martes, 8 de octubre de 2013

Bienvenida.

Bienvenida
-¿Me ves?, ¿puedes hablar conmigo?, ¿cómo llenas tu tiempo, Bienvenida? Es que no me lo imagino. Antes de partir sé cómo eras y lo que hacías, pero después…
¿Qué es una eternidad de gloria? Si no se escucha la brisa, si no se ven las estrellas, ni los montes, ni los mares, ¿qué gloria es la tuya? Aquí decimos a los niños que “Gloria es el conjunto de bienes sin mezcla de mal alguno”, pero los niños se conforman pronto. Yo sigo sin entenderlo.
De ti para mí, Bienvenida, ¿no es aburrido no tener tentaciones? Un deseo te distrae con llegar a lograrlo -¿lo hago?, ¿no lo hago?, ¿puedo?, ¿no puedo?-.  En la lucha está la gracia y en el fracaso el esfuerzo para probar de nuevo. La vida diaria tiene sus alicientes en esos logros o frustraciones.
Pero vosotros, ¿cómo engañáis al tiempo? ¿O no tenéis tiempo, Bienvenida? Porque si vais a vivir una eternidad, ¿en qué se convierte el tiempo para vosotros? Yo quisiera contactar contigo, querida santa; verte, aunque fuera unos segundos, en tu diario devenir. ¡Cómo me gustaría ahora, en puertas de salir, ver lo que me voy a encontrar!
¿Es una consigna vuestra no hablar con los humanos? Debe ser así, porque si no ¿qué madre o padre no lo haría?

                                                                                 Francisco Tomás Ortuño,  Murcia

martes, 1 de octubre de 2013

Lenguas.

92)  Lenguas
-“Lloviendo” no es lo mismo que “yo viendo”. Lo primero es del verbo llover y lo segundo del verbo ver.
-Difícil debe ser para un extranjero dominar nuestro idioma.
-Como para ti el suyo; en cambio, qué fácil para un niño.
-Eso nos dice, Hilario, que el cerebro está más limpio que una patena cuando viene al mundo, y recoge sin esfuerzo el lenguaje que oye primero. Para él “casa” es “casa” y “mesa” es “mesa” sin discusión. Malo sería que a la mano la llamáramos pie después y a la cabeza rodilla. Menudo lío.
-¿No le pasa esto al que aprende dos lenguas a la vez?
-Hay una diferencia y no pequeña, y es que sólo juega con dos palabras para cada objeto. Pero siempre las mismas. Supongamos que el matrimonio es francesa y español. Al niño le dirán que mesa es mesa unas veces y otras veces que es table, pero siempre o mesa o table. El pequeño creerá que puede llamarse de dos maneras, pero nunca zapato o coche.
Conocí a Alfonso en el Centro de Profesores, casado con una francesa. Cuando nació su hija quise saber en qué lengua le hablarían. “En francés y en español”, me dijo sin dudar. Dejamos de vernos unos años por circunstancias de trabajo. Cuando nos saludamos de nuevo, le pregunté enseguida: “¿En qué lengua se expresa tu hija?”. “Es bilingüe”, me contestó sin conceder importancia a mi pregunta, “igual habla en francés que en español”.
-¿Se habrá probado a hablar tres lenguas a la vez? Supongamos que en una casa viven juntos un matrimonio –francés e inglesa- y una tía alemana. Quieren hacer la prueba con el hijo que tengan: uno le hablará sólo en alemán, otro en francés y en inglés el tercero. ¿Aprendería tres idiomas de una sola tacada? ¿Sería el niño trilingüe? El cerebro se ríe a lo mejor de mi asombro. “Es tan fácil, diría, como aprender uno solo”. Lo difícil es aprender de mayor.
Tengo encima de mi mesa un Diccionario de sinónimos. Aunque, hilando muy fino, cada palabra es ella y sólo ella, existen términos parecidos en su significado. Así: garaje, cochera, aparcamiento, parking; cuesta, pendiente, rampa, talud; crítica, censura, reprobación, reproche; limpieza, aseo, pulcritud, higiene, etc., etc. Entonces, si cada palabra admite otra que quiera decir lo mismo, ¿por qué no puede el niño que empieza a hablar tener como sinónima otra que signifique lo mismo, pero que sea de otro idioma? Esa riqueza idiomática irá formando dos campos en su cerebro para que utilice en su momento según las circunstancias y hable en dos idiomas distintos. No sé si me explico, Julián, pero yo me entiendo.

                                                                                                 Francisco Tomás Ortuño

lunes, 30 de septiembre de 2013

Condenado por desconfiado.


