lunes, 25 de noviembre de 2013

Acoplamientos.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 25 Noviembre 2.013
Acoplamientos
 Sin duda que mi amigo añora los tiempos de su juventud. Como él muchos. La juventud se echa de menos siempre, cierto; pero es que,  si fue tan atractiva como mandar en campamentos y desfilar con boina roja y camisa azul, se recuerda aún más si cabe.
Ayer me hablaba con calor de aquellos años. ¿Cómo no, amigo mío? 
El hombre no está preparado para ir cambiando de lugar, de profesión o ambiente. Lo ideal es seguir donde se nace, donde se crece. Por eso, quizás –habría que estudiarse mejor esta suposición-, antes se vivía con más sosiego, con menos infartos y enfermedades nerviosas. Las prisas, los cambios constantes, nos someten a tensiones difíciles de aguantar.
No es un vulgar cambio de chaqueta; más bien un difícil acoplamiento a la nueva situación. Unos no sólo no han sucumbido con el hundimiento de su época y de su ideario político, sino que han sabido destacar en la oposición.  Otros no. Recuerdan su pasado con nostalgia y no viven el presente. ¡Qué de recuerdos en el desván de su memoria!
¿La vida manda en el hombre o al revés? Yo veo que los cambios sociales dependen de nosotros: sin hombres no habría vida social. Sin embargo, observo que nos vemos arrastrados por ese  vendaval, que no sabemos cómo nació pero que nos arrolla. Nos vemos envueltos en la barahúnda, y sufrimos las consecuencias de situaciones que nos son ajenas.
Los niños viven bien lo nuevo –es lo suyo- y ni aceptan ni comprenden otro modo de ser; pero los mayores, apenas si pueden con las formas que se presentan nuevas. No es que lo vean mal, no; sino que no soportan el cambio,  no pueden adaptarse a situaciones tan diferentes. Los desborda. Hay personas que –quizás aparentemente- se hacen con la nueva situación sin deterioro; pero los más, como mi amigo, se quedan en los recuerdos de sus años mozos.
                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia


viernes, 22 de noviembre de 2013

Conjeturas.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 22 Noviembre 2.013
Conjeturas
Hasta no hace mucho tiempo, los niños no iban de viaje de estudios con los compañeros de Colegio. Mas era fácil adivinar que llegarían estos viajes. Siempre sabrían mejor lo que era un pantano o un río viéndolos que con explicaciones en el aula, aparte lo que conllevaría el viaje para estos niños de relación, de diálogo, de compartir, de conocer a otras personas.
Lo mismo ocurría con las piscinas y las playas. Por entonces, se echaban de menos estos lugares de reunión que hay ahora. Se intuía que llegaría el momento en que la gente se lanzara en tromba al agua limpia y vigilada de lugares concurridos. ¿Cómo iba a ser normal ir a charcas de aguas estancadas? Por lógica se adivinaba que estas situaciones tenían que cambiar.
En las personas es fácil saber lo que sigue a cada momento: su ciclo vital nos es archiconocido. Pero de la Humanidad, o río humano, conocemos solo el presente y no del todo. Ni sabemos cómo fue durante millones de años ni podemos conocer un futuro que no se ha visto. Como  un niño que se viera solo en el mundo: ni sabría cómo vino a la jungla, ni menos lo que aún estaba por llegar.
La humanidad, como grupo, se pierde en conjeturas y misterios. Con todo, por hechos recientes nos atrevemos a pronosticar el futuro. Como quien ve una piedra lanzada y enfrente un cristal y prevé, décimas de segundos antes, que la piedra va a alcanzarlo y a romperlo en añicos. Esta es la ciencia que llamamos Prospectiva: Conocer lo que va a ocurrir por hechos imaginables casi evidentes.
¿Serían los profetas grandes prospectivistas, Isaías, Ezequiel, Joel, Amós y tantos otros, de quienes cuenta la historia que profetizaron hechos que ocurrieron en la vida del pueblo de Israel? ¿Personas con razonamiento muy desarrollado que  enfebrecidos por un deseo, a la vista de injusticias e iniquidades, soñaran con un  caudillo que los librara de la esclavitud? 

Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

jueves, 21 de noviembre de 2013

Arboleja.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 21 Noviembre 2.013
Arboleja
Ayer estuve en la Arboleja. Fui unos kilómetros en coche por la hermosa huerta que une -o que separa- a Murcia del villorrio. -“Dende Murcia a la Arboleja” se titula un libro de poemas panochos; su autor conocería bien este camino para cantarlo en sus versos-.
Para saber lo que es la huerta de Murcia, nada mejor que ir a la Arboleja. ¡Qué delicia será vivir allí, entre huertos repletos de naranjos! Las viviendas son más chalés que casas de labranza.
¿Quién iba a pensar hace unos años que en las puertas de estas casas, habría indefectiblemente un coche? Las mulas desaparecieron, los carros, los arados... Vinieron los tractores a sustituirlos, los coches, la televisión.
Ver estas barracas huertanas, alegra el corazón; no lo deprime como antes. Los tiempos son otros.  A mí me daban envidia ayer estos huertanos y sus tierras, lejos del mundanal, ideales para una cura de nervios, como un sanatorio.
Sin querer, me acordé de Santana, en Jumilla, cerca del convento. Veía ciertas similitudes, con lo dispar del paisaje. En los dos ambientes encontraba silencio,  naturaleza abierta con estallidos de sol.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

miércoles, 20 de noviembre de 2013

El hombre es trigo y la mujer molino.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 20 Noviembre 2.013, miércoles
Para mis “Diálogos con Benedicto XVI”

