sábado, 27 de octubre de 2012

Don Antonio salía con los niños fuera del Aula.


Litesofía, 27 Octubre 12

Don Antonio salía con los niños fuera del Aula. Estos recogían información que luego llevaban a sus cuadernos. Como hacían con plantas e insectos en la Clase de Ciencias naturales. Don Antonio era Profesor de Lengua.

Había otro aspecto que me encantaba: Hacía hablar a los niños delante de los demás. Para mí, enseñar a expresarse delante de personas, ya es interesante. Muchos mayores que no tuvieron este aprendizaje, no se atreven a leer y menos a hablar sin papeles ante un público.

Hay que enseñar a hablar en las escuelas; a hablar en público; a exponer puntos de vista particulares a los demás; a sentirse cómodos ante un auditorio. Las discusiones suelen ganarlas los que mejor hablan, los mejor preparados en estas lides.

Los políticos tienen que ser maestros en el arte de hablar; de lo contrario, no convencen. Y eso lo saben ellos. En hablar bien está la mayor fuerza de sus razonamientos. Hasta lo falso, con buenas palabras, lo disfrazan de tal modo que parece verdad.

No le demos vueltas: hay que enseñar a hablar, hay que llevar la oratoria a las escuelas. –El Trivium de la Edad Media: las artes liberales relativas a la elocuencia: Gramática, Retórica y Dialéctica-.

El que no sabe expresar sus ideas a los demás o siente pavor, no podrá nunca defender una causa justa con éxito. Hay que hablar, hay que discutir, hay que convencer. La Clase de don Antonio Vicente me encantaba.

Que la vida la complicamos nosotros no tengo duda.


Litesofía –entre literatura y…-, 26 Octubre 12


Que la vida la complicamos nosotros no tengo duda. Absurdamente, pero cierto. La mente es como un ordenador gigante, complejo, que nos hace pensar y sentir a veces de forma irracional.

A Julián le dio por pensar que lo perseguían, y a su hijo en una ocasión, cuando hablaba por teléfono, le dio un bastonazo por la espalda. Pensó que llamaba a la policía.

Muchos sienten miedos y fobias imaginarios. Si no del tipo acusado de Julián, en grado menos grave. Ante lo mismo, reaccionan ahora con optimismo y luego con pesimismo; con tristeza unas veces, con alegría otras.

¿Está en estas personas desechar los miedos y ver de otro modo las cosas? ¿O son, como Julián, enfermos, con los nervios rotos, entreverados o sueltos, que los dispone a conductas raras?


jueves, 25 de octubre de 2012

Las personas se dividen en dos clases.


Litesofía, 25 Octubre 12

Las personas se dividen en dos clases: buenas y malas, amables o
perversas. Las buenas no pueden ser malas; las perversas se reparten,
a su vez, entre las que consiguen ser buenas por méritos propios
–luchan, se vencen- y las que no pueden, o no lo intentan siquiera.

Las buenas son así desde que existen, y hagan lo que hagan serán como
son; no pueden ser de otro modo. No hacen mal a nadie, no quitan nada;
sólo pasan por el mundo haciendo bien sin proponérselo.
La mística contra la ascética.

¿Tienen mérito las acciones de estas personas? El valor está en
aquellas que se esfuerzan por ser mejores y lo consiguen; en los que
luchan contra natura. Ahí está el gran merecimiento.
Los buenos y los dañinos, los virtuosos y los malvados, viven juntos.
A los primeros no les supone esfuerzo obrar bien; a los otros sí. La
lucha de la vida, de la sociedad, es conseguir que los que nacieron
torcidos tengan un objetivo atrayente, fascinante, que les haga ser de
modo diferente.

miércoles, 24 de octubre de 2012

He leído otra vez "Historias Nacionales" de Alarcón -Pedro Antonio_.


Litesofía, 24 Octubre 12

He leído otra vez “Historias Nacionales” de Alarcón –Pedro Antonio-.
Están contenidas en un libro de la Colección Austral –núm. 1072-.
Según confiesa él mismo, escribió estos relatos entre los veinte y los
veinticinco años.

Teniendo en cuenta que nació en 1833 –en Guadix, Granada-, dichas
historias vieron la luz primera por la década de los cincuenta del
pasado siglo. Se ve en dichas historias a un Alarcón joven,
apasionado, romántico y realista a la vez, así como destellos claros
del narrador extraordinario que se revelara en su “Diario de un
testigo en la guerra de África”.

Lo que cuenta -que no vivió, por cierto- de la Guerra de la
Independencia, hará poca gracia a los franchutes que lo lean. En “El
carbonero alcalde”, por ejemplo, los lepezeños –gentilicio de la villa
de Lapeza, en Guadix-, quedan como buenos, y los seguidores del
general Rodino como bestias y despiadados.

Creo que se pasa en la pintura de los hechos, aunque hay que reconocer
que es de efecto lo que dice. Psicológicamente se ve una obra de
juventud, pero con aderezos de madurez. A los franceses les gustará
poco que se disponga a los paisanos de Manuel Atienza, el alcalde,
contra ellos, de la forma en que lo hace.

Particularmente me reservo la opinión que esta postura patriótica
-¿chauvinismo?- me merece; pero diré que esta clase de lecturas tiene
la virtud, poco recomendable, de encender odios y crear enemistades
durante siglos entre las personas, de recordar acciones pasadas que
deben olvidarse.


martes, 23 de octubre de 2012

La visita a un Museo es siempre gratificante.


Litesofía, 23 Octubre 12

La visita a un Museo es siempre gratificante. Y más si es un Museo de
Bellas Artes: lugar regio, majestuoso, serio, pletórico de cuadros
notables. En los Museos se respira de otro modo. En ellos se siente el
arte, aunque uno sea profano en la materia.

Estuve en una estancia donde había colgados del techo cientos de
cuadros por restaurar. El sistema era ingenioso y práctico: rieles
paralelos de donde penden cuadros como hojas de libros para ser
observados. Incontables. Para estar viendo cuadros años enteros.

Los Museos, como este de Murcia, deben tener restauradores fijos.
¿Cómo es posible que se amontonen tantas obras sin nadie que las
atienda? Cada pintura requiere un tratamiento distinto: unas que
cuarteadas, otras con agujeros, otras que exigen limpieza o un barniz
protector. Es obligación de autoridades y pueblo en general velar por
este patrimonio cultural que ha recibido.

Un Museo es como una biblioteca. Cada libro es el amigo amable
dispuesto a contarnos algo, a enseñarnos, sin nada a cambio, cuando
mejor nos venga. “Ya me he cansado, te dejo donde estabas”. Y él,
agradecido siempre, como perro faldero, sonríe y agradece la atención.

En el Museo ocurre lo mismo: cada cuadro es como un libro. Nos dice
del arte de su autor, de los inefables gozos del artista; nos habla de
una época, de un estilo. Cada obra es, por decirlo de algún modo, como
un nacimiento que se ofreció de por vida a ser contemplada, rogando
que la cuiden para servir a más personas de recreo.


lunes, 22 de octubre de 2012

Lunes fresco y húmedo.


Litesofía, 22 Octubre 12
Lunes fresco y húmedo. Murcia es propensa a gotas y artritismos. Hay mucha gente con dolores musculares; con esqueletos averiados. Casas que se hunden. Porque dime tú, si se cae el armazón, ¿qué van a hacer las partes blandas? Es como si se llevan la escalera cuando estás subido en ella. Murcia es traidora con los huesos. “Me duele la columna”, se oye decir. “A mí las rodillas”. “A mí los hombros”. Y es que es implacable: cuando la toma con uno, no lo deja ya ni a sol ni a
sombra, ni en primavera ni en verano. Ay, Murcia, Murcia, eres
hermosa y sin entrañas; como las sirenas: atraes y pegas sin piedad.
“Este médico hace milagros”, se dice. Pero el milagro no llega. Los
pies son cada vez más torpes, más lentos, y el mal de huesos, como la carcoma en los muebles, sigue su proceso irreversible, su destrucción despiadada.

viernes, 19 de octubre de 2012

El sermón del cura era como hablar en el desierto.


Litesofía, 19 Octubre, Viernes, Santa Laura.

El sermón del cura era como hablar en el desierto; dijo que hay que
cumplir con el precepto dominical a los que estaban cumpliéndolo; y a
quienes debía dirigirse no estaban: ergo, palabras vanas.
Yo dejaría los sermones en un diálogo familiar, humano, íntimo, para
expresarse la alegría de estar juntos y ayudarse los unos a los otros.
La palabra sermón ya dice claro que sabe a rollo, como dicen los
jóvenes ahora.

Lo de ayer quiso ser distinto: “O somos o no somos. O estamos en la
iglesia o contra la iglesia. Hay que definirse”. Fue un sermón del
pasado, pero efectivo. “Cristo es la vida. Los sarmientos somos
todos”.

Yo, escuchando al prelado, pensaba en la mella que harían sus palabras
en los asistentes. ¿Harían cambiar a los fieles las palabras vibrantes
del Obispo? Las campanas, haciéndose eco de la súplica episcopal,
tocaban alborozadas. “¡Despertad!”, parecían decir.

Para los sacerdotes, nuestra apatía debe ser desesperante. No nos
lanzamos en algaradas callejeras pidiendo apoyo para la Iglesia. La
dejamos fuera de nuestras grandes pasiones, de nuestros arrebatos
furibundos.

Y es que, el señor Obispo lo sabe: Ser o no ser no es la cuestión.
Obrar en cristiano, sí. Eso es lo importante. “Amaos los unos a los
otros”. Con eso bastaría.