sábado, 9 de noviembre de 2013

En su jubilación.

Ayer, celebrando la jubilación de una compañera, leí, con otras intervenciones, el siguiente escrito:
 
A una compañera en su jubilación

Querida Amparo:

El otro día me dijo un amigo que te habías jubilado, y que los compañeros te  preparaban un homenaje. Me sumé encantado al mismo desde el primer momento.

 Me vas a permitir unas palabras, por la experiencia que llevo de jubilado, por si te sirven de ayuda. Y si te cuento cosas en primera persona es por no involucrar a otros que hayan pasado por el camino que tú inicias ahora.

Entraste como parvulista –hoy diría Profesora de Educación Infantil- en el Colegio “San Andrés” el mismo Curso que yo. Tus compañeras de párvulos eran Delia y Pepita. Estaban también en el Colegio: don José, doña Mariana, don Antonio Molina, don Ildefonso, don Salvador Ortiz, doña Serafina y alguno más. Luego se incorporaron de otros Colegios: José María, Jesús, Milagros… Todos maestros estupendos.

¡Qué poco trabajo tenía el Director con semejante plantilla de profesores! ¿Qué podía añadir a unas Maestras como vosotras –Amparo, Pepita, Delia- que se desvivían y gozaban con su trabajo y lo hacían como los propios ángeles? ¿Qué podía decir a don Francisco Sarabia, que había creado una Biblioteca pidiendo libros a centros comerciales, sino poner su nombre a la misma en un acto solemne? ¿Qué podía añadir a don Salvador Ortiz, que quería a sus alumnos como a hijos propios, y que luego consiguieron del Ayuntamiento que una calle de Murcia llevara su nombre? ¿Qué a don Ildefonso, director que había sido y conocía el barrio como nadie?

El aula tuya, Amparo, estaba en la planta baja. Lo recuerdo perfectamente. Eras tan joven y tan mona que parecías una alumna de séptimo, a lo más de octavo curso. Un día te puse en la pizarra: “Amparo, eres un sol”. Era una broma, pero me salió del alma. No sé si llegaste a leerlo o si supiste quién lo había escrito. Quedó en eso mi atrevido piropo, que iba dirigido, como es natural, a la Maestra que era Amparo, y a la Clase alegre, extraordinaria, que conseguía. Con aros de colores y cartones en el suelo, los niños y las niñas jugaban y aprendían. Yo pensaba en María Montessori, pedagoga que estudié en mis libros, de la primera mitad del siglo XX, que intentaba desarrollar en los niños la educación de los sentidos. Cuando sus alumnos abrochaban botones decía que estaban aprendiendo a escribir.

¡Qué felices nos hacen los alumnos luego, Amparo, recordando sus tiempos escolares! Te cuento: Mi primera Escuela fue en un pueblo de Teruel. Tenía yo veinte años y allí pasé solo dos Cursos. De alumnos de entonces recibo felicitaciones por Navidad. Hasta uno me mandó un vídeo con la boda de su hija. ¿Qué digo?, hasta vino a verme hace poco de Zaragoza donde vive, y me trajo cuadernos de nuestra escuela. Seguro que luego te dirán a ti también: “Doña Amparo, yo fui alumna suya, ¿se acuerda de mí?”. No sabrá que los alumnos que tenemos quedan grabados en nuestra alma, en nuestro corazón. Que los recuerdos son hilos conductores del pasado.

Cuando dejé el Colegio, Curso 1.986-87, eran momentos difíciles, delicados. El cambio a la democracia afectó sin duda a los Centros docentes. Yo escribí un libro que titulé “Verano 86” donde recogía estos momentos para recuerdo de mis hijos. No fue decisión mía dejar el Colegio, Amparo, fue  “por imperativo legal”, como dijeron ciertos diputados luego para acatar la Constitución cuando tomaron posesión de sus cargos.

La jubilación, Amparo, es larga y jubilosa –de ahí su nombre-. Pobre del que se cruza de brazos porque no le queda nada por hacer. Hace unos meses, en Junio, celebré con mi familia –cinco hijos, trece nietos- mis primeros ochenta años. Al día siguiente cogí el coche y solo me fui a Alicante a bañarme en el Postiguet, frente al Hotel Meliá. Quise decir a mis hijos, sin palabras, que a los ochenta hoy se pueden hacer cosas inconcebibles antes. Así que tienes camino por delante.

Llena tu tiempo, Amparo, con la familia, con tus grandes aficiones; haz lo que siempre habías deseado y te faltaba tiempo; no des lugar a que la ociosidad  te pueda. A mí, por ejemplo, me dio por escribir libros con experiencias de mi vida profesional: Don Quijote para niños, Gramática fácil, Libro de Dictados…  Y  a mis setenta y cinco años hice el Doctorado en Lengua española.

Que seas muy feliz, Amparo, en la nueva etapa que inicias.
De corazón te lo desea tu compañero Francisco Tomás Ortuño.

