martes, 12 de noviembre de 2013

Arrebujados.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 12 Noviembre 2.013, San Renato Arrebujados
El uno de noviembre, día de Todos los Santos, como ahora, la gente iba con flores a los cementerios. Para nosotros, los niños, este día era pavoroso. Sentíamos miedo como si en cada habitación de nuestra casa fuéramos a encontrar a un desaparecido. Nos hacían creer que los muertos salían este día de sus tumbas.
Recuerdo con pena los años pasados esta noche arrebujados bajo las mantas, sin poder dormir, contando las horas para ver la luz del nuevo día. “¡Ya amanece!”, decíamos más sosegados. ¡Qué tranquilidad nos traía el alba mañanera, como si con ella se esfumaran los temidos espíritus!
Madrugábamos para ir a Misa –eran tres Misas seguidas las que había que oír-; nos gustaba asistir a estas Misas largas temprano, no tanto por aliviar a los muertos con ellas, según nos explicaban, cuanto por salir pronto de la tenebrosa casa.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

lunes, 11 de noviembre de 2013

Azotes.

 Azotes
Enciendo la radio y oigo hablar de… Los políticos nos invaden. Como si el mundo dependiera de ellos.  Como si fueran el mundo. “Sin nosotros no sois nada; os proporcionamos bienestar, seguridad”, parecen decirnos, o nos dicen sin rebozo.
 
La política nos desborda. Política a todas horas, en el desayuno, en la comida y en la cena. Los políticos son una plaga que esquilma al país. Hubo azotes de langosta; hubo epidemias. Hoy tenemos otra plaga: la de los políticos. No sé si es la peor que ha sufrido la humanidad.
 
La plaga de los políticos se extiende prodigiosamente, como un tejido canceroso. Cada vez hay más políticos viviendo de los demás. Las células incontaminadas resisten lo que pueden, pero la lucha es insostenible por mucho tiempo. Los hombres trabajadores tienen que alimentar a la cada vez más abultada legión de políticos, que terminan por sucumbir.
 
¿Qué ocurrirá el día en que todos sean políticos, cuando todos se dediquen a vivir de nadie que trabaje? Y es un hecho que ese día va a llegar.  El porvenir es harto delicado. Si no se ve con tiempo de poner remedio al azote politiqueril que nos ahoga, el final puede ser trágico.
 
¿En qué se diferencian los políticos actuales de aquellos engreídos señores que apenas dirigían la palabra a los trabajadores? Hoy tenemos la misma  situación: Hombres endiosados que mandan y pobres gentes que mendigan un empleo. El mundo viviría mejor sin políticos.

                                                         Francisco Tomás Ortuño, Murcia

domingo, 10 de noviembre de 2013

Diálogos con Benedicto XVI.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 10 Noviembre 2.013
De mis “Diálogos con Benedicto XVI”.

Murcia, las ocho, en mi camarín.
-Buenos días, Benedicto.
-Buenos días, Francisco, veo que te levantas contento.
-Dirás que entro en mi despacho, porque vengo de hacer mi gimnasia podal durante media hora y de escuchar inglés con Vaughan.
-¿Quién es ese Vaughan?
-Un señor que enseña su idioma a los españoles. Ayer le dije a Lena en la mesa si lo escuchaba y me contestó que no soportaba su aire de seductor. Y es cierto: parece que muestra su imagen para venderse.
-Estas personas son petulantes y me repelen a mí también.
-Petulante…, buen adjetivo, Benedicto; veo que me has entendido. También pueden llamarse engreídos, presuntuosos, presumidos, jactanciosos, pedantes y muchas cosas más. Como abundan, tienen nombres que ponerse, como trajes de vestir.
Es la sinonimia, como sabes; en cambio, si te fijas, ninguno es igual; cada uno tiene su matiz que se distingue de los otros. No es lo mismo, por ejemplo, pedante que engreído o presuntuoso que presumido, por no salirme de la condición de este señor inglés.
Cada término, palabra o voz tiene sus homónimos, que quieren decir lo mismo pero que no son exactamente igual. El término humorístico significa cómico, divertido, gracioso, chistoso, jocoso, ingenioso y hasta vulgarmente cachondo; pero en cada situación demanda, exige o pide uno determinado y no otro. Como los trajes o atuendos: cada circunstancia o coyuntura pide uno.
-Así es, y vayamos a otra cosa, que ese Vaughan no se merece tanto cumplido: Donde esté la sencillez, que se callen las arrogancias y vanidades.
-En ti, Benedicto, veo el mejor ejemplo: siendo el Vicario de Cristo, reflejas por tus ojos un alma limpia, servicial y complaciente.
-“Tanto te amé, oh, hermosura…”, “Estabas dentro de mí y te buscaba fuera…”, “Me gritaste y rompiste mi sordera”, “Me tocaste y gocé de Ti”.
-¡Qué bonito!, ¿son tuyos los versos?
-En todo los hago míos, pero los creó San Agustín.
-Este santo fue de armas tomar cuando era joven, ¿verdad, Benedicto?
-Sí, pero tocado por la gracia se abrazó a la Cruz de Cristo como una lapa.
-Si estaba en el libro de los santos, no podía ser de otro modo. Antes o después tenía que cambiar, luego…
-Cambia el chip, Francisco, que te veo venir.
-Es que todo es igual: si el pensamiento de Dios es inmutable, hiciera Agustín lo que hiciera, su fin era el mismo.

