Litesofía –entre literatura y filosofía-, 18 Noviembre 2.013
De mis “Diálogos con Benedicto XVI” -fragmento-
Murcia, las ocho, en mi escritorio. Frío y lluvioso fuera, como dijo el meteorólogo Brasero ayer.
-Vaya apellido para anunciar el frío.
-Es verdad, debía de tener dos nombres: uno para anunciar el calor y otro para pronosticar el frío: Brasero y Congelador, por ejemplo.
-Deja las bromas, Francisco, ¿cómo va a tener dos nombres?
-Le vendrían que ni pintado, como sus vaticinios: si con barbas, San Antón; y sin ellas, la Purísima Concepción. ¿No observas que en el mapa reparte lluvias y soles a capricho? Si acierta, bien; si no acierta, sería al vecino.
-Vaya, estás bromista hoy.
-Es que llamarse Brasero para anunciar el frío…, ¿tú qué piensas, Benedicto?
-Que nada tiene que ver una cosa con la otra. ¿No decís por Jumilla que las culpas de Ontur no las debe pagar Albatana? Pues lo mismo: el tiempo es el tiempo y el patronímico es otra cosa. Deja quietos los nombres y escucha lo que proclaman.
-Pero sin tener nada que ver, situaciones puntuales debían de tener su excepción. Hay nombres que se contradicen al mensaje que quieren dar.
-A ver, dime un ejemplo, Francisco.
-Pienso en el cura que haya tenido la poca suerte de apellidarse Ladrón. Supongamos que explica en la catequesis: “El séptimo Mandamiento de la Ley de Dios es no hurtar; no queráis lo que no es vuestro, hermanos”. Y alguno le dice: “¿Y eso cómo se consigue, señor Ladrón?”. ¿No podía apellidarse mejor Honrado o Justo?
-Bueno, bueno, cambiemos de asunto. ¿Qué has hecho esta mañana?
-Con mi gimnasia podal estuve viendo a Jiménez Losantos en su programa “La mañana de Federico”.
-¿Y qué decía este hombre?
-A mí me encanta, ¿qué quieres que te diga? Llama al pan pan y al vino vino. Es el azote de los corruptos y no tiene pelos en la lengua.
-¿Cómo va a tener pelos en la lengua?
-Quiero decir que lo que otros callan por prudencia, miedo o interés, él lo dice bien alto.
-¿Por ejemplo?
-Todo; Federico es como un periódico que hubo, llamado “El Caso”, donde solo sacaban trapos sucios ocurridos, episodios inmundos.
-¿Y hoy qué tocaba?
-Los excarcelados de turno. Acusaba a Gallardón de mandar a los presos a sus casas, sin tener en cuenta que un etarra volverá a las andadas y un violador tornará a trangredir la ley.
-Sí, claro, pero ¿no decías, Francisco, que los hombres no son malos sino enfermos? ¿Qué hacen entonces los presos en la cárcel? En eso veo que no estás de acuerdo con tu admirado delator de iniquidades.
-Y lo pienso, Benedicto: estos presos no son malos, son enfermos. Pero como tales y peligrosos deben estar aparte. ¿Qué hacían antes con los leprosos? Los ponían donde nadie los pudiera ver, donde no pudieran contagiar. Y a los pedófilos, por ejemplo, a los violadores en general, hay que amarrarlos bien y no dejarlos sueltos como a personas normales. Y no sería lo mismo, aunque se pareciera terminológicamente que estar en la cárcel.
-Muy difícil, Francisco, llevar a cabo tu programa doctrinal. En la sociedad tiene que haber una Ley y el que la incumpla, infrinja o transgreda deberá pagarlo de algún modo: con encierro, separación o castigo.
-Sin merecerse nada.
-El juez solo quiere pruebas objetivas: “¿Has incumplido la ley? Debes pagarlo y punto pelota”.
Pero si no sabía o no podía…
-La ignorancia no exime de culpa; y si no podía, Dios le juzgará.
-Ay, Benedicto, aquí en la Tierra, ¿qué justicia tenemos? Veo que hay lagunas en el Código Civil y Penal: no se tiene en cuenta la íntima, la verdadera realidad del pensamiento humano, a veces desconocido por la misma persona que lo ejecuta. Si yo cometo un crimen pasional porque un viento malo me ha transformado en una bestia, ¿soy culpable de mi acción? Si contra mi voluntad cometo un asesinato, ¿soy reo de culpa?
-Todo lo humano es imperfecto, Francisco.
-Vamos a dejarlo por hoy, Benedicto…
Francisco Tomás Ortuño, Murcia