sábado, 22 de diciembre de 2012

El río


EL RÍO

Litesofía –entre “lite” y “filo”-, 22 diciembre 2012
Mi Cuento EL RIO se lo dedico a mi hijo Ángel-Inocencio TOMÁS PASTOR

Cuando fue nombrado alcalde, don Eduardo se frotó las manos: al fin vería cumplido el sueño de su vida. “Van a saber lo que es bueno”, musitó; “van a ver de lo que soy capaz”, dijo bajo, sin poder impedir que alguien le oyera, y que se comentara después el críptico pensamiento.
     La verdad es que nadie sabía a ciencia cierta cuáles eran las intenciones del nuevo alcalde de Cebolleda. Nadie imaginaba que Eduardo Ajo pensaba en el poder que le proporcionaría el río, que nacía en su término municipal; un río que regaba las tierras de su pueblo, las de Castrogón de Abajo y las de otros pueblos hasta llegar al mar.
     Eduardo no quería a sus vecinos. Su antipatía se había manifestado en múltiples ocasiones. En competiciones deportivas, cada encuentro era una guerra, en la que insultos y hasta golpes menudeaban. Cada triunfo era para el contrario el peor castigo que podía sufrir. Cebolleda y Castrogón de Abajo, como pocos pueblos limítrofes, se guardaban ojeriza desde no se sabía cuántos años o siglos.
     Por eso, Eduardo Ajo, cuando tomó la vara que le confería poder, musitó la frase enigmática de que “van a saber de lo que soy capaz”. Su pensamiento estaba puesto en el río y en sus vecinos de Castrogón. Cuántas veces, mirando sus aguas se había dicho: “¿Por qué dejar que nuestro río pase a otras tierras?; si yo pudiera impedirlo...” Y con esa idea llegaba al mismo nacimiento por el norte, y sentía, con la mansedad de sus aguas el ímpetu de sus sentimientos egoístas.
     Fue pronto, en una sesión memorable, que expuso su plan tan largamente acariciado:
-Las aguas del río no deben cruzar “la frontera”; son nuestras, y toda la riqueza que generen debe quedar aquí; Castrogón de Abajo se queda sin agua como yo me llamo Eduardo.
     Fue una declaración de guerra ante los atónitos ediles, que poco a poco fueron conociendo las intenciones del alcalde en toda su magnitud.
Críspulo Lechuga, padre de doce hijos varones y concejal del ayuntamiento, conectó enseguida con la idea del alcalde. Críspulo, era, además de concejal, amigo de Eduardo Ajo y compartía con él aficiones tales como la caza del jabalí y la pesca del barbo. Por eso, quizás, desde que expuso aquel lo de cortar el agua a los vecinos de Castrogón, estuvo a su lado en cuerpo y alma para lo que quisiera mandarle.
     -Críspulo -le dijo Eduardo cuando estuvieron solos-, tú sabes como yo, que el río es nuestro y no de Castrogón.
     -Sólo nuestro, Eduardo, sólo nuestro.
     -Entonces, amigo Críspulo, manos a la obra; tú serás mi persona de confianza: luego te propondré para una tenencia de alcaldía.
     Críspulo lloró emocionado y, agradecido, abrazó a su amigo, queriendo expresarle así su más leal adhesión.
     -Vas a visitar las pedanías y a sugerir a los pedáneos la conveniencia de preparar enormes presas para almacenar agua. Ya sabes, Críspulo, con tacto y con sigilo para no levantar la caza; hay que desviar el río por arterias y recoger el agua sin que salga una gota fuera de Cebolleda. Que no se corra la voz. Cuando la red de pantanos esté preparada, la sorpresa será mayúscula.
     -Comprendido, Eduardo, seré tu máximo colaborador en la empresa y por la salud de mis doce hijos que no lo sabrá ni mi mujer.
     En poco tiempo Cebolleda se transformó: tremendos agujeros fueron cubriendo aquí y allá su superficie. Don Eduardo estaba orgulloso. Con su equipo de colaboradores –Críspulo a la cabeza- y la anuencia callada de los vecinos de Cebolleda, que al final supieron de las intenciones de su alcalde, las obras llegaban a su fin y se disponían al histórico acontecimiento, que quedaría en la memoria de los cebolledos como el más grande evento de todos los tiempos.
     Los ingenieros que habían dirigido los trabajos, se reunieron con la primera autoridad local a certificar que las obras estaban dispuestas para el programado desvío de las aguas.
-Sería conveniente -manifestó don Gonzalo Ciruelo, ingeniero jefe- que se fueran llenando las presas escalonadamente, empezando por las más próximas al manantial.
     Todos estuvieron de acuerdo con don Gonzalo: se empezaría por el pantano A1, a cien metros escasos del nacimiento, por el paraje denominado La Rinconada, lugar muy bello entre montes cubiertos de pinos.
     El éxito fue clamoroso. Fuera de Cebolleda nadie sospechó que el río había dejado parte de sus aguas en uno de los pantanos más atrevidos por su capacidad. A la semana siguiente, y con el mismo protocolo, el pueblo de Cebolleda, asistió alborozado al embalse del segundo pantano, no menos monumental que el primero y a sólo dos kilómetros del mismo.
     Cuentan las crónicas de Cebolleda que el ayuntamiento celebraba fiestas con motivo de los sucesivos desvíos de las aguas. Y que a las tales celebraciones se sumaban los vecinos, que iban como en romería. Y que fue aquella una época esplendorosa, ilusionada. Y ¿por qué no decirlo?, una época de avivar rencores, sabiendo que el final era, de una vez por todas, humillar a sus vecinos. Deseo innoble, poco generoso, pero que ellos lo justificaban, para tranquilidad de sus conciencias diciendo que “antes es Dios que los santos”.
     El cauce del río cambió totalmente: de una línea más o menos sinuosa se transformó en un laberinto de ramificaciones. A derecha e izquierda, todo eran ramales que llevaban a la presa de turno. Y de esta suerte, Cebolleda cambió su faz, y el río fue dejando de serlo conforme se acercaba a los límites con Castrogón. Las aguas se repartían sibilinamente por las obras de hormigón que se habían preparado al efecto y nada quedaba ya para sus vecinos.
Tan orgulloso se sintió don Eduardo el alcalde, cuando vio que había conseguido domeñar el río, apresarlo en sus dominios, que pensó levantar un muro en el límite de los dos pueblos. “Hasta aquí y ni un paso más” se dijo. Y así, una mañana apareció la pared desafiante cortando el cauce e impidiendo que el agua sobrante, como un delgado hilo, siguiera su curso. Una pared que era una provocación, un desafío manifiesto. Ya no podían ocultarlo. El agua era para ellos y por si no quedaba claro, la enorme valla lo rubricaba.
     Don Rosendo, alcalde de Castrogón, venía observando con creciente preocupación, que las aguas del río menguaban escandalosamente. Un día manifestó sus aprensiones a los ediles y pueblo en general:
-El río cada vez trae menos agua.
     -Para mí que es obra de los vecinos de arriba –dijo Mauricio Antoñanzas, primer teniente de alcalde-: algo traman los de Cebolleda.
Mas cuando vieron que el río se cortó de raíz y que una pared de tres metros se levantaba en el cauce, ya pensaron lo peor.
     -Tenemos que saber lo que se proponen –dijo por fin don Rosendo en una asamblea memorable-: irá una comisión a hablar con el alcalde de Cebolleda.
     La entrevista resultó un fracaso. No sólo don Eduardo y los concejales desoyeron a los comisionados sino que, para hacerles saber que no estaban dispuestos a rectificar, continuaron el parapeto que habían empezado a derecha e izquierda, por el límite de sus tierras. Hicieron una gran fortificación, como una muralla colosal, que los aisló del resto de los humanos. “El agua es nuestra y quedará toda dentro de nuestro territorio”, exclamaba cada vez más soberbio don Eduardo, refiriéndose a la petición de sus vecinos de Castrogón.
     -Hemos emulado a los chinos, los más grandes constructores de murallas que registra la historia de la humanidad.
     -¡Viva nuestro alcalde! –gritó Críspulo.
     -Éste es un momento histórico para cebolleda –siguió don Eduardo.
     -¡Viva! –dijo Críspulo otra vez.
     -¡Viva! –repitieron sus acompañantes.
     Jamás se había conocido en Cebolleda otra época más atractiva. Pero fue corta. Los habitantes de Cebolleda tuvieron pronto agua de sobra para sus riegos y hasta para sufrir inundaciones, que los puso con cuidado. El río seguía manando agua una vez llenos los pantanos.
     -Regad sin tasa, que agua nos sobra –pedía el alcalde en manifiestos dirigidos a los pedáneos-. Regad, regad, hasta que las tierras se sacien.
     Pero todos sabían que el agua les sobraba, que las tierras no admitían más riegos y que los embalses estaban a rebosar.
     Los pantanos se desbordaron y el río no dejaba de bajar agua. Los embalses cubrieron superficies enormes. No sólo en un paraje o en dos de Cebolleda; era prácticamente en todo el término. Por muchas zonas ya no se podía pasar porque estaban anegados.
