domingo, 10 de febrero de 2013

Punks.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 10 febrero 2.013
PUNKS
En un programa de televisión, esta semana, preguntaron a los concursantes qué era la palabra “punk” entre varias opciones. Recordé enseguida lo que nos ocurrió a don Francisco Sarabia y a mí en el Colegio de “San Andrés” de Murcia. Entró un joven a pedir un Certificado de haber sido alumno del Centro. Llevaba el pelo largo y ropas  un tanto extravagantes, o nos pareció a nosotros.
            -Venía a recoger un título -dijo.
            Don Francisco se le quedó mirando con atención.
            -No te había conocido –le dijo al fin.
            Había sido alumno suyo dos años antes.
            -Es que con pendientes y ese pelo... -se atrevió a continuar don Francisco después-. ¿Cómo se llama este movimiento?
            -Se escribe “punk” y se pronuncia “pank” -replicó el muchacho displicente.
            Cuando quedamos solos, echamos mano de un diccionario inglés. Sí, estaba allí la palabreja, pero quedamos sorprendidos al ver que significaba "basura" en español.
-Tal vez los componentes del grupo "punk" no saben esto", pensamos.
-O quizás sí, que se sientan orgullosos de ser distintos a lo que encontraron ellos, y su timbre de gloria sea el cambio que exteriorizan. 

sábado, 9 de febrero de 2013

Filosofías.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 9 febrero 2.013
Fragmentos
FILOSOFIAS

            Sabia filosofía la de contentarse con lo que nos ocurre: "Tendría que ser así". Esperar con ilusión la sorpresa de cada momento: "Lo que haya de ser será". ¿Resignación? No. Más bien saberse gobernado por una fuerza sabia y confiar en ella. "A ver qué tengo reservado para hoy". Aceptar alegres lo bueno y lo malo que nos ocurra.

viernes, 8 de febrero de 2013

Relojes.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 8 febrero 2.013
            RELOJES
            Son las nueve de la mañana, pero en mi vida son... Lo aclaro: de ocho de la mañana, cuando uno se levanta, a doce de la noche, que se acuesta, hay dieciséis horas. La vida media de la persona dura ochenta años. Los veinte años corresponden a cuatro horas del día. Ochenta es a dieciséis como veinte es a cuatro. Clarísimo. Ergo, desde las ocho que se levanta, cuatro horas más son las doce del mediodía. El sol calienta fuerte. Está en su plenitud. En cambio los sesenta se corresponden con las ocho de la tarde.  Son horas las que restan de salir a pasear, de ver la tele, de esperar con calma el momento de acostarse.
            En esta proporción de dieciséis horas del día y ochenta años de vida, cada hora corresponde a cinco años. Puede ser interesante no perder de vista nuestra hora biológica, ya que cada día es la viva representación de una vida. Decir que son las diez de la mañana es hablar de hora de trabajo; hablar de las doce es hablar de fuerza y de vigor; las ocho de la tarde es hora de balances y recuentos.
            Si hacemos números resulta que cada minuto equivales a un mes: si una hora son cinco años de vida, sesenta minutos equivalen a sesenta meses, o, lo que es lo mismo, un minuto equivale a un mes. Un año, pues, son doce minutos. Quien pasa de los ochenta años, ha cubierto cumplidamente la etapa de su vida: pasar de esa hora -doce de la noche- es solo para dar gracias y rezar como campeones que han llegado a su meta.
Francisco Tomás Ortuño

jueves, 7 de febrero de 2013

Indicios.


