viernes, 24 de mayo de 2013

Ortopedia.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 22 Mayo 2.013. Sta. Rita de Casia
ORTOPEDIA
            La protagonista era una joven como tú. En un accidente pierde el habla y todo recuerdo del pasado. Hasta le amputan una pierna por debajo de la rodilla. Poco a poco recupera la memoria, el habla y la habilidad para desenvolverse con una pierna ortopédica. Luego viene la moraleja, la segunda parte de la película. La chica se enamora de un joven apuesto y hace horas extra de recuperación sin que nadie se entere. Se da cuenta de que es su problema y que a ella toca resolver. Tanto empeño pone que llega a manejar su pierna ortopédica como si fuera propia, hasta el extremo de que monta a caballo, en bici, corre y juega sin que nadie adivine que es coja.
El médico le enseñó muy pronto que debía asumir su defecto con entereza: "Debes decirlo cuanto antes a tus nuevos amigos, como si tal cosa, y no esperar a que lo descubran ellos; así verás quién te acepta por ti; quien no te reciba por un trozo menos de pierna, no vale la pena en tu vida". Con estas ideas va por el mundo, y a las primeras llantinas y desilusiones siguen momentos de logros y de alegrías. Se casa y vive feliz. Tan feliz que quiere hacer felices a los demás como ella, y con tal fin se coloca en un Centro de mutilados para ayudarles a insertarse en la sociedad. Nadie mejor que ella para infundirles valor, alegría y ganas de vivir. Cuando les habla por vez primera no se creen que es coja. "Qué fácil habla el sano con el enfermo", dijo uno. Entonces le descubrió su tocón de madera y le hizo tocar para que se convenciera.
            Cuántos en la vida real pueden aprender de esta película que nuestros males, con buena voluntad, se pueden vencer; y que, en último extremo, aceptar la voluntad de quien dirige nuestra vida es lo mejor para nosotros. Que no debemos rebelarnos ante pequeños contratiempos, que el Señor, quizás, los pone para hacernos bien. Mi filosofía es la siguiente: "Esto creo que es bueno y lucho por alcanzarlo; si no lo consigo debo alegrarme: no era lo mejor para mi". Leí una vez un cuento sencillo pero profundo del uruguayo José Enrique Rodó: Un niño juega con un búcaro a sacar notas de música dándole con el dedo; luego lo llena de arena y el vaso compacto ya no suena como antes. El niño, que debía tener alma de filósofo, piensa un momento y, en lugar de romper la vasija que antes le proporcionaba bellos sonidos, coloca una flor de tallo largo en forma de maceta o pensil, y la pasea orgulloso por la casa como un trofeo conseguido en un combate colosal.

Francisco Tomás Ortuño, Murcia

martes, 21 de mayo de 2013

Casualidad.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 21 Mayo 2.013, martes
            CASUALIDAD
            La casualidad nos deja a veces perplejos. Que vayas al teatro en Madrid no tiene nada de particular; que a la misma función vaya un amigo tuyo por su cuenta, casi tampoco; pero que a los dos, y sólo a los dos, os toque un premio en una rifa, ya es casualidad. Que estés en Francia no tiene importancia hoy; que preguntes a un señor que pasa dónde hay un museo, tampoco; pero que este señor sea español y de tu mismo pueblo, ya es casualidad. Para mí la casualidad es el destino que juega con nosotros. "¡Qué casualidad!", exclamamos cuando vemos a una persona que buscamos en una multitud. "¡Qué casualidad!", decimos cuando topamos con la solución de algo. "¡Qué casualidad, tocarme la lotería!".
            Hay detrás de toda casualidad algo extraño y misterioso que actúa sin que nos demos cuenta. Vemos el resultado y nos sorprende, pero apenas reparamos en el fenómeno taumatúrgico del asunto. El tema de la casualidad entra en la materia ultrasensorial de la catalepsia, de la hipnosis, de la clarividencia, de la adivinación; en el terreno de la parapsicología, de los sueños y del más allá. Un mundo que está ahí,  que nos sacude con violencia, y que no podemos comprender.
            La telepatía es un hecho de la vida corriente, y, sin embargo, espera su turno. Juega a ofrecerse y a ocultarse. El hombre sabe que es un hecho cierto, que lo ha experimentado, pero se le escapa como el humo. No es materia de disección y análisis. Es inaccesible todavía. Con la casualidad ocurre como con la telepatía o la premonición. No llegamos a saber qué la produce, qué hay detrás de la misma, aunque sepamos que existe. Yo pienso en alguien y en seguida me encuentro con esa persona. "¡Qué casualidad!", me digo. Pero detrás de esa casualidad hubo algo misterioso que la produjo, algo que provocó la coincidencia de pensar en una persona y que esa persona se encontrara allí.
            Nos vamos acostumbrando a ver como natural lo que está fuera de toda comprensión. Puede ser que pronto podamos entender estos hechos y hasta conducirlos como ha ocurrido con la corriente eléctrica.
 Francisco Tomás Ortuño, Murcia

lunes, 20 de mayo de 2013

Gatos.


    Litesofía –entre literatura y filosofía-, 20 Mayo 2.013
            GATOS
            Si no lo hubiera visto no me lo habría creído, pero como lo observé en todos sus pormenores, no tengo más remedio que aceptar los hechos. Podría pasar por una historia de ficción, y hasta titularse: "Los gatos que se resistían a morir". El hecho ocurrió como sigue:
 La gata, a punto de parir, maullaba por el patio. Su panza parecía un balón;  la metimos en el coche y la llevamos con nosotros al chalé.
            Cerca del mediodía, oímos los inconfundibles maullidos de gatos recién nacidos. "¿Dónde están?", nos preguntamos. En seguida dimos con la madriguera. La gata había buscado un lugar seguro para dar a luz a sus cachorros: la gatera. No la podíamos ver ni menos tocar, mas los gemidos gatunos llegaban fuera con asombrosa nitidez.
            La siesta fue de órdago. Miguel y yo por nuestra cuenta, cuando los demás dormían, nos propusimos alcanzar los gatos. Con un escoplo y un martillo quisimos quitar la trampilla que daba a la gatera. ¿Es que podíamos? Ruidos y golpes de sepulturero en una tumba. "¿Echamos un cubo de agua desde arriba". Ni por esas. Los pobres animales sufrían resignados las avenidas, pero resistían el asedio con ejemplar heroísmo. "Otro cubo y nada". Seguimos con la piqueta. Por fin la losa se movió. "Ya son nuestros", dijimos triunfantes y sudorosos.
            Los gatitos, pegados a su madre, parecían frutos colgados de un árbol. Cuatro cachorros como lombrices chupaban del vientre de su madre. Con cuidado los colocamos en un cajón.
            La tragedia se cocía en nuestras mentes. Subimos un cubo con agua, al que arrojamos dos gatitos indefensos arrancados de su madre. Luego, lejos, fuera de la valla, hicimos un hoyo donde enterrarlos. A la vuelta de tan lúgubre faena, triste por dentro por más que quería disimular, exclamé suspirando: "Todo ha terminado".
            Al día siguiente, temprano, cuando desayunábamos, escuchamos unos maullidos lastimeros y nos miramos sorprendidos. Subimos al leñero. En el cajón permanecía la gata con sus dos cachorrillos pegados a sus castigadas ubrecillas. No era de allí de donde procedían los quejidos. Venían de más arriba, de fuera de la valla, justo de donde se habían enterrado a los otros la tarde anterior. Corrimos allí. Entre tierra y piedras gateaban dos minúsculos animales desenterrados. Sus maullidos llegaban al alma. Se resistían a morir, se aferraban a la vida con uñas y dientes. Casi con miedo, los cogimos del cuello como hacen las gatas con sus hijos, y los colocamos junto a sus hermanos. La gata los lamió y los limpió mientras que se ofrecía para darles el alimento.
            No podíamos creer lo que veíamos. ¿Qué había ocurrido? La tierra seguía aplastada como quedara el día anterior. No había señales. Yo dije fuerte para que me oyeran todos: La vida es un don que no procede de nosotros, y debemos respetarla.  
Francisco Tomás Ortuño, Murcia

sábado, 18 de mayo de 2013

Relevos.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 18 Mayo 2.013, víspera valenciana
RELEVOS
El día último de cada mes es para mí un día de despedida. No sé si a ti te pasa lo mismo, pero en esa fecha veo a un amigo que se marcha. Igual me ocurre con los años. El último de diciembre es un día triste para mí. Iba a decir y digo -no me resisto a ello- que cada día por la noche es otro amigo que me deja.
¿Reparamos en estos compañeros? Un día tiene entidad propia, no es nunca como el vecino, es él y sólo él, no hay dos iguales. Pero a fuerza de vivir con ellos, los confundimos. Sí, cada veinticuatro horas hay un real relevo, un nuevo invitado.  Llega y quedamos indiferentes, sin despedir al que se va ni darle la bienvenida al que llega.
Podríamos decir luego: "Con el acompañante del veinte de enero me ocurrió tal cosa". Es una referencia para fijar nuestros hechos cotidianos, nuestra historia personal. Son como armarios. Cada día es un armario para guardar nuestras acciones. ¿Se servirá Dios luego de ellos para ver nuestro paso por la tierra? "Este vacío, este vacío, este sucio, este sin nada de valor". ¿Mirará el Señor estos armarios a la hora de juzgarnos?
            -Pero, ¿en qué quedamos, los días son compañeros o baúles para guardar cosas?
            -Lo uno y lo otro. Cumplen esa doble función: estos buenos amigos -ángeles celestiales-, guardan todo lo habido y por haber. ¿Pensamos que el Señor nos lleva minuciosamente controlados?: Un Comandante nos acompaña cada año. A su servicio hay doce Capitanes, uno para cada mes. Y cada Capitán dispone de treinta Sargentos.
            Resumiendo: Por cada año de nuestra vida hay pendientes de nosotros: un Comandante, doce Capitanes y trescientos sesenta y cinco Sargentos. Todo lo archivan. Hasta los pensamientos más ocultos quedan registrados. Inmenso ejército para vigilar nuestra vida, para archivar nuestros actos y pensamientos.
            Al final, cada ejército se presenta ante el trono del Señor con el sujeto que va a ser juzgado. El Coronel recibe de sus Comandantes los registros que estos reciben de sus Capitanes y Sargentos. Todo lo presenta al sumo Juez, que observa al reo. El Juicio es inapelable.

Francisco Tomás Ortuño, Murcia

viernes, 17 de mayo de 2013

Baúl de recuerdos.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 17 Mayo 2.013

Murcia, las siete, donde ayer. Mis amigas del tiempo dormirán felices: sus pronósticos se cumplen a rajatabla. En plena primavera hace un tiempo invernal: llueve, nieva y hace frío. ¿Qué está pasando?
-Si la atmósfera hablara, diría: “Nada de particular, humanos, que en todas las familias hay contratiempos; vosotros a lo vuestro, que no es poco atender, y a no meter las narices en casa ajena”.
-Ayer me bañaba en Inacua y saludé a un compañero: “¿Cómo estás?”, le dije. “Yo bien, ¿y tú?”, me contestó. Le confesé que me levanto con dolor de hombro. Se rio para decirme que a él unos días le duele una cosa y otros días otra, pero que no hace caso; que había visto que su propio cuerpo era su mejor aliado: el dolor desaparecía solo. “Lo último es ir al médico a contarle mis alifafes y que me mande píldoras, que si me alivian el dolor me fastidian el estómago”, dijo al final. 
-Es que este mes que viene cumplo ochenta años –seguí. Y él me confesó que era mayor que yo:
-Pues yo he cumplido ochenta y tres; nací en el año treinta del siglo pasado. Tú nacerías en el treinta y tres.
-Efectivamente –le dije-, en tiempos de la República. Sentí alivio sabiendo que me las había con alguien mayor que yo. Recordé los versos de Campoamor: “…viendo –que otro sabio iba cogiendo –las hierbas que él arrojó”.
Y recordé a Rosa, que iba a casarse y la idea monopolizaba su magín: “Buenos días, Rosa”, la saludó su vecina. Y ella le respondió: “Mañana me caso”. “He dicho buenos días”, siguió la vecina. Y Rosa, que solo pensaba en lo suyo, siguió: “Una vez tenía que ser”.

Este recuerdo sin duda me llega de alguna parte del cerebro en que guardo mis objetos personales. El cerebro debe ser como un baúl donde vamos depositando cosas. Y el dueño echa mano sin darse cuenta, si hay algo que necesita.
-O se ofrece generosamente y te muestra lo que buscas. Hay una relación estrecha entre el cerebro y la persona que lo posee, que se entienden hasta sin hablar. Y esa puede ser la prueba: “Busco tal cosa”. “Aquí la tienes”. Porque fuera del cerebro estoy yo.
-Deben ser compartimentos del mismo cerebro, Julián. Lo que llamas “yo” debe ser una parte que reside más allá. Serán vecinos como las naciones del globo. Ninguna está fuera del planeta, siendo tan diversas unas de otras.
-Eso explica que haya personas cultas pero poco inteligentes y al revés, personas inteligentes e incultas.
-¿Qué explicaría lo que manifiestas?
-Que una parte del cerebro sería para la cultura y otra distinta para la inteligencia. Que no es lo mismo ser una persona culta que ser inteligente. La primera puede recordar bien lo que ha visto u oído y la otra razonar mejor los problemas.
-Vienen a ser como la vista del alma: una ve poco y otra ve con claridad.
-Sí, sí, es cierto… 