Amanuenses.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 9 Noviembre 2.013
 Amanuenses  -fragmento-
A veces, escribir se convierte en una necesidad.  Como todo hábito, cuando llega su momento, se desea cumplir con la obligación que nos hemos impuesto. Si fuera salir a correr, sería lo mismo.
Escribir unos minutos cada día hace sentirnos felices por el deber cumplido. Nada mejor para sentirnos bien que estar conformes con nosotros. Si yo saliera hoy sin haber escrito algo, sentiría conmigo la desazón de quien no ha cumplido con su deber.
Leía hace un rato un libro de Alarcón. Decía el novelista: “Hoy voy a contar lo sucedido a un hombre que vive todavía. Hoy no soy escritor sino amanuense”. Para Alarcón, según lo que precede, ser escritor es inventar. Decir lo que ocurre a tu alrededor es ser cronista, periodista o historiador.
Yo quiero ser escritor, escribir sobre temas que me sugieran otros comentarios y espoleen mi imaginación. De aquí que un libro que escribí lo titulara “Crónicas con estrambote”. “Crónicas” sobre sucesos reales, y “estrambotes”, mi aportación personal.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

viernes, 8 de noviembre de 2013

Vísperas de fiesta.

¿Por qué nos gustan los Viernes? ¿Por qué los Lunes nos desagradan? Por el trabajo, sin duda: los Lunes tienen días por delante de trabajo; los Viernes son vísperas de fiesta; o, por lo menos, de hacer cada cual lo que le venga en gana y a su aire. Cuando hay una fiesta en medio de semana, la semana es más simpática. Hay que ver los Lunes con ilusión. Cuando los convirtamos en días alegres, habremos cambiado la sociedad.
-¿Y cómo realizar el milagro?
-Pues, dulcificando el trabajo.
-¿Y cómo?
-Haciéndolo más ameno. Dando a cada cual su preferido, su auténtico trabajo, su puesto ilusionante. Cuando el hombre vaya al trabajo como va a una fiesta, cuando le sea tan grato que no lo cambie por otro ni por nada del mundo, rendirá más, se sentirá mejor.
El problema del trabajo está por revisar.  Estarás conmigo en que así no debe seguir; es injusto en todos los terrenos: unos trabajan y otros no; unos trabajan muchas horas y otros pocas; unos en tareas duras, y otros en faenas suaves. El reparto del trabajo es de lo más injusto que tenemos. Hay que revisar las estructuras sociales, humanizar los trabajos, y repartirlos mejor.
Cuando el trabajo sea liviano como pluma y grato como caricia, los Lunes serán, sin duda, como los Viernes. Hoy no, hoy, para una inmensa mayoría, son odiosos, y hasta peligrosos.

                                                                Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

jueves, 7 de noviembre de 2013

Sedantes.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 7 Noviembre 2.013
A mi hijo F.Amós Tomás Pastor
 Sedantes
Mamá, de habitación en habitación, escucha música clásica: “Pon música de la que a mí me gusta”, me dice. Se oye en toda la casa, sin estridencias, una de las “Melodías más bellas del mundo”: Danza eslava nº 1 en Re mayor. A los jóvenes les agrada más otra música. Prefieren canciones de ritmo trepidante, que escuchan en discotecas.
La música es necesaria. Los Centros docentes debían de tener hilo musical. Sería un sedante para los nervios. La casa alegre que debe ser la Escuela, no puede estar ayuna de música. Los niños deben de entrar con música al Colegio y deben de salir escuchando música, y hasta diría que deben trabajar con música. La música alegra el espíritu y el trabajo. Sólo que hay que escogerla bien para las distintas situaciones.
Si queremos que el niño goce con música clásica, que la prefiera, que la sienta, nada mejor que dársela a oír. Poco a poco, se irá adentrando en su espíritu. Si a esto añadimos nociones de compositores y títulos de sus obras, los niños sabrán siempre distinguir piezas que escuchen ocasionalmente. Es una triste realidad: los niños apenas saben quién es Beethoven, Strauss, Bach o Vivaldi; y si oyen una sonata no la distinguen de una ópera.
El boom de la música ha de llegar. Ya los Conservatorios se llenan de niños ávidos de saber solfeo y de tocar instrumento. La música debe ocupar el rango que le corresponde. Pronto nos inundaremos de música en las escuelas; otra cosa no tiene sentido. Que no se sepa quién es Falla, Breton o Tchaikovsky dice muy poco de nuestro sistema educativo. Que no guste Albéniz es sintomático de enfermedad educativa grave.
Qué ambientes tan distintos los del Conservatorio y la discoteca. En los dos hay jóvenes, en los dos hay música, pero son diametralmente opuestos. En el Conservatorio, los jóvenes sueñan con llegar a ser grandes músicos –pianistas, guitarristas, violinistas- y aprenden solfeo e historia de la música. En la discoteca, los jóvenes no  sueñan con llegar, viven un presente cargado de humo y tedio.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Exomatismos.