 INDICIOS
            Hablar mucho puede ser una forma de disfrazar la propia ignorancia. Lo vengo observando en algunas personas. Cuando alguien habla y habla, no deja hablar a los demás, y de esta suerte, sólo dice lo que sabe, lo que repite como un loro. Suele ocurrir que estas personas deslumbren a algunos oyentes poco dados a ciertas sutilezas del espíritu. "¡Qué bien habla! ¡Cuánto sabe!", dicen luego.
Hablar sin desmayo, sin dejar hablar, puede ser indicio claro de poca seguridad, de miedo o temor a que el oyente suscite cuestiones que no domina. La persona segura de sí, plena de ciencia, suele ser sencilla, de poco hablar; observa y apostilla si conviene; cuando habla lo hace con claridad y concisión.
            En la mujer, la mucha palabrería repele. La más zafia puede ser interesante callando. La mujer que quiere deslumbrar, no habla; sólo aprueba. La mujer no es interesante nunca por hablar mucho. El hombre que tiene de pareja a una mujer que no discute, lo sabe.
 Francisco Tomás Ortuño

miércoles, 6 de febrero de 2013

Optimismo.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 6 Febrero 2.013


Fragmento
            OPTIMISMO
            Sacudid, maestros, en casa, las tristezas, los temores; quedaos sólo con las ansias de vivir que habéis de contagiar a los niños; con el optimismo que habéis de generar en cada uno; con el amor que habéis de llevar a sus almas.

Francisco Tomás Ortuño
Doctor por la Universidad de Murcia

martes, 5 de febrero de 2013

En torno al cuento.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 4 Febrero 13

EN TORNO AL CUENTO

A mi buen amigo don José Jiménez López
En general, el Cuento requiere dos aspectos para ser catalogado como tal: que sea breve y que sea imaginario.  Es una de las formas de literatura popular más antiguas: Las Mil y una noches, Alí Babá y los cuarenta ladrones, Simbad el marino, Pulgarcito, Blancanieves, Barba Azul, la Cenicienta, etc.
Cuentos podrían considerarse numerosas manifestaciones literarias de la antigüedad: “Historia de Sinuhé el egipcio” o la “Historia de Rut” en el Antiguo Testamento. Sin duda, son Cuentos algunos relatos del “Libro de Buen Amor”, del Arcipreste de Hita, o del “Conde Lucanor”, de Juan Manuel.
Sin embargo, hasta el siglo XIV, con el “Decameron”, de Boccaccio, no se consolida la idea de Cuento en el sentido moderno de la palabra. Italia utiliza el término “Novella” para designar estas narraciones breves. Y en Francia “Nouvelle”. Cervantes llama “Novelas ejemplares” a las suyas, que todos conocemos. Se trata más bien de lo que hoy conocemos como “Novela corta”.
En el siglo XVII, La Fontaine llama Cuentos (Contes) a unas narraciones versificadas suyas de cierta vinculación con la literatura folklórica.
El Romanticismo da una nueva vida al elemento maravilloso como soporte fundamental del Cuento: Nodier, en Francia; Hoffmann, en Alemania; Poe en Estados Unidos; Bécquer, en España...
Con el periodismo se difunde el Cuento fácilmente, sin necesidad del libro que requiere la Novela. Así, por este medio, casi todos los prosistas importantes lo cultivan: Stendhal, Gautier, Pushkin, Dickens, Walter Scott, Fernán Caballero, Alarcón, etc. Y hay escritores famosos sólo por sus Cuentos: Mérimée, Trueba, Gógol, el argentino Echevarría y otros.
En la primera mitad del siglo XIX, el género cuentístico se mezcla con el “costumbrismo” de la época. En la segunda mitad, el Cuento adquiere plena carta de naturaleza en la literatura. Destacan en España: Clarín, Valera, Pereda, Pardo Bazán; en Francia: Flaubert, Maupassant; en Rusia: Turgueniev, Tolstói, Dostoievski, Chéjov.
En América latina, el Cuento conoció un apogeo que llega a la actualidad: Lastarría y Vallejo, en Chile; Milla, en Guatemala; Palma, en Perú...
A fines del XIX, el Cuento se desentiende de sus significados primigenios para ponerse en un plano de igualdad con la Novela; aunque muchos autores sigan con sus características tradicionales. Es el caso de Daudet, Stevenson, Gutiérrez Nájera o Rubén Darío.
En líneas generales, la misma situación se da en el siglo veinte. Todos los prosistas, en general, han dejado Cuentos o novelas cortas: Somerset Maugham, O´Henry, Horacio Quiroga... Los norteamericanos (short story) lo han introducido incluso en grandes novelas suyas: Hemingway. Lo mismo vemos en Italia –Pirandello-; en Gran Bretaña –Kipling, Joyce, Chesterton-; en Alemania –Kafka- .
En España, después de la guerra civil, el Cuento ha conocido un gran florecimiento: Cela, Laforet, Zunzunegui, Matute, etc.