Francisco Tomás Ortuño, Murcia

jueves, 16 de mayo de 2013

Fornel.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 16 Mayo 2.013, Jueves.
FORNEL
            Como el butano se acabó y estábamos en el campo, recurrimos al fornel. A los que no lo sepan les diré que el fornel es un hornillo de hierro, con patas, que sirve para cocer alimentos. Nuestras abuelas lo usaron en sus cocinas y muchas de nuestras madres también. Encendían carbón y a calentar las ollas colocadas encima. Luego se retiraron porque el petróleo trajo otro tipo de hornillo que duró hasta que el butano lo desplazó.
            El fornel hace mirar el tiempo retrospectivamente: fornel, hornillo de petróleo, cocina de butano, cocina eléctrica. Y ello en el brevísimo tiempo de tres generaciones. Nuestros hijos recogen los avances de la técnica iniciados por sus abuelos. Y nosotros en medio, como en la cima de un tejado separando las dos vertientes. Hemos tenido ese privilegio: conocimos la vida rudimentaria de nuestros padres y presenciamos la vida muelle de nuestros hijos. Los primeros ni sospecharon lo que se avecinaba; los segundos ni se imaginan otro modo de vivir. Nosotros, en la arista del diedro, vemos asombrados los dos mundos opuestos.
            Generalizando, yo diría que el siglo XIX preparó el XX, y el XX ha preparado el XXI. La vida fue monótona, sin grandes sobresaltos, hasta el siglo XIX. Fuera de algunos inventos, alejados una eternidad, la vida transcurría de centuria en centuria de igual forma. Milenios hubo sin cambios de ningún tipo en la aburrida vida planetaria.
Pero llegó el siglo XIX y como un volcán que entrara en erupción, comenzó a explosionar por todas partes. La luz, el teléfono, el avión, la máquina de vapor, el tren, etc., dieron pie a que otros inventos se sucedieran en cadena. No hubo campo que no revisara sus estructuras. El mundo se conmovió. Conocer por radio lo que se decía a miles de kilómetros era cosa de brujas; hablar a través de unos hilos, increíble; utilizar máquinas en la industria, insospechado. "¿A dónde vamos a llegar?", se preguntaban asombrados. "¿Qué nos toca ver ahora?". Los hombres estarían perplejos ante tal cúmulo de noticias que les llegaba. "¡Que vamos a volar como los pájaros, tío Celedonio!". Y el tío Celedonio, sonriendo, diría: "A este paso, me lo creo!".
            El siglo XX fue ordenando tales inventos, obteniendo resultados prácticos en la industria. La luz eléctrica daba mucho de sí; proliferaron los aparatos eléctricos; el mundo cambiaba con rapidez. No había rincón ni actividad que no se vieran abordados por el cambio. El siglo XX fue el siglo de las aplicaciones prácticas a la vida ordinaria de cuanto se descubrió en el anterior. Un siglo, pues, agitado y convulso. Con un símil fácil, yo diría que en una casa vacía o con parco mobiliario, se entró toda clase de enseres, sofisticados aparatos, máquinas desconocidas. En el siglo XX, repuestos del asombro, el hombre se dedicó a ordenar la casa. Y el siglo XXI será de gozar a pierna suelta de la casa.
            Yo tengo fe en el porvenir, lleno de comodidades. Serán sus habitantes los más afortunados. El siglo XIX inventó; el siglo XX ordenó; el siglo XXI disfrutará. Tengo fe en el porvenir, fe ciega. Un mundo feliz aguarda a las generaciones nuevas.           Los que vivimos a caballo entre el pasado y el futuro, observamos mejor que nadie la diferencia. Pero hay una duda que nos asalta: ¿Fueron menos felices los hombres del siglo XIX encontrando que los del XXI serán teniendo?; ¿fueron menos dichosos los hombres del siglo XX disponiendo que lo serán los venideros disfrutando de lo que van a encontrar? Esa pregunta deben plantearse en serio los hombres. Para mí que "encontrar" es alucinante, "ordenar" es maravilloso, "vacar" es nefasto. Quién sabe si la perdición se encuentre en la abundancia; si el mal esté en tenerlo todo sin necesidad de buscarlo. Ahí puede encontrar nuestro siglo su desgracia, triste paradoja, en su infinito bienestar. Ahí debe centrar su atención para no caer en las redes del hedonismo, del hastío y del aburrimiento, como una trampa mortal.     
Francisco Tomás Ortuño, Murcia 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Meteorología.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 15 Mayo 2.013, San Isidro

Murcia, las siete y media. Coinciden mis amigas meteorólogas en que tenemos por delante unos días malos, pérfidos, en su campo. En román paladino, que van a bajar las temperaturas y va a llover en toda España. Creo que fue Alejandra la que dijo que hasta puede granizar en algunas regiones y que la nieve puede aparecer en alturas inferiores a los mil metros.
-¡Vaya panorama, Aurelio! En Madrid, como son las fiestas de San Isidro, su patrón, estarán preparados: “¡Tú a mí no me la das, que habrá verbenas llueva o no llueva, granice o no granice, que la experiencia es madre de la cierncia! ¡Estaría bien que me cogieras desprevenido! Tenemos a cubierto nuestras vides y otros frutos del campo con paraguas, y las terrazas de la ciudad con grandes plásticos, por si amanecieras graciosillo y quisieras gastarnos una broma”, se dirán.
-¿Qué le habremos hecho para querer mandarnos un correctivo? Veo que no nos entendemos con los santos “aguaceriles” y “graniceros”, con lo fácil que sería decir las cosas claras en una reunión. “No nos gusta esto, humanos, lo preferimos así”. Que hablando se entiende la gente. Y no tener que adivinar su pensamiento para obrar en consecuencia. Parece que estemos en guerra. ”¡No hagáis fiestas!”. Y nosotros las cambiaríamos por otra cosa. Pero que llegue la festividad y empiece a llover, no me parece de recibo.
-¿Qué pasa en Murcia?, lo mismo. Llega la Semana Santa y agua va; llegan las fiestas de los Huertos, cuando la gente sale a cenar morcillas al Malecón, y bajan las temperaturas. Es que se pasan.
-¿Y con Sevilla? ¿Qué ha hecho Sevilla para tratarla tan mal? Si la Feria, agua que se lleve río abajo las casetas; si Semana Santa, guerra contra las imágenes con tirachinas.
-Pero los meteorólogos no se merecen nada, que ellos son meros anunciadores de lo que dice el Meteosal: “¡Aguas vienen!”, “Fríos intensos se avecinan!”, “¿Por fin calor!”. Ellos son intermediarios, como traductores entre chinos y españoles: “Dice que te compra la producción de coches a cambio de abrir tiendas sin impuestos”. “Dile que conforme si no son más de mil”. Y se estrechan la mano. ¿Qué se merece el que traduce de los acuerdos?
-Creo que más de lo que se piensa, que si es torpe o gracioso el traductor y da gato por liebre, puede hacer o deshacer lo que haya en juego. Supongamos que el chino quiere hacer un trueque o canje con España y el intérprete dice que “nones” donde debe decir “de acuerdo”: deshace el trato.
Y en la meteorología lo mismo: si dice el Meteosat que va a lucir el sol y van a subir las temperaturas y la meteoróloga dice lo contrario, la arma bien armada reteniendo en sus casas a posibles consumidores en playas o plazas hoteleras.
-Bueno, nos hemos apartado del tema.
-Creo que no, Panfilio, que todo es uno y lo mismo. Para mí que los delegados celestiales en mandar lluvias, piden un soborno. Como en su paso por la Tierra estaban acostumbrados a doblar la mano por detrás, a “poner el cazo” dicho vulgarmente, para pedir un aumento en la operación, les quedó el recuerdo y siguen en sus trece.
-¿Y qué pretenden?
-Que se les dé una propina.
-¿Y para qué? ¿Qué van a hacer ellos con una propina?
-No olvides que en el Cielo hay almas inocentes, aniñadas, y obran en consecuencia. ¿A qué niño no le gusta un caramelo? Querrán que hablen de ellos, que los lleven en lenguas, que verán que a unos los agasajan con dádivas y cirios y a ellos ni los nombran.
-Será eso, Mauricio, que no sabemos lo que se cuece arriba.
 Francisco Tomás Ortuño, Murcia