sábado, 16 de noviembre de 2013

Chauvinismo.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 16 Noviembre 2.013
Chauvinismo
He leído otra vez “Historias Nacionales” de Alarcón –Pedro Antonio-. Están en el libro núm. 1072 de la Colección Austral. Según confiesa el mismo autor, escribió estos relatos cuando tenía veinte años. Teniendo en cuenta que nació en 1833 –en Guadix, Granada-, dichas historias vieron la luz por la década de los cincuenta del siglo XX.
Se ve en dichas historias a un Alarcón joven, apasionado, romántico y realista a la vez, así como destellos claros del narrador extraordinario que se revelara en su “Diario de un testigo en la guerra de África”.
Lo que cuenta -que no vivió, por cierto- de la Guerra de la Independencia, hará poca gracia a los franceses que lo lean. En “El carbonero alcalde”, por ejemplo, los lepezeños –gentilicio de la villa de Lapeza, en Guadix- quedan como buenos, y los seguidores del general Rodino como bestias despiadadas.
Creo que se pasa en la pintura de los hechos, aunque hay que reconocer que es de efecto lo que dice. Psicológicamente se ve una obra de juventud, pero con visos de madurez. A los franceses les gustará poco que se disponga a los paisanos de Manuel Atienza, el alcalde, contra ellos, de la forma que lo hace.
Particularmente me reservo la opinión que esta postura patriótica -¿chauvinismo?- me merece; pero diré que esta clase de lecturas tiene la virtud, poco recomendable, de encender odios y crear enemistades durante siglos entre las personas, de recordar acciones pasadas que deberían olvidarse.
                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia


viernes, 15 de noviembre de 2013

Museo.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 15 Noviembre 2.013
Museo
 
La visita a un Museo es siempre gratificante. Y más si es un Museo de Bellas Artes: lugar regio, majestuoso, serio, pletórico de cuadros notables. En los Museos se respira de otro modo. En ellos se siente el arte, aunque uno sea profano en la materia.
 
Estuve en una estancia donde había colgados del techo cientos de cuadros por restaurar. El sistema era ingenioso y práctico: rieles horizontales paralelos de donde penden cuadros como hojas de libros para ser observados. Incontables. Para estar viendo cuadros años enteros.
 
Los Museos, como este de Murcia, deben tener restauradores fijos. ¿Cómo es posible que se amontonen tantas obras sin nadie que las atienda? Cada pintura requiere un tratamiento distinto: unas que cuarteadas, otras con agujeros, otras que exigen limpieza o un barniz protector. Es obligación de autoridades y pueblo en general velar por este patrimonio cultural que ha recibido.
 
Un Museo es como una biblioteca. Cada libro es el amigo amable dispuesto a contarnos algo, a enseñarnos, sin nada a cambio, cuando mejor nos venga. “Ya me he cansado, te dejo donde estabas”. Y él, agradecido siempre, como perro faldero, sonríe y agradece la atención.
 
En el Museo ocurre lo mismo: cada cuadro es como un libro. Nos dice del arte de su autor, de los inefables gozos del artista; nos habla de una época, de un estilo. Cada obra es, por decirlo de algún modo, como un nacimiento, que se ofreció de por vida a ser contemplada, rogando que la cuiden para servir a más personas.