lunes, 4 de febrero de 2013

La viuda de Campanal


LA VIUDA DE CAMPANAL

Campanal de las Torres, aldehuela montañosa, en la provincia de Molgrave, se mantenía heroicamente en lucha con la propia naturaleza. Sus pocos habitantes, mayores todos, recogían, con devoción, lo que les daba el terruño de sus antepasados.
     No había escuela como antes. El villorrio se fue desintegrando a medida que la gente joven se fue yendo a la capital en busca de trabajo. Campanal de las Torres -¡qué ironía! Ya sin torres- quedaba a diez kilómetros de la capital, más próspera ésta, sin duda, aunque sufriendo también los efectos del cierre de sus pocas industrias.
     La iglesia de Campanal era grande, o lo había sido. En realidad, lo que se conservaba de ella era una capilla en el ala del crucero, donde decía Misa don Gregorio, a las ocho, todos los días del año. El resto de la iglesia estaba en ruinas. Los vecinos del lugar recordaban otros tiempos en que voltearan las campanas y la iglesia tuviera altares floridos y santos en hornacinas. Ahora, para los que quedaban, con la capilla era suficiente. El resto, caído a trozos, quedaba amontonado con escombros cubiertos de verdín.
     Martina se mantenía hermosa y garrida a sus cincuenta años. Su porte era distinguido. Cuando vivía su esposo, don Ginés Benavides, médico de Campanal, solían ir juntos a la iglesia y a pasear los domingos por la calle Mayor. Su desplome fue más moral que físico. Martina se arreglaba como antes, vestía con elegancia, y saludaba con la misma solemnidad de siempre. Seguía siendo la Señora para todos los aldeanos, a la que hacían una ligera reverencia cuando pasaba y ella correspondía con un expresivo movimiento de cabeza.
     Cada mañana, a la misma hora, cuando tocaba don Gregorio la campana, Martina iba a la iglesia, a unos cien metros de su casa, vestida y maquillada como si fuera a una fiesta. Después desandaba el camino y se recluía de nuevo en su casa hasta el día siguiente.
     Con Martina vivía una sirvienta, ya mayor, que le hacía la compra y las labores de la casa. Josefa, que ese era su nombre, había llegado con ella y con el médico, nadie sabía de dónde. Josefa era prudente, amable, poco habladora.
     El tío Prudencio, dueño de la única tienda que existía –carne, pan, legumbres-, sabía más que nadie lo que se comía en cada casa. Sus ojillos traviesos aún alegraban a sus parroquianas con bromas intrascendentes. El tío Prudencio recordaba otros tiempos más boyantes en que la carne se vendía por kilos y los panes por piezas de dos libras. Como todo en Campanal, la tienda de Prudencio subsistía, lánguidamente, por no dejar a los vecinos sin comer.
     Martina ocupaba siempre el primer banco de la iglesia. Nadie, si llegaba antes que ella, osaba ocupar su sitio. Martina y don Gregorio se conocían bien de verse diariamente allí y por las frecuentes peroratas en el confesonario. A veces se la veía llorar. Los secretos de su alma se vaciaban en el secreto de la confesión, que sólo don Gregorio conocía. Martina, fuera de casa, no hablaba con nadie que no fuera el sacerdote. La Misa diaria era ya un rito que daba sentido a su vida. Por esos minutos, Martina contaba las fechas del calendario.
     Don Gregorio frisaría los sesenta años, pero se conservaba ágil como si fuera mozo. Nada pasaba en la aldea que él no supiera o aprobara. Aliviaba a los enfermos, consolaba a los tristes, acompañaba a los que estaban solos, aconsejaba a los que necesitaban de consejo. Igual estaba con el tío Jenaro, el pedáneo, en el ayuntamiento, que en el bar echando la partida de dominó. Amante de las flores, cultivaba en su pequeño huerto petunias y jacintos con las que adornaba el templo. Su figura, alta y robusta, poseía el don de la ubicuidad. Pero a las ocho de la mañana que nadie le buscara en otro sitio que en la iglesia. Tocaba la campana solitaria, de sonido bronco, discordante, y a renglón seguido decía su Misa con las pocas personas que acudían.
En las fiestas de la patrona, santa Prudenciana, a primeros de mayo, el pueblo de Campanal despertaba de su marasmo. La iglesia se vestía de flores, con don Gregorio venía otro cura a celebrar, y a la salida de Misa había procesión con tracas y cohetes.
     Una de estas veces se vio a Martina, por primera vez en mucho tiempo, platicar con un señor. ¿Quién era este caballero que hablaba con Martina? Nadie le conocía. La noticia corrió de boca en boca. Según se dijo luego, en los ojos de Martina se vislumbraba una luz centelleante de alegría, un fulgor que la hacía más joven. Hasta se dijo que la vieron reír.
     Al domingo siguiente estuvo de nuevo con el mismo hombre, a la salida de Misa. Como un idilio tardío que retallara en sus carnes, iban juntos por la huerta entre amapolas y buganvillas. Dijeron los que pasaron cerca que Martina reía como una colegiala por las sendas umbrosas de las afueras, escuchando el piar de los zorzales y vencejos y sintiendo el rumor de las acequias.
     Fue una época radiante, de resurrección, en la vida de Martina. A la misma hora iba a la iglesia todos los días, pero sus ojos mostraban un brillo que habían perdido. Y por ruego de don Gregorio, visitó a enfermos y ayudó en otros menesteres de la vida parroquial.
     Un domingo, pronto, faltó a su cita el amigo de Martina. Y el siguiente. Ya no se le volvió a ver más por allí. Los paseos de Martina por la huerta con su acompañante cesaron. Don Gregorio, en confesiones íntimas, sabría los motivos. Y quizás fuera él, ¿quién sabe? El que aconsejara a Martina lo que más le convenía.
     La vida de Campanal seguía su curso con latidos de un corazón provecto. El bar de Antonio recogía por las tardes a los mismos clientes, que jugaban la partida con golpes en el mármol o permanecían callados en estado de somnolencia.
     Martina lo supo una mañana. Quizás fuera la primera en saberlo. O la única. Se lo dijo don Gregorio después de la Misa:
     -El obispo me traslada a otro lugar.
     Martina no dijo nada, pero sintió como un desgarro en sus entrañas. Sus confesiones se habían convertido, sin darse cuenta, en la razón de su vivir.
     Martina sintió la corazonada, a modo de aletazo, de que el Señor la llevaba por caminos nuevos. El traslado de su confidente espiritual era sólo el instrumento que Dios utilizaba para mostrarle a ella su destino. Fue entonces que Martina trazó los planes definitivos para el resto de su vida. Quizás fuera don Gregorio el único en saberlos, o ¿quién sabe? El que se los marcara.
     Una mañana, la campana de Campanal no sonó. Fuera de Martina, nadie reparó en su silencio. Don Gregorio era sólo otra pieza del pueblo que desaparecía. A Martina tampoco se la echó en falta cuando un día, pronto, con lo poco que tenía, se marchó a un convento de clausura.