De mis “Diálogos con Benedicto XVI”
-Me acuerdo, Benedicto, de la obra de Tirso de Molina “El condenado por desconfiado”. Paulo y Enrico son los protagonistas, uno fraile y otro ladrón. El fraile se condena porque duda al final de su vida: “¿Qué vida ha sido la mía si no existiera Dios?”. En cambio, el ladrón se salva porque al final se arrepiente de los males que ha hecho.
¿Fue justo el Juez Supremo? Pienso que el fraile con un poco ayuda se habría salvado. Si habiendo llevado una vida de sacrificio, cuando fue a tropezar hubiera recibido un soplo de esperanza, un cariñoso “sigue así”, por ejemplo, un amoroso abrazo o un “¡valiente!” cálido en su oreja. En cambio, al ladrón haberlo empujado por el peso de los males cometidos antes. No sé, creo que no era justo que se vieran en el camino, uno desesperado cayendo y otro riendo camino del Edén para toda la eternidad.
-¿A ti qué te parece, Benedicto?
-Yo estoy con Dios y no con Tirso.
-Pero si Tirso condena y salva como cree que lo haría Dios...
-Ahí está la diferencia, Francisco. Yo apruebo lo que Dios haga. Tirso y los demás hombres pueden fabular lo que quieran. Solo vale lo que decida Dios. Y eso solo lo sabremos luego. Tú haz bien y déjate en sus manos. Como Padre no querrá castigar con el Infierno, que si por dudar el fraile unos segundos lo castigara para todos los tiempos, no sería justo. Sé que es el mejor Padre y confío en su justicia. Lo que haga lo acepto como lo mejor.
-No es mala filosofía.
-Si yo fuera al infierno por voluntad suya, lo aceptaría sin rechistar. Él sabría por qué.
-Con esa confianza se debe ser feliz.
-No hay mayor felicidad que confiar en Dios y amarle siempre.

Francisco Tomás Ortuño

domingo, 29 de septiembre de 2013

Conversaciones con Benedicto XVI

Litesofía –entre literatura y filosofía-, 29 septiembre 2.013
De mis “Conversaciones con Benedicto XVI”
Fragmento
-En educación, Francisco,  hay que respetar las opiniones de los hijos; pero en cuestiones de fe, cuando son pequeños, los padres deben obrar por ellos inflexiblemente. Es para los niños la edad de aprender lo que tienen que hacer luego. Los padres hoy, queriendo complacer a los hijos, les dejan hacer lo que quieren, y están equivocados.

Escuché atento las palabras de don Benedicto.

-Los padres –siguió-, cuando los hijos son pequeños tienen una gran responsabilidad: deben ser firmes en sus mandatos. Están representando a la razón que no tienen sus hijos. Ellos no saben todavía hacer lo que deben.
Cuando madure su inteligencia, poco a poco irán comprendiendo. Pero antes de su madurez es locura y temeridad dejarlos obrar por ellos.

En la mesa, por ejemplo, empezar a comer cuando empiecen los mayores y levantarse cuando se les dé permiso. Contra la avaricia, compartir con los demás. En maneras, pedir por favor y decir gracias cuando algo se recibe, etc., etc.

No olvidemos que los fines del matrimonio son procrear y educar. Los padres son los maestros naturales de sus hijos. cuando estos no tienen razón para saber lo que está bien y lo que está mal. Dejarlos hacer lo que quieran es quererlos bien poco.

                                                                                    Francisco Tomás Ortuño, Murcia

sábado, 28 de septiembre de 2013

Alegrías y tristezas.

Litesofía -entre literatura y filosofía-, 28 septiembre 2.013  -Fragmento-
 De mi Crónica del día 26 de julio del corriente año:
 El día de hoy se recordará luego por dos hechos de gran magnitud, Benito. Uno bueno y otro malo.
-Empieza por el bueno, Claudio.
-El Papa Francisco visita Brasil, donde miles de jóvenes lo aclaman, como antes hicieran con Juan Pablo II y con Benedicto XVI.
Benedicto  me sonríe como aseverando mi información.
-¿Y la mala?
-Ayer, sobre las ocho y media, un tren que iba a Santiago de Compostela, voló por los aires tras descarrilar en una curva.
-¿Otro atentado como el del Once Eme?
-Parecido sí lo es. De momento van ochenta muertos y más de cien heridos graves.
-¡Qué casualidad que cerca de Santiago haya ocurrido el desastre!
Don Benedicto me mira con aire preocupado.



Francisco Tomás Ortuño

viernes, 27 de septiembre de 2013

Método Vaughan


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 27 septiembre 2.013

Fragmento

-Esta mañana me levanté a las siete, me puse el aparato de los pies y encendí la tele. ¿Sabes a quién vi? Al profesor Vaughan con su método de  inglés. Y pensé que era obsoleta su enseñanza.
-¿Por qué?
-El invento del traductor simultáneo se adelantó al de volar con el pensamiento. Ahora hay aparatos como el del masaje podal, o robots que friegan la casa, o sopladores que barren, que te traducen lo que digas a otro idioma.
-No, si a este paso todo va a ser posible.
-Hasta pienso que un día veremos en la pantalla del televisor a un ser que nos diga que es de otra galaxia.
-¿Tú crees que eso podrá ser?
-Como los gastos en aprender inglés o chino, no servirán de nada los viajes a la luna o a un planeta del sistema solar. Los extraterrestres de otra galaxia nos dirán luego cómo viajar sin cohetes.
-¿Y por qué ellos no han venido a la Tierra?
-Luego lo sabremos; que igual estuvieron cerca y no pudieron aterrizar. El Universo no tiene sentido si no se convierte en una sola morada. ¿Qué es la Tierra en el espacio? Un grano de arena en el desierto. Menos todavía. ¿Entonces? Estos siglos de espera estarán justificados. El gran asombro de los humanos está por venir. La maravilla de la Creación sigue su curso. Quizás las guerras y catástrofes que vivimos son necesarias en la formación del mundo que nos espera.
-Lo que hace falta es que nosotros lo veamos, como a Ángel que el invento de la velocidad sea inminente para estar con su familia en el Roalico.
-Tan pronto no creo que sea, que estas obras universales son multiseculares y no se producen como sacar un conejo de la chistera el mago de turno. Una catedral lleva su trabajo y su tiempo. Y si una catedral o una pirámide son así, ¿cómo será ordenar tantos mundos para que cumplan un fin? No te imaginas, Roberto, lo que Dios tendrá pensado para hacer.
Y don Benedicto, que permanecía atento, intervino:
-¿Quién sabe lo que nos aguarda? Confiemos en Él y no queramos enmendarle la plana ni adelantarnos a sus obras.

  Francisco Tomás Ortuño

lunes, 23 de septiembre de 2013

Montes de piedad.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 23 septbre 13
San Lino, Papa, ¡¡¡Ffelicidades, hija!!!

Murcia, tiempo veraniego dentro y fuera de casa. Ya ayer, cuando volvía de la iglesia del Carmen, por Floridablanca, lo advertí; y no pude menos que comentarlo con mi señora: “Se parece Murcia hoy a Jumilla: sus calles están desiertas”. Y la respuesta fue rápida, como preparada: “La gente se va a la playa”.
Aunque parezca extraño, por septiembre, si luce el sol y no hace viento, los murcianos se vacían en el mar. Como esa arena que me contaba los minutos cuando mis lodos de Archena, la gente de Murcia se desliza, sigilosamente, al Mar Menor en días como este.
-Para bien de los que quedan, Francisco, que nada mejor que pasear por Murcia sin preocuparse de los semáforos, o mirando escaparates sin que nadie te moleste.
-¿Has visto, Benedicto, que por doquier compran oro?
-Ellos sabrán por qué.
-Son tiendas que compran joyas que guardan algunos de su boda, o regalos de valor que no pensaban vender. Pero con la crisis, ¿quién pasa necesidad teniendo un anillo de oro en la mesita de noche o en el arcón del desván?
-O el reloj que recibió de un pariente rico.
-Estos improvisados Montes de piedad, a la sombra de miradas indiscretas, cumplen una función social importante. A mí me recuerdan, Benedicto, tiempos del Siglo de Oro que conocemos por tapices: cuevas tenebrosas, con alambiques y balanzas, donde los magos traficaban en noches de plenilunio.
-¿Hablas de los tiempos de Cervantes, de Lope de Vega, de Tirso o de Alarcón, cuando se usaban pecheras, cuellos y puños postizos sin camisa por no poder adquirirlas?
-Tiempos duros aquellos, amigo mío, que tan bien retrata Pérez-Reverte en sus novelas de Alatriste.
-En cambio, recién descubierto que fuera el continente americano, llegaban barcos a Sevilla con oro que allí embarcaban.
-¿Quién se ocuparía del tráfico procedente del Perú o de Méjico? ¿Es que habría otros Bárcenas entonces que abrieron escuela a sus descendientes?
-Siempre los hubo, amigo Francisco. Los gobiernos posteriores han temido siempre la invasión de aquellos Incas y Aztecas exigiendo la devolución del tesoro que les quitaron.
-¿En qué gastarían tanto oro Carlos el Alemán, nieto de los Católicos Reyes, y Felipe Segundo, el hijo de Isabel de Portugal? No me lo explico. ¿Tú qué dices, Benedicto? ¿Cómo se explica que viniendo  de las Américas tanto oro, naciera en España “la picaresca”, que era el retrato de la pobreza más grande conocida en una sociedad y retratada fielmente por grandes escritores como Quevedo, Cervantes y Mateo Alemán?
-Se gastaba mucho en guerras, Francisco. Unas veces por mantenerlas y otras por prevenirlas. La guerra fue siempre el arma del demonio en un país. Habrá faltado para comer, pero nunca para matar. Tú repasa la Historia: no hallarás un tiempo sin ellas: Con los romanos, los godos, los árabes, los austrias o los borbones, siempre igual. ¡Con lo bien que se viviría sin ejércitos!.

Francisco Tomás Ortuño, Murcia