                                                        Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

jueves, 14 de noviembre de 2013

Huesos.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 14 Noviembre 2.013
Huesos
Jueves fresco y húmedo. Murcia es propensa a gotas y artritismos. Hay mucha gente con dolores musculares; con esqueletos averiados. Casas que se hunden. Porque, dime tú, si se cae el esqueleto, ¿qué van a hacer las partes blandas? Es como si se llevan la escalera cuando estás subido en ella.
Murcia es traidora con los huesos. “Me duele la columna”, se oye decir. “A mí las rodillas”. “A mí los hombros”. Y es que es implacable: cuando la toma con uno, no lo deja ya ni a sol ni a sombra, ni en primavera ni en verano. Ay, Murcia, Murcia, eres  hermosa y sin entrañas;  como las sirenas: atraes y luego pegas sin piedad.
“Este médico hace milagros”, se dice. Pero el milagro no llega. Los pies son cada vez más torpes, más lentos, y el mal de huesos, como la carcoma en los muebles, sigue su proceso irreversible, su destrucción despiadada.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Puentes.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 13 Noviembre 2.013, miércoles, San Leandro Puentes
Hasta hace bien poco, si un jueves era festivo, había un puente fenomenal en Colegios, Institutos y otros Centros docentes. Ya de lejos se vislumbraba la fecha como de conflicto laboral.  Aunque fuera día lectivo, los Centros decidían no abrir. Así de sencillo.
Hasta deliberaban los Profesores sobre qué hacer el viernes siguiente. Había reuniones con Alumnos Delegados de Curso, y acordaban que no hubiera Clase.
En el Conservatorio, lo mismo. Tras reuniones y acuerdos, había consenso: “Viernes puente: No hay más que hablar”. De miércoles a lunes todos en casa. Un fin de semana para ir al monte o a la playa.
Este hecho ponía de manifiesto una cosa: que faltaba interés por parte de alumnos y de profesores. Faltaba ética profesional. Faltaba amor por la enseñanza.
Y si faltaba ilusión, la obra educativa carecía de base. Sin ilusión por enseñar ni por aprender, faltaba alegría educativa, entrega necesaria para obtener buenos frutos.                                                                                                                                

                                            Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

martes, 12 de noviembre de 2013

Arrebujados.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 12 Noviembre 2.013, San Renato Arrebujados
El uno de noviembre, día de Todos los Santos, como ahora, la gente iba con flores a los cementerios. Para nosotros, los niños, este día era pavoroso. Sentíamos miedo como si en cada habitación de nuestra casa fuéramos a encontrar a un desaparecido. Nos hacían creer que los muertos salían este día de sus tumbas.
Recuerdo con pena los años pasados esta noche arrebujados bajo las mantas, sin poder dormir, contando las horas para ver la luz del nuevo día. “¡Ya amanece!”, decíamos más sosegados. ¡Qué tranquilidad nos traía el alba mañanera, como si con ella se esfumaran los temidos espíritus!
Madrugábamos para ir a Misa –eran tres Misas seguidas las que había que oír-; nos gustaba asistir a estas Misas largas temprano, no tanto por aliviar a los muertos con ellas, según nos explicaban, cuanto por salir pronto de la tenebrosa casa.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

lunes, 11 de noviembre de 2013

Azotes.

 Azotes
Enciendo la radio y oigo hablar de… Los políticos nos invaden. Como si el mundo dependiera de ellos.  Como si fueran el mundo. “Sin nosotros no sois nada; os proporcionamos bienestar, seguridad”, parecen decirnos, o nos dicen sin rebozo.
 
La política nos desborda. Política a todas horas, en el desayuno, en la comida y en la cena. Los políticos son una plaga que esquilma al país. Hubo azotes de langosta; hubo epidemias. Hoy tenemos otra plaga: la de los políticos. No sé si es la peor que ha sufrido la humanidad.
 
La plaga de los políticos se extiende prodigiosamente, como un tejido canceroso. Cada vez hay más políticos viviendo de los demás. Las células incontaminadas resisten lo que pueden, pero la lucha es insostenible por mucho tiempo. Los hombres trabajadores tienen que alimentar a la cada vez más abultada legión de políticos, que terminan por sucumbir.
 
¿Qué ocurrirá el día en que todos sean políticos, cuando todos se dediquen a vivir de nadie que trabaje? Y es un hecho que ese día va a llegar.  El porvenir es harto delicado. Si no se ve con tiempo de poner remedio al azote politiqueril que nos ahoga, el final puede ser trágico.
 
¿En qué se diferencian los políticos actuales de aquellos engreídos señores que apenas dirigían la palabra a los trabajadores? Hoy tenemos la misma  situación: Hombres endiosados que mandan y pobres gentes que mendigan un empleo. El mundo viviría mejor sin políticos.

                                                         Francisco Tomás Ortuño, Murcia

domingo, 10 de noviembre de 2013

Diálogos con Benedicto XVI.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 10 Noviembre 2.013
De mis “Diálogos con Benedicto XVI”.