Fragmento

-Amigo Benedicto, ayer, en la piscina, yo pensaba…
-¿Qué pensabas ayer en la piscina, Francisco?
-Pensaba que el hombre es trigo y la mujer molino.
-¡Vaya por Dios!, ¿y qué te hacía pensar cosa tan peregrina?
-No lo sé, pero lo pensaba.
-Trigo el hombre y la mujer molino… ¿y se acababa ahí tu pensamiento?
-Llegaba más allá, Benedicto: era una parábola. Jesús también hablaba con parábolas a sus discípulos: historias paralelas para que se comprendieran mejor.
-¿Y cómo seguía tu… cuento macabeo?
-Pensaba que el matrimonio necesita de hombre y mujer para tener un hijo.
-Tan claro como la luz del sol; no hacía falta pensar mucho.
-De la misma forma, el trigo y el molino se necesitan para hacer el pan. Sin trigo no hay harina; y sin molino que lo triture, tampoco. ¿Qué puede moler un molino si no tiene trigo que moler? ¿Cómo se molería el trigo sin molino que lo moliera? Se necesitan ambos para que haya pan.
-Sigue siendo evidente de toda evidencia tu pensamiento, Francisco.
-Una vez que el molino muele el trigo, la harina que surge necesita de otros ingredientes para llegar a ser pan: agua, sal, levadura, manos que le den forma… y un horno para cocer la masa y que salga el pan crujiente y calentito.
La masa, por sí sola, no puede llegar a ser pan; necesita de los cuidados de los que lo trajeron al mundo y un grado de cocción justo para ser un pan bueno. La masa no es el padre; la masa no es la madre, pero sin ellos no existiría.
Y no solo no existiría sino que moriría si no tuviera sus cuidados. No llegaría al fin para el que nació: ser pan para ser comido. Esa operación es de la familia, tan necesaria como haberlo nacido antes. Cuando el pan sale del horno calentito y crujiente, dispuesto a vivir por sí solo, los padres ya sobran en el proceso creador.
-No está mal tu símil o parábola.
-No sé, Benedicto, si lo habré pensado yo el primero, o si lo habré leído en alguna parte, que la cabeza piensa cosas que, quizás, otros ya habían pensado.

 Francisco Tomás Ortuño, Murcia

martes, 19 de noviembre de 2013

Ascética.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 19 Noviembre 2.013, martes
 
Ascética
 
Las personas se dividen en dos clases: buenas y malas, amables o perversas. Las buenas o amables no pueden ser malas; las perversas se reparten, a su vez, entre las que consiguen ser buenas por méritos propios –luchan, se vencen- y las que no pueden, o no lo intentan siquiera.
 
Las buenas son así desde que existen, y hagan lo que hagan serán como son; no pueden ser de otro modo. No hacen mal a nadie, no piensan mal; sólo pasan por el mundo haciendo bien sin proponérselo. 
 
La mística y la ascética.
 
¿Tienen mérito las acciones de estas personas? El valor está en aquellos que se esfuerzan por ser mejores y lo consiguen; en los que luchan contra natura. Ahí está el gran merecimiento.
 
Los virtuosos y los malvados viven juntos. A los primeros no les supone esfuerzo obrar bien; a los otros sí. La lucha de la sociedad debe estar en conseguir que los que nacieron torcidos tengan un objetivo atrayente, fascinante, que les haga ser de modo diferente.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

lunes, 18 de noviembre de 2013

La ignorancia no exime de culpa.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 18 Noviembre 2.013
De mis “Diálogos con Benedicto XVI”  -fragmento-

Murcia, las ocho, en mi escritorio. Frío y lluvioso fuera, como dijo el meteorólogo Brasero ayer.
-Vaya apellido para anunciar el frío.
-Es verdad, debía de tener dos nombres: uno para anunciar el calor y otro para pronosticar el frío: Brasero y Congelador, por ejemplo.
-Deja las bromas, Francisco, ¿cómo va a tener dos nombres?
-Le vendrían que ni pintado, como sus vaticinios: si con barbas, San Antón; y sin ellas, la Purísima Concepción. ¿No observas que en el mapa reparte lluvias y soles a capricho? Si acierta, bien; si no acierta, sería al vecino.
-Vaya, estás bromista hoy.
-Es que llamarse Brasero para anunciar el frío…, ¿tú qué piensas, Benedicto?
-Que nada tiene que ver una cosa con la otra. ¿No decís por Jumilla que las culpas de Ontur no las debe pagar Albatana? Pues lo mismo: el tiempo es el tiempo y el patronímico es otra cosa. Deja quietos los nombres y escucha lo que proclaman.
-Pero sin tener nada que ver, situaciones puntuales debían de tener su excepción. Hay nombres que se contradicen al mensaje que quieren dar.
-A ver, dime un ejemplo, Francisco.
-Pienso en el cura que haya tenido la poca suerte de apellidarse Ladrón. Supongamos que explica en la catequesis: “El séptimo Mandamiento de la Ley de Dios es no hurtar; no queráis lo que no es vuestro, hermanos”. Y alguno le dice: “¿Y eso cómo se consigue, señor Ladrón?”. ¿No podía apellidarse mejor Honrado o Justo?

