasados muchos años, saludé a uno de aquellos niños y le dije: “¿Te acuerdas de nuestra Escuela?”. Y enseguida me dijo: “¿Se acuerda del Belén que hicimos?”.
¡Qué imaginación la de los niños!  De una casita de cartón hacen un castillo; de una cueva un palacio.  Sé que mis hijos y mis nietos se acordarán siempre de los belenes que la abuela les hacía cada año con las figuras que guarda en cajas tan primorosamente.
¿No somos nosotros también…
Francisco Tomás Ortuño, Murcia

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