-¿Qué vas a hacer esta mañana?
-Quiero ver a un señor en el Plano de San Francisco, al que dejé unos libros. Como te dije, los domingos montan un mercadillo junto al río y va la gente a comprar cosas antiguas, raras o curiosas.
-A ver si hay suerte y vendes muchos.
-Creo que la gente mira más que merca, adquiere o compra. La crisis llega a los bolsillos lo primero.
-¿Y hay otros libros en el mercadillo?
-Vi la Zarabanda de García, periodista y primo de mi mujer, y otros por el estilo.
-Me iría contigo, pero no puedo.

-¿Sabes, Benedicto, cuál es el colmo de un médico?
-¿Cuál?
-Llamarse Aquiles y de apellido Mato.
-A ver, a ver, no caigo.
-Aquí les mato”. Mira que un médico llamarse “Aquí les mato?”. Ya podía cambiarlo por “Aquí les curo” o “Aquí les trato”, pero “Aquí les mato” era mala propaganda. Es como aquel que vendía vino y se llamaba Malvino Aguado y Caro. No podía poner su nombre en la puerta.
-Que hubiera puesto Taberna, Cantina, Bodega o Tasca, el caso era el mismo.
Y tú, ¿sabes cuál es el colmo de un carpintero?
-No sé, Benedicto, ¿cuál?
-Llamarse Armando Puertas.
-¡Vaya, señor Papa, creía que lo tuyo no eran las gracietas terrenales.
-Soy humano, Francisco, y como tal me comporto si llega el caso.
-Claro, claro, y ha llegado con mi colmo.
-No se lo digas a nadie que van a creer que no hago otra cosa.
-Terminemos, entre nosotros, con otro “colmo”: ¿Cuál es el colmo de un mudo?
-¿Cuál es… no lo adivino?
-Guardar un minuto de silencio.
-Muy bueno, muy bueno.
-Hasta otro rato, don Benedicto.
-Hasta que vuelvas por aquí.

Francisco Tomás Ortuño, Murcia

sábado, 9 de noviembre de 2013

En su jubilación.

Ayer, celebrando la jubilación de una compañera, leí, con otras intervenciones, el siguiente escrito:
 
A una compañera en su jubilación

Querida Amparo:

El otro día me dijo un amigo que te habías jubilado, y que los compañeros te  preparaban un homenaje. Me sumé encantado al mismo desde el primer momento.

 Me vas a permitir unas palabras, por la experiencia que llevo de jubilado, por si te sirven de ayuda. Y si te cuento cosas en primera persona es por no involucrar a otros que hayan pasado por el camino que tú inicias ahora.

Entraste como parvulista –hoy diría Profesora de Educación Infantil- en el Colegio “San Andrés” el mismo Curso que yo. Tus compañeras de párvulos eran Delia y Pepita. Estaban también en el Colegio: don José, doña Mariana, don Antonio Molina, don Ildefonso, don Salvador Ortiz, doña Serafina y alguno más. Luego se incorporaron de otros Colegios: José María, Jesús, Milagros… Todos maestros estupendos.