     -¡Socorro! Fue la voz de Cipriano, el pedáneo de Cabrales-, ¡socorro! barcas aquí, que nos ahogamos.
     Los habitantes de Calabazar fueron más expeditivos: viendo que las aguas amenazaban con inundar sus propias viviendas, de común acuerdo, abrieron un boquete en la muralla por donde el agua pudiera discurrir. No pidieron permiso a la autoridad porque comprendieron que del tal agujero o rebosadero dependía su supervivencia.
     Lo mismo hicieron los habitantes de Sabinar, como los de Madroñera y otros menos próximos. El paredón poco a poco fue cayendo demolido por los mismos que antes lo levantaron.
     Las aguas fueron bajando altura y cuentan las crónicas que el alcalde se volvió loco cuando alguien le informó del desacato a su autoridad por sus mismos subordinados. Quiso comprobar por su cuenta si era cierta la denuncia, y con Cipriano y otros concejales partió sin avisar de sus intenciones. Cuando vio que era cierto lo que, confidencialmente le dijeron, llamó a los responsables y los cesó fulminantemente de sus cargos. Luego mandó tapar de nuevo los agujeros por donde se iba el agua, y él mismo ayudaba en las peligrosas tareas como el más eficiente de los albañiles.
     Como eran ya muchos los sitios abiertos para que el lago en que se había convertido Cebolleda se desangrara, don Eduardo iba de acá para allá, como un pirotécnico, acompañado siempre de sus más fieles servidores y ordenando tapar los boquetes por donde la fortificación estaba quebrantada. “El agua es nuestra”, repetía como un obseso. “El río no sale de Cebolleda como yo me llamo Eduardo”. Y corría de un paraje a otro diametralmente opuesto, donde le decían que la muralla estaba abierta.
     La actitud del alcalde empezó a preocupar seriamente a los habitantes de Cebolleda. No podían ver que las aguas crecieran en altura, que los embalses se desbordaran y que el pueblo quedara convertido en un mar por la avaricia de un hombre, por muy alcalde que fuera. Fue Martín Chirimoya, uno de los pedáneos cesados, quien inició la campaña contra la labor aberrante de don Eduardo.
     -No podemos obedecer a un loco –dijo sin miedo en un círculo de amigos.
     La voz de Martín cundió como la pólvora y en una asamblea multitudinaria, que tuvo lugar precisamente en la plaza del ayuntamiento, Martín Chirimoya acusó al alcalde de necio, de egoísta y de loco. Cuantos antes aclamaron a don Eduardo, ahora lo consideraron un traidor y un peligro para seguir dirigiendo a su pueblo. Ahora fue Martín el héroe, el que debía librarlos de los males que habían sobrevenido con don Eduardo y sus concejales.
     -¡Fuera! –fue el grito que más se escuchó en la asamblea.
     Y en tromba, la multitud asaltó el ayuntamiento y tomó sus dependencias.
     Cuentan que don Eduardo no estaba en su despacho. Nadie supo dónde se encontraba. Pero se dice que un buen amigo suyo, siquiatra, lo tenía recluido en su clínica para tratarlo de una enfermedad mental que se le agudizó últimamente y no le permitía seguir en sus tareas de gobierno.
     Martín Chirimoya, al no encontrar resistencia, fue nombrado alcalde por el pueblo, y sin saber cómo, se convirtió a todos los efectos en el nuevo presidente municipal de Cebolleda. No era una forma muy ortodoxa de acceder al cargo, pero él pensaba que ¿quién mejor para nombrarle que la voluntad de su pueblo? Y sin más, se apropió del despacho del anterior alcalde y empezó a dar edictos conminatorios para que fueran cumplidos sin pérdida de tiempo. El primero de todos fue que destruyeran el bastión que habían levantado alrededor del pueblo de Cebolleda y que convertía el lugar en un peligroso estanque que amenazaba con la vida de sus moradores.
     El decreto de Martín Chirimoya fue cumplimentado sin dilación. En menos que se tardó en levantarlo fue destruido el baluarte, volviendo pronto las aguas a discurrir por donde fueron siempre. El río volvió a ser río, las aguas traspasaron los límites de Cebolleda y los ánimos se calmaron.
     Dicen las crónicas que el malhadado o desventurado don Eduardo recuperó la razón como don Quijote, y que no sólo confesó sus males anteriores sino que quiso devolver el daño que había ocasionado a sus vecinos; y que, en penitencia, fue descalzo a un pequeño monasterio que se alzaba en unos montes próximos y allí terminó sus días vistiendo un sayal de franciscano.

FIN

viernes, 21 de diciembre de 2012

El vampiro.


Litesofía –entre “lite” y “filo”, 21 DIC. 12

Este Cuento, que obtuvo el Primer Premio en un Concurso Nacional de Narrativa, se lo dedico a mi primogénito Francisco-Amós TomáS Pastor.

EL VAMPIRO

Ocurrió en un pueblo de Andrómeda Lucia, llamado Grigento. Pueblo grande pero tranquilo, despreocupado, hasta que apareció el vampiro.
Las autoridades locales se reunían con frecuencia, más a comentar sucesos que a resolver problemas. Ayuntamiento sin graves preocupaciones: sobre la marcha atendía las necesidades perentorias de luz, agua, alcantarillado, trabajo, enseñanza. Ediles felices y seguros, hasta que surgió el vampiro.
Había en el pueblo un cuartel con pocas unidades de guardias a las órdenes de un sargento. Poco trabajo: la gente era pacífica; y en los campos, casi despoblados, no había robos ni otros desafueros.
Había en Grigento, asimismo, una escuela para niños de primaria y un instituto. Tres maestros para niños pequeños de primaria y cinco profesores para su instituto de bachillerato.
El instituto “Don Pelayo” tenía fama de ser uno de los mejores de Andrómeda Lucia. Sus profesores eran tenidos por sabios en sus respectivas materias de enseñanza.
Sobresalía en esta general fama y aprecio don Bladimiro, profesor de física, de quien se hacían lenguas padres y compañeros de otros institutos.
El profesor de griego, don Pantos para todos, aunque su verdadero nombre era Vitrubio, permanecía soltero, como don Bladimiro. Ambos, de vez en cuando, iban juntos en sus paseos vespertinos.
Decir que don Vitrubio, o don Pantos, era un sabio en lenguas clásicas o que don Bladimiro era un Einstein redivivo de la física, no significaba que doña Baltasara –Sara para los alumnos- fuera menos en lingüística. Doña Baltasara se hacía comprender como pocos en las escabrosas teorías de Saussure y de Chomsky y era querida y respetada por sus alumnos. Se decía que suspendió a su propio hijo dos veces, haciéndole perder un año en sus estudios. Había más anécdotas que dejaban bien alto el nombre de doña Baltasara como mujer honrada en el desempeño de su trabajo.
Lo mismo podría contarse de los otros dos profesores. Pero no es el caso de extenderse con la vida y obras de los habitantes de Grigento, en el valle pirenaico de Camambrú.
Todo transcurría, como queda dicho, sin sobresaltos hasta que se habló por vez primera del vampiro.
Alguien dijo que había visto por los alrededores del pueblo, a su vuelta de un largo viaje, un ser raro, espeluznante, que tenía alas y corría a grandes zancadas a la luz de la luna, desapareciendo entre los árboles de un caserío.
En un principio se pensó que era una broma. Pero cuando otros dijeron lo mismo, los vecinos de Grigento se intranquilizaron. Con reservas al principio y abiertamente después, se habló del vampiro –como todos le llamaron- en el ayuntamiento, en el cuartel y en todo el pueblo.
El caso se hubiera olvidado si no es porque un día, cuando las aguas regresaban a su cauce, apareció muerta una anciana que vivía sola, en su propia casa, destrozada, como atacada por un animal salvaje.
El pueblo de Grigento, de Andrómeda Lucia, despertando de un largo sopor de siglos, salió noche tras noche en busca de la bestia que sembraba el pánico entre sus habitantes.
Todo resultaba infructuoso. Nadie veía el menor rastro de animal por los alrededores. Armados de palos y escopetas, los hombres de Grigento, siempre en grupos, recorrían cada noche sus viviendas sin dar con la señal que indujera a la menor sospecha.
Un mes había pasado del sangriento suceso, cuando alguien, otro vecino respetado, dijo haber visto a lo lejos como una sombra o monstruo con alas, que se agitaba veloz a la luz de la luna.
Los vecinos de Grigento no podían dormir. Su miedo alcanzó cotas de pánico. Niños y mujeres se encerraban temprano y sufrían pesadillas con vampiros atacándoles.
La segunda víctima fue una niña de diez años.
Nadie se explicaba cómo pudo entrar por la ventana de un cuarto piso. O tuvo que escalar por la pared o bajar dos plantas desde una terraza con evidente riesgo de caer al vacío.
¿Qué clase de monstruo era éste, que mataba por matar y no dejaba rastro de su paso más que la víctima de turno destrozada? Los habitantes de Grigento, en pie de guerra, buscaban sin descanso al fantasma asesino. El asedio fue terrible.
Hasta que una noche de luna, como siempre que se había visto o cometido algún asesinato, un grupo de hombres armados tocó un silbato repetidas veces, que era la señal de alerta a los demás. El cerco se fue estrechando en derredor de unas casas semiderruidas, abandonadas, en las afueras del pueblo. Un bulto grande, como un pájaro extraño, fue retrocediendo, asustado ante la masa enorme que le cerraba el paso. En un rincón dejóse caer sin oponer resistencia. La avalancha se le vino encima, pero fue inútil: no acometía, ni siquiera trataba de defenderse. Como un animal muerto se dejó prender y conducir.

Cuando se supo que era don Bladimiro, el profesor de física del instituto Don Pelayo, la gente quedó aturdida, sin poder reaccionar. Para unos era imposible; para los más una broma o un error. Pero las pruebas fueron contundentes. No había duda. Don Bladimiro se vestía de tal guisa, merodeaba por los alrededores en noches de luna y de vez en vez cometía su terrible crimen.
El fiscal pidió la pena máxima por sus horrendas matanzas. Los padres y familiares de las víctimas, lo mismo. Pero Restituto, su abogado, se opuso rotundamente con planteamientos nuevos que chocaron a sus colegas y al propio juez. Don Restituto partió de que su defendido no era ningún homicida, porque estaba loco. Y para probarlo pidió que se aplazara el juicio, a lo que accedió el juez.
Restituto visitó a su amigo Ciro, joven valor de la medicina, que había descubierto un componente en la sangre que alteraba la personalidad con imprevistos comportamientos posteriores.
Los dos amigos habían comentado últimamente este descubrimiento, que el médico guardaba en secreto. Eran ambos inquietos y un tanto revolucionarios en sus profesiones, y discutían los terribles resultados anteriores en el campo de la medicina y del derecho, no habiendo tenido en cuenta ciertas verdades irrefutables.
Ciro podía demostrar que una hormona desconocida hasta la fecha, pero que él había logrado separar y observar en el laboratorio, era la causante de ciertos cambios de personalidad. Una glándula, productora de esta hormona, hacía que algunas personas reaccionaran con violencia, con agresividad inusitada, en determinados momentos de su vida.
Restituto rogó a su amigo que hiciera público su descubrimiento. Y Ciro accedió tras unos días de intensos preparativos.
Visitó al físico y habló con él. Era don Bladimiro amable, tranquilo, educado, que en nada hacía pensar que fuera el asesino nocturno de otros días.
Ciro le dijo que quería ayudarle como médico y como amigo. Que trabajaba hacía tiempo con un tipo determinado de enfermos y que había descubierto algo que podía aplicarse en el terreno de la justicia.
Como esperaba don Ciro, el profesor le confesó que se transformaba en otro sin poder evitarlo. Que algo le impulsaba al crimen sin remisión posible.
-¿Recuerda luego lo que hizo en tal estado?
-Sí, lo recuerdo; pero también recuerdo que mis impulsos eran impropios de una persona en su sano juicio.
-Entonces, ¿se declara inocente de sus crímenes?
-Totalmente, doctor: en esos momentos mi enajenación es total.

Cuando se reanudó el juicio, el local estaba lleno de público. El suceso había despertado la curiosidad de propios y extraños. Había en la sala médicos y abogados ávidos por conocer tanto el veredicto como los argumentos que se esgrimieran. No era un caso más en el juzgado sino el juicio más sensacional de todos los tiempos en la historia de Andrómeda Lucia.
Cuando llegó su turno, Restituto explicó con aplomo que don Bladimiro actuaba ciertas noches impulsado por una fuerza interior incontenible que le hacía inocente de sus actos.
La prueba la aportó don Ciro, el médico, que explicó a la concurrencia su descubrimiento hormonal y los efectos en las personas. Científicamente estaba comprobado que estos enfermos no eran culpables de sus actos, no eran conscientes de los mismos, y la justicia, por tanto, había cometido antes muchos errores condenando a tales enfermos.
Don Ciro convenció; pero el juez pidió que se probara tal aserto.
El juicio tuvo que ser aplazado de nuevo.

Las hormonas de la ira las llevaba don Ciro en un tubo pequeño, vigiladas y custodiadas, como el cura las formas sagradas que lleva a los enfermos.
Llegado que fue su turno, pidió inyectar con ellas al primer voluntario que se ofreciera. Por estar más cerca y por no despertar sospechas, don Ciro pidió al propio fiscal que se sometiera a la prueba. En el brazo izquierdo le introdujo como un milímetro cúbico de líquido con una aguja hipodérmica.
Un silencio absoluto seguía la operación. El juez desde su estrado miraba a los presentes. Los médicos no perdían un movimiento del experimento. Se escuchaban las respiraciones. ¿Qué pasaría a continuación?
El fiscal se puso rojo, sus ojos se desencajaron y se desfiguró visiblemente. De pronto, en el mayor silencio, comenzó a gritar como una fiera.
El pánico cundió y muchos se levantaron para salir. La policía acudió a reducirlo cuando se lanzó contra el juez con agilidad felina. Cuando hubo pasado, a los pocos instantes, el efecto de la hormona inyectada, todo volvió a la anterior normalidad.
-Esa hormona fue obtenida de don Bladimiro en un momento de locura –dijo don Ciro-. Me acompañaron en el experimento don Hipócrates, aquí presente, con su equipo de trabajo, de la universidad de Yale, y don Paz, jefe del servicio internacional de Justicia, residente en California, y que ha venido ex profeso de América a comprobar el resultado de la prueba.
Don Bladimiro fue declarado inocente, pero estuvo vigilado como productor habitual de la hormona de la ira, para ser encerrado cuando se presentaran los primeros síntomas de locura.
Desde aquel día, inolvidable en Grigento y en Andrómeda Lucia, la historia de la medicina se apuntó un nuevo tanto con el descubrimiento de don Ciro, y el derecho penal tuvo que corregir algunos de sus artículos.

              FIN

jueves, 20 de diciembre de 2012

Murcia, las ocho.


Litesofía –entre literatura y filosofía-, 20 diciembre 12

Murcia, las ocho. Once días más y se fue el año. Estamos en los días más cortos. Quede constancia que tengo la luz encendida para escribir. A partir de ahora las noches se acortarán y los días  crecerán. ¿Te imaginas el espectáculo?
-A qué espectáculo te refieres?
-El planeta Tierra, tan enorme y a tal velocidad, girando alrededor del sol, llegar a un punto y empezar a dar la vuelta. ¿Hay algo más extraordinario?
-Deja el tema que me quita el sueño.
-Para quitar el sueño, la tos que tuve anoche. Y eso que fui a la Vega y una médica me mandó un jarabe. Con nada se me cortaba. Se lo adverí a la doctora:
-Mi tos no me deja dormir.
-Con los cambios de tiempo, hay muchos catarros –me contestó.
-Mi mujer no puede dormir tampoco –seguí.
Me auscultó y me dijo que era solo de garganta.
-De garganta o de pecho, por favor, quíteme la tos si no quiere que se separe una pareja que vive junta cuarenta y cinco años.
Se rio de la broma y siguió escribiendo recetas.
Por la noche, seguía tosiendo. Y fue entonces, entre tos y tos, que pensé: “¿No sería la tos uno de los sucesos a que se refería el sacerdote en el altar cuando dijo: “Para estar unidos en lo bueno y en lo malo, os declaro marido y mujer”. ¿Pensábamos entonces que vendrían noches con toses recalcitrantes, ruidosas, impenitentes e incorregibles? Lo más seguro es que no, por más que fueran incluidas en el paquete.