Murcia, las ocho, en mi camarín.
-Buenos días, Benedicto.
-Buenos días, Francisco, veo que te levantas contento.
-Dirás que entro en mi despacho, porque vengo de hacer mi gimnasia podal durante media hora y de escuchar inglés con Vaughan.
-¿Quién es ese Vaughan?
-Un señor que enseña su idioma a los españoles. Ayer le dije a Lena en la mesa si lo escuchaba y me contestó que no soportaba su aire de seductor. Y es cierto: parece que muestra su imagen para venderse.
-Estas personas son petulantes y me repelen a mí también.
-Petulante…, buen adjetivo, Benedicto; veo que me has entendido. También pueden llamarse engreídos, presuntuosos, presumidos, jactanciosos, pedantes y muchas cosas más. Como abundan, tienen nombres que ponerse, como trajes de vestir.
Es la sinonimia, como sabes; en cambio, si te fijas, ninguno es igual; cada uno tiene su matiz que se distingue de los otros. No es lo mismo, por ejemplo, pedante que engreído o presuntuoso que presumido, por no salirme de la condición de este señor inglés.
Cada término, palabra o voz tiene sus homónimos, que quieren decir lo mismo pero que no son exactamente igual. El término humorístico significa cómico, divertido, gracioso, chistoso, jocoso, ingenioso y hasta vulgarmente cachondo; pero en cada situación demanda, exige o pide uno determinado y no otro. Como los trajes o atuendos: cada circunstancia o coyuntura pide uno.
-Así es, y vayamos a otra cosa, que ese Vaughan no se merece tanto cumplido: Donde esté la sencillez, que se callen las arrogancias y vanidades.
-En ti, Benedicto, veo el mejor ejemplo: siendo el Vicario de Cristo, reflejas por tus ojos un alma limpia, servicial y complaciente.
-“Tanto te amé, oh, hermosura…”, “Estabas dentro de mí y te buscaba fuera…”, “Me gritaste y rompiste mi sordera”, “Me tocaste y gocé de Ti”.
-¡Qué bonito!, ¿son tuyos los versos?
-En todo los hago míos, pero los creó San Agustín.
-Este santo fue de armas tomar cuando era joven, ¿verdad, Benedicto?
-Sí, pero tocado por la gracia se abrazó a la Cruz de Cristo como una lapa.
-Si estaba en el libro de los santos, no podía ser de otro modo. Antes o después tenía que cambiar, luego…
-Cambia el chip, Francisco, que te veo venir.
-Es que todo es igual: si el pensamiento de Dios es inmutable, hiciera Agustín lo que hiciera, su fin era el mismo.

-¿Qué vas a hacer esta mañana?
-Quiero ver a un señor en el Plano de San Francisco, al que dejé unos libros. Como te dije, los domingos montan un mercadillo junto al río y va la gente a comprar cosas antiguas, raras o curiosas.
-A ver si hay suerte y vendes muchos.
-Creo que la gente mira más que merca, adquiere o compra. La crisis llega a los bolsillos lo primero.
-¿Y hay otros libros en el mercadillo?
-Vi la Zarabanda de García, periodista y primo de mi mujer, y otros por el estilo.
-Me iría contigo, pero no puedo.

-¿Sabes, Benedicto, cuál es el colmo de un médico?
-¿Cuál?
-Llamarse Aquiles y de apellido Mato.
-A ver, a ver, no caigo.
-Aquí les mato”. Mira que un médico llamarse “Aquí les mato?”. Ya podía cambiarlo por “Aquí les curo” o “Aquí les trato”, pero “Aquí les mato” era mala propaganda. Es como aquel que vendía vino y se llamaba Malvino Aguado y Caro. No podía poner su nombre en la puerta.
-Que hubiera puesto Taberna, Cantina, Bodega o Tasca, el caso era el mismo.
Y tú, ¿sabes cuál es el colmo de un carpintero?
-No sé, Benedicto, ¿cuál?
-Llamarse Armando Puertas.
-¡Vaya, señor Papa, creía que lo tuyo no eran las gracietas terrenales.
-Soy humano, Francisco, y como tal me comporto si llega el caso.
-Claro, claro, y ha llegado con mi colmo.
-No se lo digas a nadie que van a creer que no hago otra cosa.
-Terminemos, entre nosotros, con otro “colmo”: ¿Cuál es el colmo de un mudo?
-¿Cuál es… no lo adivino?
-Guardar un minuto de silencio.
-Muy bueno, muy bueno.
-Hasta otro rato, don Benedicto.
-Hasta que vuelvas por aquí.

Francisco Tomás Ortuño, Murcia