-Bueno, bueno, cambiemos de asunto. ¿Qué has hecho esta mañana?
-Con mi gimnasia podal estuve viendo a Jiménez Losantos en su programa “La mañana de Federico”.
-¿Y qué decía este hombre?
-A mí me encanta, ¿qué quieres que te diga? Llama al pan pan y al vino vino. Es el azote de los corruptos y no tiene pelos en la lengua.
-¿Cómo va a tener pelos en la lengua?
-Quiero decir que lo que otros callan por prudencia, miedo o interés, él lo dice bien alto.
-¿Por ejemplo?
-Todo; Federico es como un periódico que hubo, llamado “El Caso”, donde solo sacaban trapos sucios ocurridos, episodios inmundos.
-¿Y hoy qué tocaba?
-Los excarcelados de turno. Acusaba a Gallardón de mandar a los presos a sus casas, sin tener en cuenta que un etarra volverá a las andadas y un violador tornará a trangredir la ley.
-Sí, claro, pero ¿no decías, Francisco, que los hombres no son malos sino enfermos? ¿Qué hacen entonces los presos en la cárcel? En eso veo que no estás de acuerdo con tu admirado delator de iniquidades.
-Y lo pienso, Benedicto: estos presos no son malos, son enfermos. Pero como tales y peligrosos deben estar aparte. ¿Qué hacían antes con los leprosos? Los ponían donde nadie los pudiera ver, donde no pudieran contagiar. Y a los pedófilos, por ejemplo, a los violadores en general, hay que amarrarlos bien y no dejarlos sueltos como a personas normales. Y no sería lo mismo, aunque se pareciera terminológicamente que estar en la cárcel.
-Muy difícil, Francisco, llevar a cabo tu programa doctrinal. En la sociedad tiene que haber una Ley y el que la incumpla, infrinja o transgreda deberá pagarlo de algún modo: con encierro, separación o castigo.
-Sin merecerse nada.
-El juez solo quiere pruebas objetivas: “¿Has incumplido la ley? Debes pagarlo y punto pelota”.
Pero si no sabía o no podía…
-La ignorancia no exime de culpa; y si no podía, Dios le juzgará.
-Ay, Benedicto, aquí en la Tierra, ¿qué justicia tenemos? Veo que hay lagunas en el Código Civil y Penal: no se tiene en cuenta la íntima, la verdadera realidad del pensamiento humano, a veces desconocido por la misma persona que lo ejecuta. Si yo cometo un crimen pasional porque un viento malo me ha transformado en una bestia, ¿soy culpable de mi acción? Si contra mi voluntad cometo un asesinato, ¿soy reo de culpa?
-Todo lo humano es imperfecto, Francisco.
-Vamos a dejarlo por hoy, Benedicto…   


Francisco Tomás Ortuño, Murcia

sábado, 16 de noviembre de 2013

Chauvinismo.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 16 Noviembre 2.013
Chauvinismo
He leído otra vez “Historias Nacionales” de Alarcón –Pedro Antonio-. Están en el libro núm. 1072 de la Colección Austral. Según confiesa el mismo autor, escribió estos relatos cuando tenía veinte años. Teniendo en cuenta que nació en 1833 –en Guadix, Granada-, dichas historias vieron la luz por la década de los cincuenta del siglo XX.
Se ve en dichas historias a un Alarcón joven, apasionado, romántico y realista a la vez, así como destellos claros del narrador extraordinario que se revelara en su “Diario de un testigo en la guerra de África”.
Lo que cuenta -que no vivió, por cierto- de la Guerra de la Independencia, hará poca gracia a los franceses que lo lean. En “El carbonero alcalde”, por ejemplo, los lepezeños –gentilicio de la villa de Lapeza, en Guadix- quedan como buenos, y los seguidores del general Rodino como bestias despiadadas.
Creo que se pasa en la pintura de los hechos, aunque hay que reconocer que es de efecto lo que dice. Psicológicamente se ve una obra de juventud, pero con visos de madurez. A los franceses les gustará poco que se disponga a los paisanos de Manuel Atienza, el alcalde, contra ellos, de la forma que lo hace.
Particularmente me reservo la opinión que esta postura patriótica -¿chauvinismo?- me merece; pero diré que esta clase de lecturas tiene la virtud, poco recomendable, de encender odios y crear enemistades durante siglos entre las personas, de recordar acciones pasadas que deberían olvidarse.
                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia