Recuerdos de Pamplona -A mi hija-
Si no supiera que estoy aquí, por los ruidos que me llegan de la calle y el sol que cruza la ventana, diría que sigo en Murcia. Dije que íba a sentir dejar esta ciudad y creo que será así. Esta comodidad no tiene parangón. Vaya por delante que en Murcia diría lo mismo. Y en Jumilla, y en Valencia, y en Alicante. Ergo, deduzco que la paz se lleva dentro, va con uno.
He pensado en los políticos que viajan a diario. Donde vayan, tendrán habitaciones como ésta, incluso mejores, pero esta paz que yo siento no irá con ellos con ansiedades, con miedos, con dudas por resolver.
Yo diría que es feliz el que se adapta a lo que tiene, según naturaleza. Dos personas pueden tener lo mismo y una ser feliz y la otra desgraciada.
Una campana llama a Misa. Su sonido es parecido al que oigo en Murcia. No quiero levantar la vista por si viera enfrente la torre de San Antolín. Ayer fuimos a una capilla de la Clínica de Navarra. Como hay tantos enfermos y tantos familiares de los mismos, el cupo de fieles para celebrar la Eucaristía está asegurado siempre.
Ofició un sacerdote filipino, acompañado de acólitos negros. Los miembros de la Obra tienen en su comportamiento un sello especial, un señorío que se palpa. Si todo el mundo fuera de la Obra, la Tierra sería una casa señorial, como un palacio. Me fijé un día en los frailes de Santa Ana y pensé que si el mundo fuera franciscano no habría pobres, porque se conformarían con poco. Con los miembros de la Obra pienso que serían nobles hasta en la pobreza.
San Francisco y San Josemaría, fundadores de ambas congregaciones, paseando por el cielo se dirán: “Yo quise que se amaran en la penuria. que fueran novios de la pobreza”. Y San Josemaría diría al de Asís: “Yo pensé más en la grandiosidad; el señorío puede estar en todas las situaciones de la vida”. Y en eso se distinguen: en que los unos son felices en sus conventos, con sayales y sandalias, y los otros con trajes, corbata, y grandes iglesias de recias paredes.
He ido con Lina a la Facultad. En el camino está la Ermita con la Virgen del Amor Hermoso, una talla preciosa de la Señora, con el Niño a su lado subiendo por entre libros. Debe de ser un símbolo para alumnos y profesores. “No pasa nadie sin detenerse a saludar”, me había dicho mi hija. Esperando a Lina, comprobé lo que me dijo: Nunca estaba sola.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia
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