Yo del cura –seguí pensando- llevaría una lista de episodios ordinarios que acontecen en la vida matrimonial, recogida de la experiencia de años de confesión, y antes de decir: “Os declaro marido y mujer”, les leía, despacio, la cartilla.
-¿Qué cartilla, Timoteo?
-La lista de casos o peripecias acontecibles, que en esos momentos no se piensan: “Si la tos de uno no deja dormir al otro; si uno sale ventosero y es difícil de aguantar; si ronca tan fuerte que ni con tapones en los oídos dejan de oírse los ronquidos; y mil cosas más.
Que es muy fácil decir “Sí, quiero” en esos momentos cuando todo es esperar a salir de la iglesia a que les tiren el arroz y les hagan las fotos.
Yo diría: “Señorita Tal, ¿tomas por esposo a este hombre para el resto de tu vida y lo soportarías con cuartos o sin ellos, tosa o no tosa, ronque o no ronqye, huela bien o huela mal, etc., etc., hasta que se muera?”.
Que supieran a lo que se exponían. Que luego no pudieran decir: “Si llego a saber esto no me caso”;  o “¿Por qué no me  advirtieron que esto podía pasar?”.
-Y que no pasara a mayores.
-¿Qué quieres decir?
-Que lo de la tos es pecata minuta para lo que puede venir. Por ejemplo, que se emborrache a menudo y vuelva a casa gritando o pegando a la mujer; que no tenga trabajo ni lo busque y la mujer trabaje por los dos.
Yo del cura que los casa les diría que lo que van a contraer no es un juego, sino lo más serio que van a hacer en su vida. Que el “Sí quiero” implica renunciar a una vida más cómoda. Y que los hijos que nacerán son de ambos por igual y deberán vivir por ellos y para ellos. ¡Cuántas cosas les diría que no saben!
Cuando oigo decir que una pareja se ha separado pienso que no debían haberse casado o que no conocían las reglas del juego, tal vez porque antes no le dijo nadie que una noche podía tener tos y no podría dormir, o que podía roncar, o que podía llegar la droga u otra enfermedad a la que debían hacer frente los dos juntos.

Comunidad "La alondra"


Litesofía –entre”lite” y “sofía”-, 19 diciembre 12
Dedico mi Cuento de hoy a mi hijo Miguel Tomás Pastor
COMUNIDAD “LA ALONDRA”
En un pueblo andaluz, había una Comunidad de vecinos, llamada “La Alondra”, que estaba compuesta por veinte familias ricas. Estas familias eran de tal rango social que el nombre de “La Alondra” era sinónimo de distinción y poder, sin parangón posible.
            Una de las familias era la de don Gerardo, eminencia médica, reconocida dentro y fuera de Andalucía. Su mujer procedía de los barones de Ajimez, dueños de extensas propiedades. Sus tres hijos, uno canónigo, otro militar de alta graduación, y el tercero médico endocrino de gran fama también, eran personas respetabilísimas.
            Si cuento la historia de esta familia es para que se comprenda la importancia de tal Comunidad de vecinos. Don Félix Sanz de Forqué y Forqué, por ejemplo, otro comunero de “La Alondra”, era diputado. Don Aniceto Puche Trável, arquitecto muy famoso. Don Julián de Entrambasaguas y Salmerón de las Viudas se había distinguido como abogado en los famosos juicios del vino adulterado. Doña Felicísima Rius de las Torres Bermejas estaba reputada como la mujer más rica de la Región. El título de duquesa lo conservaba como otro atractivo más, no el más relevante, de su vida.
            Los veinte comuneros se congregaron un día para nombrar a quien en adelante fuera a ser administrador de finca tan singular. De entre los candidatos al cargo, fue elegido don Arcadio Visiedo. Para todos, sin excepción, don Arcadio reunía las cualidades que requería el cargo: era inteligente, activo y honrado, justo lo que buscaban.
            Don Arcadio Visiedo estaba casado con Esperanza Min y tenía dos hijos. Lo primero que pidió como Presidente de comunidad tan prestigiosa, fue una vivienda digna. Los comuneros no vieron mal, sino todo lo contrario, que la casa de don Arcadio fuera como la de ellos mismos. Y así, le construyeron un palacete próximo, con jardines donde poder explayarse la familia. En este palacete montó don Arcadio su despacho.
Esta casa, pronto, con el buen gusto de Esperanza Min, llamó la atención de todos por su exagerada ornamentación. Su interior fue vestido con cuadros y muebles lujosos. El boato se desbordó en la casa de don Arcadio, para asombro de los propios moradores de “La Alondra”, que empezaron a recelar de las extravagancias de esta familia.
Esperanza Min dejó de trabajar donde lo hacía, para dedicarse con su esposo a la administración de “La Alondra”. Así lo manifestó a los comuneros, con el fin de que los gastos derivados de su gestión figuraran en los próximos presupuestos. En realidad se advertía la mano de doña Esperanza en múltiples detalles. Los enormes maceteros de la entrada, por ejemplo, fue idea suya, como las lámparas de los ascensores.
Los dos hijos del matrimonio, Exuperio y Rubéns, de veinte y veintitrés años respectivamente, pasaron también a la administración de la Comunidad. Exuperio se ocupó de las comunicaciones, reduciendo el número de accidentes. Rubéns, por su parte, atendió la enseñanza. Dedicó grandes sumas a mejorar la escuela que funcionaba en la Comunidad “La Alondra” y subió escandalosamente los sueldos de sus tres maestros. Jamás se había conocido en la historia de la enseñanza tanto gasto en aparatos sofisticados.
Los ingresos de la familia Visiedo eran cuantiosísimos. Su renta excedía a las rentas de algunos administrados. Ni don Gerardo el médico, esposo de la baronesa de Ajimez; ni don Félix Sanz de Forqué y Forqué, político; ni don Aniceto Puche, arquitecto; ni don Julián de Entrambasaguas; ni doña Felicísima Rius de las Torres Bermejas, ni otros vecinos de “la Alondra”, podían competir con don Arcadio en el sueldo.
La solvencia de “la Alondra” era incuestionable para los bancos. Todos se disputaban el honor de trabajar  con ella. Al final, don Arcadio Visiedo, responsable de la administración,  se decidió por el banco “Mecenas” de Colmenar. Su director, don Salvador Castroverde, se mostró agradecido y atento con don Arcadio cuando éste solicitó un préstamo para la finca donde trabajaba. Don Salvador Castroverde dejó otros asuntos pendientes para atender con diligencia al administrador de la Comunidad. El préstamo estuvo dispuesto en un abrir y cerrar de ojos: total eran treinta mil euros a devolver en un año con el diez por ciento de interés bancario.
Los confiados moradores de “La Alondra” no supieron que sobre su finca pesaba tal carga de millones. Siguieron, como antes, haciendo y deshaciendo en sus particulares asuntos, confiando plenamente en su administrador.
Los intereses del préstamo solicitado al banco Mecenas supusieron tres mil euros a fondo perdido para los comuneros. Cuando don Arcadio les pidió un nuevo impuesto, algunos fruncieron el entrecejo. Para gastos comunes pagaban ya a don Arcadio seis mil euros cada uno al año, aparte “derramas”, que últimamente menudeaban con harta frecuencia. El capítulo de nóminas para don Arcadio, doña Esperanza, Exuperio y Rubéns y unos cuantos adláteres que nombraron por su cuenta, sobrepasaba el ochenta por cien del total recaudado.
Los ciento veinte mil euros que se recogían cada año para gastos de comunidad se esfumaban pronto. Había que buscar otros medios que aportaran más dinero. Los ingresos eran insuficientes. Por ello, la administración de “La Alondra” pidió otro préstamo al banco “Mecenas”, que su director, don Salvador Castroverde, facilitó enseguida.
Con el dinero recibido se llevaron a cabo obras en la vivienda de don Arcadio, en instalaciones deportivas y en piscinas de la familia, así como en la propia finca de los comuneros. Vivieron un sueño de gloria mientras quedaron restos de su atrevida empresa con el banco. Tanto que no dudaron pronto en solicitar un nuevo préstamo para seguir con la política de mejora que habían emprendido, para mantener el buen nombre de “La Alondra” y, en definitiva, para el bienestar de sus habitantes.
            Con los trescientos mil euros recibidos últimamente del banco Mecenas, los administradores no cupieron de gozo. “Habrá nuevas pistas”, dijo entusiasmado Exuperio. “Se invertirá en laboratorios”, exclamó Rubéns no menos exaltado. “Me compraré un helicóptero, que bien merecido lo tengo”, manifestó feliz doña Esperanza.
            A doña Felicísima Rius de las Torres Bermejas no le iban bien últimamente los negocios. Unos años desafortunados la pusieron en guardia. Reponer vides y árboles dañados por el pedrisco supuso en su economía particular una llamada al orden de su gestor don Severo Filipino. No debía seguir con los gastos suntuosos que llevaba; debía recortar viajes y fiestas de sociedad.
            Algo parecido le ocurrió a don Aniceto Puche, el arquitecto. No recordaba tiempos menos productivos. Hubo un parón en la construcción y sus ingresos disminuyeron alarmantemente. Por otra parte, y por esos caprichos de fortuna, el centro de atención pasó de su persona a jóvenes valores, que acapararon la fama que antes tuviera él. En unos años, pocos, la firma luminosa del arquitecto por antonomasia, se fue apagando.
            Algo raro ocurría en la Comunidad de “La Alondra”. Como una maldición, unos tras otros fueron sintiendo la desgracia. Cuando no era un desastre financiero era una enfermedad. Hubo miedo en la casa. Lo que antes era esplendor y bienestar, se tornó en sombría intranquilidad. Don Julián de Entrambasaguas, don Félix Sanz de Forqué, don Recaredo Sierpes, don Pío de la Torre y Valcárcel, descendiente de virreyes del Perú..., todos fueron perdiendo brillo y poder con estrepitosas caídas que se comentaban en círculos cada vez más amplios. Los únicos que parecían no advertir la caótica situación de la Comunidad eran don Arcadio Visiedo y su equipo de gobierno.
            Don Raimundo Espí, militar retirado, se decidió, por fin, a hablar con don Arcadio.
-¿Puede recibirme? –pidió a la secretaria.
-No sé, no sé... son tantas sus ocupaciones...
-Es urgente –insistió el militar.
-Solicítelo por escrito.
-Se trata...
-¿Qué me va a explicar...? una instancia y ya veremos, don Raimundo.
            A los dos meses pudo entrevistarse con el administrador. Fue recibido en un salón versallesco.
-¿Qué se le ofrece a usted, don Raimundo?
-Sabrá perdonarme, don Arcadio.
-Al grano, al grano...
-Es que las cosas no van bien por casa... y he pensado que por una sola vez y sin que sirva de precedente... si me podía prestar un dinero...
-Ya lo sabía..., bueno, hombre de Dios, para eso estamos, no se preocupe..., pase por la administradora general doña Esperanza Min, y ella le dirá lo que tiene que hacer. No se exceda usted, don Raimundo, que luego los intereses son aves de rapiña... ya me entiende.
-Sí, sí, claro, don Arcadio, es usted un santo.
Don Salvador Castroverde, director del banco Mecenas de Colmenar Hondo, levantó la caza. Les dio a conocer, por un escrito detallado a cada uno de los veinte propietarios de la finca “La Alondra”, la situación en que se hallaba dicha vivienda. El último préstamo solicitado, tras reunirse la cúpula bancaria en sesión solemne y exprofeso, había sido denegado. La situación de la comunidad era francamente negativa y el banco era ya prácticamente dueño de todos sus bienes. En una palabra, que estaban hipotecados.
            Los veinte propietarios de “La Alondra”, en una reunión de urgencia, se congregaron en asamblea extraordinaria.
            Expuesta que fue la difícil situación económica por que atravesaba la Comunidad, se pensó en los gastos desorbitados que llevaba don Arcadio.
            Difícil fue que les recibiera, pero, al fin, tras muchas instancias y compromisos, pudo acceder a su despacho una comisión.
-Creemos que los gastos son excesivos.
-¿Qué  más?
-Que los préstamos nos arruinan.
-¿Qué  más?
-Que sus sueldos son astronómicos.
-¿Qué  más?
-Que con su gestión, la Comunidad “La Alondra” se hunde.
Don Arcadio guardó silencio. Miró detenidamente a los emisarios:
-Y usted, precisamente usted, me dice esto, cuando me debe a mí, a mí, ¿me oye?, más de media finca. O usted, don Acisclo de las Heras. O usted, don Pelayo Cacahuete. Ustedes precisamente, que han sabido de mi generosidad, vienen a decirme que administro mal.
-No es eso, don Arcadio –se atrevió a responder don Acisclo, removiéndose en su asiento-, no es eso...
-¡Cómo que no es eso! –vociferó el administrador-, ¿qué quieren entonces, echarme? Por votación fui nombrado y no hay fuerza legal que me eche, ¿me oyen?; mis derechos son mis derechos, ¿o es que me los van a negar?
Miró retadoramente a los tres y luego prosiguió más despacio:
-Salgan de mi despacho y ya veré lo que puedo hacer por ustedes.
-Sabíamos que nos comprendería, don Arcadio.
Y así diciendo llegaron hasta la puerta.
-No se preocupen, haré cuanto esté en mi mano –les empujó hacia fuera.
Don Arcadio, doña Esperanza, Exuperio, Rubéns y otros cuantos familiares y amigos se convirtieron en los personajes más importantes de Andalucía. Sus cuentas bancarias eran las más saneadas del Reino. Sus fincas cuantiosísimas.
Ya no se hablaba de la Comunidad “La Alondra”, ni de don Julián de Entrambasaguas, ni de doña Felicísima Rius, duquesa de Cerdún, ni de los otros comuneros que fueran la comidilla de los vecinos antes. Ahora se hablaba de don Arcadio Visiedo. El banco Mecenas y su director, don Salvador Castroverde, de Colmenar Hondo, sólo negociaba con don Arcadio, quien prestaba dinero a particulares por su cuenta o a los propios comuneros de La Alondra. Don Arcadio se convirtió prácticamente en dueño absoluto de vidas y haciendas.
Hasta que un día, un mal día en la historia de “La Alondra”,  el globo monumental que don Arcadio había montado, estalló. El estruendo se escuchó a muchas leguas, y del mapa desapareció, para siempre, la Comunidad que fuera famosa en otro tiempo por motivos diversos.