    Litesofía –entre literatura y filosofía-, 6 Noviembre 2.013
Exomatismos
En las muertes violentas, el alma revoloteará abrazada a su cuerpo por algún tiempo. La cogerá desprevenida y no se hará a la idea de que tiene que salir; se resistirá a partir creyendo que no es su hora.
Hay casos de exomatismos, en que el alma ve a su cuerpo desde fuera. Será curioso luego retornar y recordar el hecho. ¿Quién la impulsó a salir? ¿Fue una llamada a la huida que no admitía réplica? ¿Un desconectarse instantáneo, automático, como un movimiento reflejo?
Me imagino que el alma va con su dueño confiada,  tranquila. Cuando hay enfermedad, debe ponerse en guardia, nerviosa, y hasta adoptar los gestos del viajero que, próximo a su destino, busca las maletas con la vista.
Mas en el caso de un accidente, el alma debe llevarse un susto morrocotudo. “¿Qué ocurre?, ¿qué pasa?”. No es de extrañar que se abrace al cuerpo y se resista a dejarlo; es más, debe de ser inevitable.
Yo quisiera que mi despedida fuera de las naturales. Que el alma dijera: “¡Ya estoy lista”. Y luego: “Otro poco, ¿vale?”. Como quien lo piensa en el andén y tiene veinte despedidas. Y al final, como jugando, una caricia leve y ¡hasta siempre!

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

martes, 5 de noviembre de 2013

Paralelismos.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 5 Noviembre 2.013
Paralelismos
Los niños se buscan unos a otros. Su mundo son ellos y sus juegos. Los mayores no contamos. Vivimos cerca y lejos; con ellos pero aparte. El mundo de los niños está próximo y tan distante del nuestro que no se vislumbran.
El niño recorre en pocos años la historia de la humanidad –paralelismo entre ontogenia y filogenia-; el adulto ha llegado. Así que, entre un niño y un adulto hay siglos de distancia. Y esto a veces no se tiene en cuenta.
Los padres, los adultos en general, deben de saber que los niños no comprenden nuestros problemas. Cuando observo que les hacemos participar de nuestro sofisticado mundo, creo que estamos cometiendo con ellos una gran injusticia.
Ellos deben vivir en niño. Pero por abuso de fuerza y de autoridad, la sociedad está montada a la medida de los mayores, y queremos que los pequeños vivan a gusto en ella aunque no puedan. 
Me imagino que a los hombres primitivos les hubiera ocurrido lo mismo si los trasplantan a una gran ciudad moderna. Aquellos rudos seres de cuevas y hachas de piedra, se hubieran asfixiado con nuestra civilización. 
Todo a su debido tiempo. “Que aprendan pronto”. Tremenda equivocación. “No por mucho madrugar, amanece más temprano”. Los niños son niños y deben ser niños; querer para ellos cosas de mayores es no comprenderlos y hasta no quererlos bien.
Al niño juegos, palabras, alimentos y hechos de niños. “¿Cómo quieren que comprenda lo que no está en mí comprender?”. “¿Cómo quieren que corra si no sé andar?”. “¿Cómo se empeñan en que haga lo que no es tiempo de hacer?”.
Los niños viven con nosotros pero en otro mundo. Un mundo, geográficamente próximo, confundido con el nuestro, pero mentalmente distante, tan alejados que no se puede distinguir.
¿Qué piensan los niños? Todos lo fuimos, pero pasó tan deprisa la edad, como un meteorito, que apenas se recuerda.
¿En qué piensan los niños? El adulto lleva una marcha lenta porque ha llegado. Va al paso de la humanidad. Pero el niño vuela, corre vertiginosamente. En pocos años recorre siglos de vida.
¿Cómo pueden pensar los niños? ¿Se puede dar mayor milagro? Su vida es un disparo hasta que llega arriba, con los mayores. Si pudiéramos entrar en ellos un instante, creo que nos asustaríamos. 
Escribir para niños es empresa ardua, nada fácil. Llegar al niño con acierto, pura casualidad. Se expone el escritor a pasarse o a no llegar a su terreno. Quizás lo mejor fuera ofrecer, simplemente ofrecer, y que él recoja lo que necesite. Darle “porque es lo suyo” me parece demasiada presunción por nuestra parte.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

lunes, 4 de noviembre de 2013

Anulado.

           Ayer estuve en la consulta de don Luis. Don Luis es siempre el mismo: no cambia de una visita a otra, de un año a otro. “Hola, ¿qué tal?, siéntese”. Como la primera vez, los mismos gestos y las mismas palabras.
Don Luis es serio, educado, elegante. De estas personas que viven su profesión con tal intensidad que terminan adoptando unas maneras peculiares; como una máscara que estrenaron el día de iniciar la carrera y no se despojan de ella ni para andar por casa. Pienso que su mujer le dirá a veces: “Hombre, Luis, que estamos solos, deja de hablarme como médico”. Y él no sabrá.
Hay maestros a los que pasa lo mismo: a fuerza de tratar con niños, no saben luego hablar con adultos sino desde ese pedestal en que se colocan para explicar en la escuela. “Como muy bien dices…”. “Debes saber que…”, “Hijo, yo te aconsejo…”. No hay forma de hablar con el otro, que llevan  escondido, perdido en alguna parte.
Debemos hablar, según las ocasiones, bien con el señor de palabras altisonantes, bien con el otro más informal. Hablar siempre lo mismo es como anular a nuestro más íntimo dueño, a nuestro más sincero “yo” que todos tenemos.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia