martes, 5 de febrero de 2013

En torno al cuento.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 4 Febrero 13

EN TORNO AL CUENTO

A mi buen amigo don José Jiménez López
En general, el Cuento requiere dos aspectos para ser catalogado como tal: que sea breve y que sea imaginario.  Es una de las formas de literatura popular más antiguas: Las Mil y una noches, Alí Babá y los cuarenta ladrones, Simbad el marino, Pulgarcito, Blancanieves, Barba Azul, la Cenicienta, etc.
Cuentos podrían considerarse numerosas manifestaciones literarias de la antigüedad: “Historia de Sinuhé el egipcio” o la “Historia de Rut” en el Antiguo Testamento. Sin duda, son Cuentos algunos relatos del “Libro de Buen Amor”, del Arcipreste de Hita, o del “Conde Lucanor”, de Juan Manuel.
Sin embargo, hasta el siglo XIV, con el “Decameron”, de Boccaccio, no se consolida la idea de Cuento en el sentido moderno de la palabra. Italia utiliza el término “Novella” para designar estas narraciones breves. Y en Francia “Nouvelle”. Cervantes llama “Novelas ejemplares” a las suyas, que todos conocemos. Se trata más bien de lo que hoy conocemos como “Novela corta”.
En el siglo XVII, La Fontaine llama Cuentos (Contes) a unas narraciones versificadas suyas de cierta vinculación con la literatura folklórica.
El Romanticismo da una nueva vida al elemento maravilloso como soporte fundamental del Cuento: Nodier, en Francia; Hoffmann, en Alemania; Poe en Estados Unidos; Bécquer, en España...
Con el periodismo se difunde el Cuento fácilmente, sin necesidad del libro que requiere la Novela. Así, por este medio, casi todos los prosistas importantes lo cultivan: Stendhal, Gautier, Pushkin, Dickens, Walter Scott, Fernán Caballero, Alarcón, etc. Y hay escritores famosos sólo por sus Cuentos: Mérimée, Trueba, Gógol, el argentino Echevarría y otros.
En la primera mitad del siglo XIX, el género cuentístico se mezcla con el “costumbrismo” de la época. En la segunda mitad, el Cuento adquiere plena carta de naturaleza en la literatura. Destacan en España: Clarín, Valera, Pereda, Pardo Bazán; en Francia: Flaubert, Maupassant; en Rusia: Turgueniev, Tolstói, Dostoievski, Chéjov.
En América latina, el Cuento conoció un apogeo que llega a la actualidad: Lastarría y Vallejo, en Chile; Milla, en Guatemala; Palma, en Perú...
A fines del XIX, el Cuento se desentiende de sus significados primigenios para ponerse en un plano de igualdad con la Novela; aunque muchos autores sigan con sus características tradicionales. Es el caso de Daudet, Stevenson, Gutiérrez Nájera o Rubén Darío.
En líneas generales, la misma situación se da en el siglo veinte. Todos los prosistas, en general, han dejado Cuentos o novelas cortas: Somerset Maugham, O´Henry, Horacio Quiroga... Los norteamericanos (short story) lo han introducido incluso en grandes novelas suyas: Hemingway. Lo mismo vemos en Italia –Pirandello-; en Gran Bretaña –Kipling, Joyce, Chesterton-; en Alemania –Kafka- .
En España, después de la guerra civil, el Cuento ha conocido un gran florecimiento: Cela, Laforet, Zunzunegui, Matute, etc.

lunes, 4 de febrero de 2013

La viuda de Campanal


LA VIUDA DE CAMPANAL

Campanal de las Torres, aldehuela montañosa, en la provincia de Molgrave, se mantenía heroicamente en lucha con la propia naturaleza. Sus pocos habitantes, mayores todos, recogían, con devoción, lo que les daba el terruño de sus antepasados.
     No había escuela como antes. El villorrio se fue desintegrando a medida que la gente joven se fue yendo a la capital en busca de trabajo. Campanal de las Torres -¡qué ironía! Ya sin torres- quedaba a diez kilómetros de la capital, más próspera ésta, sin duda, aunque sufriendo también los efectos del cierre de sus pocas industrias.
     La iglesia de Campanal era grande, o lo había sido. En realidad, lo que se conservaba de ella era una capilla en el ala del crucero, donde decía Misa don Gregorio, a las ocho, todos los días del año. El resto de la iglesia estaba en ruinas. Los vecinos del lugar recordaban otros tiempos en que voltearan las campanas y la iglesia tuviera altares floridos y santos en hornacinas. Ahora, para los que quedaban, con la capilla era suficiente. El resto, caído a trozos, quedaba amontonado con escombros cubiertos de verdín.
     Martina se mantenía hermosa y garrida a sus cincuenta años. Su porte era distinguido. Cuando vivía su esposo, don Ginés Benavides, médico de Campanal, solían ir juntos a la iglesia y a pasear los domingos por la calle Mayor. Su desplome fue más moral que físico. Martina se arreglaba como antes, vestía con elegancia, y saludaba con la misma solemnidad de siempre. Seguía siendo la Señora para todos los aldeanos, a la que hacían una ligera reverencia cuando pasaba y ella correspondía con un expresivo movimiento de cabeza.
     Cada mañana, a la misma hora, cuando tocaba don Gregorio la campana, Martina iba a la iglesia, a unos cien metros de su casa, vestida y maquillada como si fuera a una fiesta. Después desandaba el camino y se recluía de nuevo en su casa hasta el día siguiente.
     Con Martina vivía una sirvienta, ya mayor, que le hacía la compra y las labores de la casa. Josefa, que ese era su nombre, había llegado con ella y con el médico, nadie sabía de dónde. Josefa era prudente, amable, poco habladora.
     El tío Prudencio, dueño de la única tienda que existía –carne, pan, legumbres-, sabía más que nadie lo que se comía en cada casa. Sus ojillos traviesos aún alegraban a sus parroquianas con bromas intrascendentes. El tío Prudencio recordaba otros tiempos más boyantes en que la carne se vendía por kilos y los panes por piezas de dos libras. Como todo en Campanal, la tienda de Prudencio subsistía, lánguidamente, por no dejar a los vecinos sin comer.
     Martina ocupaba siempre el primer banco de la iglesia. Nadie, si llegaba antes que ella, osaba ocupar su sitio. Martina y don Gregorio se conocían bien de verse diariamente allí y por las frecuentes peroratas en el confesonario. A veces se la veía llorar. Los secretos de su alma se vaciaban en el secreto de la confesión, que sólo don Gregorio conocía. Martina, fuera de casa, no hablaba con nadie que no fuera el sacerdote. La Misa diaria era ya un rito que daba sentido a su vida. Por esos minutos, Martina contaba las fechas del calendario.
     Don Gregorio frisaría los sesenta años, pero se conservaba ágil como si fuera mozo. Nada pasaba en la aldea que él no supiera o aprobara. Aliviaba a los enfermos, consolaba a los tristes, acompañaba a los que estaban solos, aconsejaba a los que necesitaban de consejo. Igual estaba con el tío Jenaro, el pedáneo, en el ayuntamiento, que en el bar echando la partida de dominó. Amante de las flores, cultivaba en su pequeño huerto petunias y jacintos con las que adornaba el templo. Su figura, alta y robusta, poseía el don de la ubicuidad. Pero a las ocho de la mañana que nadie le buscara en otro sitio que en la iglesia. Tocaba la campana solitaria, de sonido bronco, discordante, y a renglón seguido decía su Misa con las pocas personas que acudían.
En las fiestas de la patrona, santa Prudenciana, a primeros de mayo, el pueblo de Campanal despertaba de su marasmo. La iglesia se vestía de flores, con don Gregorio venía otro cura a celebrar, y a la salida de Misa había procesión con tracas y cohetes.
     Una de estas veces se vio a Martina, por primera vez en mucho tiempo, platicar con un señor. ¿Quién era este caballero que hablaba con Martina? Nadie le conocía. La noticia corrió de boca en boca. Según se dijo luego, en los ojos de Martina se vislumbraba una luz centelleante de alegría, un fulgor que la hacía más joven. Hasta se dijo que la vieron reír.
     Al domingo siguiente estuvo de nuevo con el mismo hombre, a la salida de Misa. Como un idilio tardío que retallara en sus carnes, iban juntos por la huerta entre amapolas y buganvillas. Dijeron los que pasaron cerca que Martina reía como una colegiala por las sendas umbrosas de las afueras, escuchando el piar de los zorzales y vencejos y sintiendo el rumor de las acequias.
     Fue una época radiante, de resurrección, en la vida de Martina. A la misma hora iba a la iglesia todos los días, pero sus ojos mostraban un brillo que habían perdido. Y por ruego de don Gregorio, visitó a enfermos y ayudó en otros menesteres de la vida parroquial.
     Un domingo, pronto, faltó a su cita el amigo de Martina. Y el siguiente. Ya no se le volvió a ver más por allí. Los paseos de Martina por la huerta con su acompañante cesaron. Don Gregorio, en confesiones íntimas, sabría los motivos. Y quizás fuera él, ¿quién sabe? El que aconsejara a Martina lo que más le convenía.
     La vida de Campanal seguía su curso con latidos de un corazón provecto. El bar de Antonio recogía por las tardes a los mismos clientes, que jugaban la partida con golpes en el mármol o permanecían callados en estado de somnolencia.
     Martina lo supo una mañana. Quizás fuera la primera en saberlo. O la única. Se lo dijo don Gregorio después de la Misa:
     -El obispo me traslada a otro lugar.
     Martina no dijo nada, pero sintió como un desgarro en sus entrañas. Sus confesiones se habían convertido, sin darse cuenta, en la razón de su vivir.
     Martina sintió la corazonada, a modo de aletazo, de que el Señor la llevaba por caminos nuevos. El traslado de su confidente espiritual era sólo el instrumento que Dios utilizaba para mostrarle a ella su destino. Fue entonces que Martina trazó los planes definitivos para el resto de su vida. Quizás fuera don Gregorio el único en saberlos, o ¿quién sabe? El que se los marcara.
     Una mañana, la campana de Campanal no sonó. Fuera de Martina, nadie reparó en su silencio. Don Gregorio era sólo otra pieza del pueblo que desaparecía. A Martina tampoco se la echó en falta cuando un día, pronto, con lo poco que tenía, se marchó a un convento de clausura.

domingo, 3 de febrero de 2013

¿Pero habló Don Mariano ayer?


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 3 Febrero 2.013, Domingo
Fragmento
-¿Pero habló don Mariano ayer?
-Sí, se presentó cuando pasaba una hora de la señalada para salir. Toda España estaba pendiente de él.
-¿Y qué dijo?
-Resumió su discurso con dos palabras.
-¿Cómo va a resumir un discurso con dos palabras?
-Con dos palabras, Julián: “¡Todo falso!” –dijo.
-¿Diría algo más?
-“¡Todo falso!”, y se fue por donde vino.
-Si buscaba Rubalcaba otro “Once Eme”, tropezó en hueso.
-Los tiempos no son los mismos, Julián, que la experiencia es madre de la ciencia. La lección de entonces no cayó en saco roto, y se obró con más cautela. ¿Tú crees que sus quinientos Asesores no lo tendrían todo previsto?
-Claro, claro, por eso la policía no dejaba acercarse a la sede del Partido, ni Rajoy tras su exiguo discurso quiso nada con la prensa.  -¿Y ahora qué va a pasar?
-Lo iremos viendo, Julián, que hay mucho por saber.
-Por ejemplo?
-¿Quién se inventó lo de las Cuentas? ¿Cómo juntó Bárcenas tantos millones? ¿Quién fue el cerebro de la trama?...

sábado, 2 de febrero de 2013

Murcia. Las ocho.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 2 Febrero 2.013, Sábado ventoso, lluvioso y frío. La Candelaria.
Fragmento

Murcia, las ocho. Mi galería me hace de termómetro, de barómetro, de Mónica y de Alejandra. Si escribo allí es que hace buen tiempo. Es como el garaje con los coches, o las playas con los bañistas. Es mi galería como aquellos campesinos que miraban las estrellas para pronosticar el tiempo.
Te cuento esto como preámbulo o exordio, ya que el tema de hoy en España y parte del extranjero es “Bárcenas y sus papeles”. ¡La que se ha armado con las Cuentas que sacó “El País”!
-Sí, hay un rumor en la calle que no me gusta. Diría que peligroso. ¿Qué ocurre, Avenancio?
-Las Cuentas de Bárcenas; hoy no se habla de otra cosa.
-¿Qué Cuentas son esas?
-¿Te acuerdas del 11-M? ¿Qué pasó aquel Once de Marzo cuando gritaban por la calle: “¡Fuera Aznar! ¡Fuera el PP!”, ¿te acuerdas?, hubo elecciones y ganó otro partido.
-Pero ¿quién es Bárcenas?
-Fue Tesorero muchos años del Partido Popular, y amasó tal fortuna que le pidieron cuentas: “¿De dónde tantos caudales, señor Bárcenas?”. Y por si fuera poco, un periódico ha dicho que lo repartía en “sobres” o “sobresueldos” a sus jefes y amigos. ¡La que se ha montado! Rubalcaba ha saltado como gato al que le pisan el rabo: “¡A ver esas Cuentas”. “¡A ver esas Cuentas!”. “Explique en la Cámara, señor Rajoy, lo de los sobres!”.
Sabe muy bien que del lío, tumulto o marabunta, puede salir otro cambio de Gobierno, como pasó la otra vez. “¡Diga bien claro a los españoles si recibió “sobres” o no!”. “¡Y si recibió dinero, si era blanco o negro!”.
Como perro que pega un bocado en el trasero a un viandante y no lo suelta, así está don Alfredo con Rajoy.
-¿Y lo pide un hombre que no dio cuentas antes del Faisán, ni de Filesa, ni de tantos otros casos que se perdieron en el camino?

Coches


   COCHES
            Sin coche es difícil concebir nuestro vivir de hoy. No sólo es necesario sino imprescindible. Forma parte de la familia. Cuesta imaginar la vida moderna sin los coches. Nuestros padres, hace cincuenta años, vivían de otro modo. Pasaban sin coche y eran felices en el campo, a pocos kilómetros del pueblo. Amasaban pan en sus hornos y utilizaban carros, tirados por mulas, en sus desplazamientos. Hoy han desaparecido los carros, las caballerías y los hornos de cocer el pan en los campos. Los jóvenes quizás piensen que esos tiempos son de leyenda o poco menos; pero lo cierto es que el cambio ha sucedido en un abrir y cerrar de ojos. El coche es hoy representativo de una época, como lo fue el carro de la anterior, como quizás lo sea el avión en el futuro.

viernes, 1 de febrero de 2013

Perros.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 1 Febrero 2.013, Viernes
Fragmento
            PERROS
            Un domingo subimos la familia al convento. Encontramos un gato pequeño, huidizo, asustado; un gato muy especial: sólo tenía tres patas el pobre. Daba pena verlo dar saltos ridículos al no poder apoyar sus cuatro extremidades. No sabíamos cómo perdió su pata trasera; tuvo que ser por un coche. Le pusimos de nombre Gris, por el color de su pelo.
Mis hijos le colocaron una pata de palo sujeta con esparadrapo, pero el animal no se encontraba bien: sólo quería desprendérsela. “A lo mejor se acostumbra y le sirve de muleta”, decían mis hijos. La intención era buena.
Linda, la perra que teníamos, terminó por no hacerle caso; pero al principio todo era ladrarle. Sobre todo cuando lo acariciábamos delante de ella. Lo que nos decía que hasta los perros sienten celos. Porque estaba claro que lo de Linda eran celos.
Linda era inteligente. Le faltaba hablar para expresar lo que quería. Si íbamos al pueblo, conocía el pito del coche; si era la hora de dormir, bajaba sin rechistar a la cochera; si le mandábamos callar, se callaba. Por la mañana nos daba los buenos días con saltos y aullidos de júbilo; si nos íbamos sin ella, se quedaba quieta, inmóvil, orejas tiesas, mirando el camino, hasta que volviéramos. Le faltaba solo hablar, como digo.

jueves, 31 de enero de 2013

La barba


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 31 Enero 2.013
            LA BARBA
            Fragmento
En una ocasión me dejé la barba. Era verano. Los primeros días no salía de casa, temiendo que me vieran los amigos. En sus comienzos no parecía barba; más bien desidia.
En tal estado de incipiente crecimiento, tuve que ir a renovar mi carnet de conducir. El médico que me atendía me dijo bromeando:
            -¿Se está dejando usted la barba?
            -¿A usted qué le parece? -le respondí riendo.
            -Pues que debe afeitarse: le sienta peor que a un Cristo dos pistolas -terminó.
            Lo del Cristo me hizo gracia; lo comenté en casa. Sentí deseos de claudicar, pero proseguí con la broma. Por la noche, tropecé con unos compañeros.
            -¿Es barba? -me dijeron incrédulos.
            Me limité a sonreír.
            En Cartagena, cuando me vio mi hija, que pasaba unos días con sus tíos,  llegar a la piscina, donde se bañaba con su prima Ana, fue rotunda, sincera:
            -¡Qué feo estás, papá! Luego me pidió riendo que no me afeitara.
Mi sobrino Mariano, por su parte, dijo que parecía un chatarrero. Y el padre de Marisol, que no me conocía, viéndome subir por la escalera, se me quedó mirando; por fin se atrevió:
            -Qué, maestro, ¿de la siega?
            -Sí -le respondí-, buena siega este año por la Mancha. Mi sombrero, gafas oscuras, un pañuelo al cuello y barba de ocho días no eran para menos.
            Luego mi barba fue otra cosa. En su momento busqué modelos de barbas en libros. Di con Larra, del siglo XIX. "Ésta es mi barba", pensé. Mi mujer me la arregló. Salí a la terraza de casa; mi hijo Miguel se mondaba de risa, viendo la nueva forma que había tomado. Sólo por ese rato de sana alegría, valió la pena tenerla. Mi barba siguió en pie, más crecida, más cuidada y más despreocupada de la gente.
            Observé las reacciones que producía mi barba en los demás. Era curioso: me trataban con más deferencia, con más atención, con más respeto. Y las mujeres con más interés. Sin duda, psicológicamente, merecía un estudio aparte mi barba.