¡Qué poco trabajo tenía el Director con semejante plantilla de profesores! ¿Qué podía añadir a unas Maestras como vosotras –Amparo, Pepita, Delia- que se desvivían y gozaban con su trabajo y lo hacían como los propios ángeles? ¿Qué podía decir a don Francisco Sarabia, que había creado una Biblioteca pidiendo libros a centros comerciales, sino poner su nombre a la misma en un acto solemne? ¿Qué podía añadir a don Salvador Ortiz, que quería a sus alumnos como a hijos propios, y que luego consiguieron del Ayuntamiento que una calle de Murcia llevara su nombre? ¿Qué a don Ildefonso, director que había sido y conocía el barrio como nadie?

El aula tuya, Amparo, estaba en la planta baja. Lo recuerdo perfectamente. Eras tan joven y tan mona que parecías una alumna de séptimo, a lo más de octavo curso. Un día te puse en la pizarra: “Amparo, eres un sol”. Era una broma, pero me salió del alma. No sé si llegaste a leerlo o si supiste quién lo había escrito. Quedó en eso mi atrevido piropo, que iba dirigido, como es natural, a la Maestra que era Amparo, y a la Clase alegre, extraordinaria, que conseguía. Con aros de colores y cartones en el suelo, los niños y las niñas jugaban y aprendían. Yo pensaba en María Montessori, pedagoga que estudié en mis libros, de la primera mitad del siglo XX, que intentaba desarrollar en los niños la educación de los sentidos. Cuando sus alumnos abrochaban botones decía que estaban aprendiendo a escribir.

¡Qué felices nos hacen los alumnos luego, Amparo, recordando sus tiempos escolares! Te cuento: Mi primera Escuela fue en un pueblo de Teruel. Tenía yo veinte años y allí pasé solo dos Cursos. De alumnos de entonces recibo felicitaciones por Navidad. Hasta uno me mandó un vídeo con la boda de su hija. ¿Qué digo?, hasta vino a verme hace poco de Zaragoza donde vive, y me trajo cuadernos de nuestra escuela. Seguro que luego te dirán a ti también: “Doña Amparo, yo fui alumna suya, ¿se acuerda de mí?”. No sabrá que los alumnos que tenemos quedan grabados en nuestra alma, en nuestro corazón. Que los recuerdos son hilos conductores del pasado.

Cuando dejé el Colegio, Curso 1.986-87, eran momentos difíciles, delicados. El cambio a la democracia afectó sin duda a los Centros docentes. Yo escribí un libro que titulé “Verano 86” donde recogía estos momentos para recuerdo de mis hijos. No fue decisión mía dejar el Colegio, Amparo, fue  “por imperativo legal”, como dijeron ciertos diputados luego para acatar la Constitución cuando tomaron posesión de sus cargos.

La jubilación, Amparo, es larga y jubilosa –de ahí su nombre-. Pobre del que se cruza de brazos porque no le queda nada por hacer. Hace unos meses, en Junio, celebré con mi familia –cinco hijos, trece nietos- mis primeros ochenta años. Al día siguiente cogí el coche y solo me fui a Alicante a bañarme en el Postiguet, frente al Hotel Meliá. Quise decir a mis hijos, sin palabras, que a los ochenta hoy se pueden hacer cosas inconcebibles antes. Así que tienes camino por delante.

Llena tu tiempo, Amparo, con la familia, con tus grandes aficiones; haz lo que siempre habías deseado y te faltaba tiempo; no des lugar a que la ociosidad  te pueda. A mí, por ejemplo, me dio por escribir libros con experiencias de mi vida profesional: Don Quijote para niños, Gramática fácil, Libro de Dictados…  Y  a mis setenta y cinco años hice el Doctorado en Lengua española.

Que seas muy feliz, Amparo, en la nueva etapa que inicias.
De corazón te lo desea tu compañero Francisco Tomás Ortuño.

Amanuenses.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 9 Noviembre 2.013
 Amanuenses  -fragmento-
A veces, escribir se convierte en una necesidad.  Como todo hábito, cuando llega su momento, se desea cumplir con la obligación que nos hemos impuesto. Si fuera salir a correr, sería lo mismo.
Escribir unos minutos cada día hace sentirnos felices por el deber cumplido. Nada mejor para sentirnos bien que estar conformes con nosotros. Si yo saliera hoy sin haber escrito algo, sentiría conmigo la desazón de quien no ha cumplido con su deber.
Leía hace un rato un libro de Alarcón. Decía el novelista: “Hoy voy a contar lo sucedido a un hombre que vive todavía. Hoy no soy escritor sino amanuense”. Para Alarcón, según lo que precede, ser escritor es inventar. Decir lo que ocurre a tu alrededor es ser cronista, periodista o historiador.
Yo quiero ser escritor, escribir sobre temas que me sugieran otros comentarios y espoleen mi imaginación. De aquí que un libro que escribí lo titulara “Crónicas con estrambote”. “Crónicas” sobre sucesos reales, y “estrambotes”, mi aportación personal.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

viernes, 8 de noviembre de 2013

Vísperas de fiesta.

¿Por qué nos gustan los Viernes? ¿Por qué los Lunes nos desagradan? Por el trabajo, sin duda: los Lunes tienen días por delante de trabajo; los Viernes son vísperas de fiesta; o, por lo menos, de hacer cada cual lo que le venga en gana y a su aire. Cuando hay una fiesta en medio de semana, la semana es más simpática. Hay que ver los Lunes con ilusión. Cuando los convirtamos en días alegres, habremos cambiado la sociedad.
-¿Y cómo realizar el milagro?
-Pues, dulcificando el trabajo.
-¿Y cómo?
-Haciéndolo más ameno. Dando a cada cual su preferido, su auténtico trabajo, su puesto ilusionante. Cuando el hombre vaya al trabajo como va a una fiesta, cuando le sea tan grato que no lo cambie por otro ni por nada del mundo, rendirá más, se sentirá mejor.
El problema del trabajo está por revisar.  Estarás conmigo en que así no debe seguir; es injusto en todos los terrenos: unos trabajan y otros no; unos trabajan muchas horas y otros pocas; unos en tareas duras, y otros en faenas suaves. El reparto del trabajo es de lo más injusto que tenemos. Hay que revisar las estructuras sociales, humanizar los trabajos, y repartirlos mejor.
Cuando el trabajo sea liviano como pluma y grato como caricia, los Lunes serán, sin duda, como los Viernes. Hoy no, hoy, para una inmensa mayoría, son odiosos, y hasta peligrosos.

                                                                Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

jueves, 7 de noviembre de 2013

Sedantes.

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 7 Noviembre 2.013
A mi hijo F.Amós Tomás Pastor
 Sedantes
Mamá, de habitación en habitación, escucha música clásica: “Pon música de la que a mí me gusta”, me dice. Se oye en toda la casa, sin estridencias, una de las “Melodías más bellas del mundo”: Danza eslava nº 1 en Re mayor. A los jóvenes les agrada más otra música. Prefieren canciones de ritmo trepidante, que escuchan en discotecas.
La música es necesaria. Los Centros docentes debían de tener hilo musical. Sería un sedante para los nervios. La casa alegre que debe ser la Escuela, no puede estar ayuna de música. Los niños deben de entrar con música al Colegio y deben de salir escuchando música, y hasta diría que deben trabajar con música. La música alegra el espíritu y el trabajo. Sólo que hay que escogerla bien para las distintas situaciones.
Si queremos que el niño goce con música clásica, que la prefiera, que la sienta, nada mejor que dársela a oír. Poco a poco, se irá adentrando en su espíritu. Si a esto añadimos nociones de compositores y títulos de sus obras, los niños sabrán siempre distinguir piezas que escuchen ocasionalmente. Es una triste realidad: los niños apenas saben quién es Beethoven, Strauss, Bach o Vivaldi; y si oyen una sonata no la distinguen de una ópera.
El boom de la música ha de llegar. Ya los Conservatorios se llenan de niños ávidos de saber solfeo y de tocar instrumento. La música debe ocupar el rango que le corresponde. Pronto nos inundaremos de música en las escuelas; otra cosa no tiene sentido. Que no se sepa quién es Falla, Breton o Tchaikovsky dice muy poco de nuestro sistema educativo. Que no guste Albéniz es sintomático de enfermedad educativa grave.
Qué ambientes tan distintos los del Conservatorio y la discoteca. En los dos hay jóvenes, en los dos hay música, pero son diametralmente opuestos. En el Conservatorio, los jóvenes sueñan con llegar a ser grandes músicos –pianistas, guitarristas, violinistas- y aprenden solfeo e historia de la música. En la discoteca, los jóvenes no  sueñan con llegar, viven un presente cargado de humo y tedio.

                                                                                  Francisco Tomás Ortuño,  Murcia